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viernes, abril 03, 2015

Malvinas, una historia. Segunda parte: Las islas son mías, sont à moi, are mine…



Segunda parte:
Las islas son mías, sont à moi, are mine



Lo habían perdido todo. La Guerra de los Siete Años no sólo despojó a Francia de su imperio colonial, sino que dejó a muchos colonos sin hogar. Los hijos y nietos de franceses de la región de Acadia, en Canadá, estaban entre ellos. En lo que puede calificarse como limpieza étnica”; más de doce mil acadianos fueron expulsados de sus casas, quemadas, y de sus tierras, confiscadas por el ejército británico. Los exiliados se dispersaron.
Entre ellos, algunos recalaron en Bretaña, cerca de Saint Maló. Allí se encontraron con Louis-Antoine de Bougainville, navegante, estudioso, uno de esos típicos productos franceses de la era de la Ilustración. De este encuentro surgió una idea y esa idea se convirtió en un proyecto: colonizar unas islas deshabitadas en el extremo sur del Atlántico.
Una fragata y una corbeta, con colonos de Saint Malo y tres familias acadianas, llegó a las islas en enero de 1764, pero no fue hasta el 5 de marzo que pudieron fundar su pequeño establecimiento; Port Saint Louis, en la isla Soledad.
Un año después el francés Boungainville regresó con más colonos. Así, en 1765, las islas contaban con más de cien habitantes y una incipiente vida social. Un pequeño pueblo con un obelisco en el medio de la plaza, según un plano cuidadosamente delineado.
La ganadería, pues también trajeron vacas, ovejas y caballos, era su principal medio de subsistencia. Sin olvidar la caza y la pesca. Última escala en mares tormentosos y puerto seguro para balleneros en problemas, los colonos aguardaban un próspero porvenir a pesar de la dureza del clima y el aislamiento.
Aislamiento que no era tal, porque en la otra isla…
En la otra isla, Gran Malvina, justo un año después de la llegada de los franceses, había desembarcado el comandante Byron, abuelo del célebre poeta. Byron iba comisionado por el Almirantazgo para dar la vuelta al mundo aunque tan deportivo propósito era un disfraz para encontrar las esquivas islas Pepys y reclamar las Falklands antes que los odiados franceses.
Byron no halló las Pepys, lo cual era lógico porque no existían, pero sí llegó a Malvinas; sin saber que ya estaban ocupadas por sus enemigos del otro lado del Canal. Tampoco se molestó en explorar; izó la Union Jack en la isla Trinidad, al noroeste de la Gran Malvina (en el otro extremo del archipiélago). Como buen inglés, plantó un jardín y construyó un pequeño refugio donde dejó algunas provisiones; bautizó al sitio Port Egmont, en homenaje a John Perceval, segundo conde de Egmont y Primer Lord del Almirantazgo y después…
Después siguió su viaje; otra expedición estaba en camino y ella se ocuparía de todo.
La nueva expedición inglesa, mandada por John McBride, llegó a las islas el 8 de enero de 1766, dos años después que los franceses. Apenas explorado el territorio se encontraron con los acadianos ya convertidos en malvineros.
¿No había dicho el tunante de Byron que estaban deshabitadas?
Mc Bride se hace el duro. Intima el desalojo, amenaza, grita un poco… y se retira.
 jugó a las escondidas con los colonos durante un par de años. Unos en el este, otros en el oeste, se amenazaban, se medían y permanecían en sus puestos.
“¿Islas?, ¿qué islas, ¿dónde?”, debe haber dicho su Católica Majestad, Carlos III (el mismo de La Puerta de Alcalá) al enterarse. Estas colonias, a las que había que aprovechar, sólo daban problemas, pensó. Sin embargo, como todavía no habían inventado aquello de “el mal que nos aqueja es la extensión”, decidió que, pequeñas y alejadas, las islas eran tan parte de los dominios españoles como cualquiera. De inmediato cursó la correspondencia a su primo de Francia, ambos eran Borbones, Luis XVI quien, entretenido con María Antonieta, los gastos del Trianón y las minucias de la relojería se sorprendió de que, todavía, les quedasen algunas colonias…
El asunto se resolvió de manera expeditiva y amigable.
La colonia era entregada a España, quien se ocuparía de fortificarla en previsión de un ataque inglés, y Boungainville, como titular de la Compagnie de Saint-Maló, recibiría una indemnización de más de seiscientas mil libras francesas; bastante menos que cierto famoso collar contemporáneo.
En las notas diplomáticas ambas partes reconocen que las islas, ya Malvinas para siempre, eran posesión del rey de España.
Port Saint Louis, ahora Puerto Soledad, recibe a su comandante español. Todo estaba resuelto.
Bueno, todo no.
Como en esas historias familiares de herencias, pleitos y derechos mal habidos, las islas seguían siendo objeto de disputa.
Los ingleses seguían allí, en el borde de la isla más occidental, obstinados en mantener el precario fuerte, y jardín, de Port Egmont.
Para ellos, en palabras del propio Lord Egmont, impulsor del asentamiento: “…estas islas son la llave del Océano Pacífico…”; el comercio (contrabando) y la eventual guerra contra la odiada España dependían de ello.
El gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucarelli, se cabrea. ¡Quién se creen que son estos herejes!, y ordena una expedición formidable. Mil quinientos hombres y cinco naves parten desde Montevideo hacia la fortaleza extranjera, protegida por la fragata Favorite.
El capitán Madariaga, al mando, intima la rendición y promete respetar las vidas de los soldados.
Somos británicos, le responden, we rule the waves; Britons never will be slaves!


 
Madariaga, poco impresionado, ordena el ataque. Tres naves; la Santa Bárbara, la Santa Catalina y el pequeño Andaluz, abren fuego sobre el navío inglés. En tanto la Santa Rosa y la Industria, desembarcan cañones y tropa para sitiar al fuerte… La batalla, empero, dura menos de lo esperado, una bandera blanca tremola en lo alto del mástil de Port Egmont. Los británicos se han rendido. Es el 10 de junio de 1770.

Los ingleses vuelven a casa y dan una versión ligeramente diferente del asunto; cosa de salvar el honor. No sirve de mucho, la opinión pública se indigna y el principal opositor del Primer Ministro se restriega las manos, satisfecho.
En España tampoco están felices. Una guerra contra Gran Bretaña ¿justo en ese momento? Consultan a Francia, el rey Luis les dice que no, ni soñarlo, con los gastos que ha tenido redecorando Versailles… monsieurs, n' essayez pas.
Nadie quiere ir a la guerra, nadie quiere ceder, nadie quiere perder el honor en esos tiempos tan diferentes a los de ahora. Aunque no tan diferentes, después de todo; el Primer Ministro inglés le dice al embajador español, en estricto secreto, que hay una manera de arreglar el asunto sin guerras y sin tormentas políticas.
En 1771 ambos embajadores, el ibérico y el británico, cruzan sendas notas.
El Rey Católico rechaza lo hecho por Bucarelli y devuelve Port Egmont con sus mercancías y, supongo las plantas del jardín, al Rey de la Gran Bretaña. Aclara, sin embargo, que esto no significa un reconocimiento de derechos; las Malvinas siguen siendo españolas… no sea que pase lo mismo que con el Peñón.
El embajador inglés, a nombre de Jorge III (el mismo que perdería las colonias de Norteamérica y terminaría sus días ciego, sordo y loco) acepta las disculpas, no hace ninguna objeción y todos se estrechan las manos felices como buenos diplomáticos que son.
Los ingleses vuelven a Port Egmont pero no por mucho tiempo.
Tres años más tarde, la ya reducida guarnición es evacuada por motivos de economía. Nadie, en esos momentos, quería correr con los gastos de mantener una estación naval en el extremo del mundo.
Precavidos, dejan una placa recordatoria reservando ulteriores derechos sobre la isla, o las islas, que nadie sabe bien lo que decía. Dicha placa fue llevada a Buenos Aires, robada por Beresford en la Primera (sería la Segunda si contamos la que estamos relatando, la enésima si historiamos las guerras entre ingleses y españoles) Invasión Inglesa y se perdió para la historia.
Se ha hablado, y hay documentos que lo prueban hasta donde esto es posible, de un acuerdo secreto. Gran Bretaña sólo había pretendido defender su honor y España, sin deseos de ir a la guerra, aceptó el juego con la promesa de que, cuando todo se calmase, la base extranjera sería desmantelada. Lo cierto es que el gobierno inglés acudió al ensayista Samuel Johnson para minimizar la importancia de las islas y enfatizar que el honor y los principios habían sido salvaguardados.
Puerto Egmont fue destruido por orden del Virrey Vértiz y hoy es un sitio desolado, sembrado de cardos y propiedad (como toda la isla Trinidad que ellos llaman Saunders) de una familia isleña; los Pole-Evans.
Abundan los pingüinos, los caranchos y, por supuesto, las ovejas. La población total de la isla asciende a… 4 personas, pero en verano son… 5 (¡es en serio!).
Aceptan turistas, desde ₤ 20 la noche, y pueden visitarse las ruinas del fuerte, los corrales y avistar aves.

En 1776, sin embargo, las islas eran una indiscutida posesión de España y la única colonia, Puerto Soledad veía crecer su población hasta 150 personas.
Continuará.

jueves, abril 02, 2015

Malvinas, una historia. Primera parte.

Primera parte: 
Muchas islas, demasiados descubrimientos y unos cuantos nombres.



Si hubo indígenas, como parecen indicar hallazgos recientes, nadie lo sabe con certeza. Dejaron algunas puntas de flecha y los restos de una canoa, quizás fueran yámanas, tal vez tehuelches. Partieron de regreso a su Patagonia natal o murieron en las islas.
Después; el viento, la niebla, la soledad.
El “tano” Vespucci, más conocido como don Américo, dijo verlas pero estaba oscuro, el bajel se movía demasiado y el litro y medio de Chianti podrían haberlo inducido a error.
Desde entonces aparecieron y desaparecieron de los mapas. A veces al norte, a veces al sur, las Malvinas, que no se llamaba así todavía, jugaban a las escondidas con los capitanes sedientos de gloria y los marineros simplemente sedientos. Así se dijo que Magallanes, que Gómez, que algún otro las había hallado pero, descuidado, las había perdido de nuevo.
Cada tanto, con un nombre u otro, aparecían en los mapas. Cada tanto variaba su posición, su tamaño, su forma…

Allá por el 1600, justo un 24 de enero, ¡por fin!, alguien encuentra, señala y hasta hace un mapa de las… Sebaldinas. Este es el nombre que les da el poco modesto capitán holandés Sebald de Weert.
Los ingleses, que no se resignaban a ser una potencia de segunda, argumentaron que todo bien, pero que ellos ya las habían descubierto antes. Y no una, agregaban, sino dos veces. ¡For god’s sake!
El primero fue un tal John Davies, quien ni siquiera menciona coordenadas o rumbos y cuyo relato se publicó cuando ya los holandeses habían descripto las islas.
El segundo fue Richard Hawkins. Este marino dice que llegó “donde nadie había estado antes…”, ubica al archipiélago mucho más al norte, describe bosques que crecen “en un clima templado” y hasta ríos… La tierra descubierta recibe un nombre; Las chicas de Hawkins… ("Hawkins' Maiden Land") nombre que se parece mucho al de una isla del primer mapa de América; "Insule delle pulzelle", isla de las doncellas.
Exageraciones propias de las tabernas de Bristol.

Como cuadra a toda historia marinera los pretendidos descubridores ingleses eran corsarios, es decir piratas por cuenta de su Graciosa, y dizque Virgen, Majestad Elizabeth… la primera.
Dieciséis años más tarde que Sebald, otro del mismo equipo, que todavía no era La Naranja Mecánica, Jakob Le Maire, reencontró las islas justo en la posición señalada por su compatriota. Es decir, confirmó el hallazgo.
Los británicos, en tanto, seguían buscando en el Atlántico Sur ciertas islas Pepys; montañosas, boscosas e inexistentes.
No fue hasta 1690, cuando las Sebaldinas ya figuraban en todos los mapas, que los muchachos al servicio de su Majestad británica, se acercaron realmente a las islas.
En este caso no eran piratas. Al menos no de manera oficial; se trataba de una expedición mandada por John Strong y financiada por el vizconde de Falkland, a cargo Almirantazgo. Dicho sea de paso el susodicho vizconde terminaría sus días en prisión, acusado de peculado.

El propósito de Strong era la cartografía, la caza de lobos marinos y, sobre todo, el comercio (o sea el contrabando) con los puertos de Chile y Perú. En ruta hacia el estrecho de Magallanes encontró las islas y las bautizó… Tierra de Hawkins, en homenaje al tipo que viera bosques, ríos y doncellas en aquellas desoladas tierras. Sin embargo, para no olvidarse de su patrocinador, Strong nombró al estrecho entre las dos islas mayores; Canal de Falkland (Falkland Channel luego Falkland Sound). Más tarde el nombre de Hawkins sería olvidado, como así también sus chicas y sus bosques, y  aquel vizconde escocés, un tanto pillo, daría su nombre a todo el archipiélago.
Nombre que recogieron sólo algunos mapas.

Porque hubo otros viajes, menos oficiales, pero más interesantes
En este caso se trataba de franceses.
Mientras los demás iban de paso, descubridores o corsarios; los marinos procedentes del puerto de Saint Maló, los malouines, iban a las islas para cazar, abastecerse de agua y buscar refugio antes de afrontar el Estrecho… rumbo al Pacífico.
Por estos navegantes, algunos anónimos, las islas llamadas Sansón, de Los Patos, de Palo, Pepys, Aurora, de las Doncellas, de Sare, de San Antón, Sebaldinas, de Hawkins y Falkland, terminaron siendo las islas de los maluines, es decir, las Malvinas.




Ya estaban en los mapas. Ya habían sido descubiertas. Ya tenían nombre.
Ahora empezaba la larga lucha por su posesión.
 
Continuará.

lunes, marzo 30, 2015

De paros, impuestos y agendas encubiertas.

En principio me parece bien que mañana haya paro. Es un derecho constitucional y como tal está protegido. Que se usen los derechos, no se gastan, siempre es una buena noticia.
El reclamo central, esto es aquel que convoca a los laburantes, es el incremento del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias. Por debajo, por supuesto, hay otras agendas y es un paro político (como todos) y está bien que así sea.
A nadie le gusta pagar impuestos.
Uno puede racionalizar las cosas, decir que con los impuestos se financian las necesidades comunes (y recordar, de paso, que cuando el tipo pregunta: "y el Estado, ¿qué hace?", la respuesta incluye que todo eso se financia por medio de impuestos). Uno puede sentirse un buen ciudadano, sea lo que sea, y tributar más o menos concientemente. No creo que a nadie le guste, no creo que haya quien vaya, sonriente, a oblar su tributo (como la viuda del Evangelio) para mantener los servicios comunes. En la Argentina, nacida a la vida independiente evadiendo y contrabandeando, burlar le ley y trampear al Estado es síntoma de nacionalismo si vamos al caso.
Por otra parte uno ve como se malgasta lo que se cobra. Uno ve avivadas y corruptela y refuerza la idea atávica: con mis impuestos no.
Alguno, a lo Thoreau, se las da de anarquista y se va a vivir a La Cumbrecita o El Bolsón para escapar de esta sociedad podrida y su sistema. Después, si se enferma de disentería, recurre al hospital público.
Otros, haciendo gala de marxismo, se niegan a pagar impuestos a la Junta Ejecutiva de la clase dominante. Cuando triunfe la Revolución, léase nosotros, cobraremos impuestos a los kulaks y a los desviacionistas... es decir a todos los demás.
Tampoco me gusta pagar impuestos, tampoco me gusta que me lo descuenten por recibo, tampoco, por cierto, lo pago porque quedo por debajo de la famosa alícuota que ignoro como calcular.
Y un impuesto que grava como ganancias ciertos sueldos no me parece del todo justo, y mucho menos, me parece progresivo. Aunque, bien mirado, hay sueldos y sueldos... que el CEO de una empresa o el gerente de tal banco paguen, no está tan mal, qué quiere que le diga.
Así que, por temperamento, por gusto, por ideología y hasta por solidaridad estoy a favor, en abstracto, del reclamo.

Y, sin embargo, no voy a parar mañana.
No voy a parar porque mi gremio, el docente, no lo hace. Diga lo que diga Amsafé Rosario, opine como opine esa dirigencia que vive de ilusiones y se siente vanguardia vaya a saber de qué. El gremio es Amsafé, Asociación del Magisterio de Santa Fe, y Rosario es una regional, opositora, sí, como lo ha sido tradicionalmente; pero no puede decretar paros por sí… ni siquiera con votos. Pasa, y me da vergüenza decirlo, que Amsafé es parte de la CTA y la CTA está también dividida; una es descaradamente pro gobierno, y no me parece mal aunque la prefiero más independiente, la otra es desfachatadamente anti gobierno y no parece tener todos los patitos en fila. Basta verlo a Micheli, pobre. La lógica pro y anti que nos atraviesa, y que no la inventó el gobierno por cierto, nos depara estas cosas.
No paro por orgánico.
Tampoco paro porque lo que menos les interesa a los convocantes es el dichoso impuesto. A los laburantes sí, y por eso se suman, pero a la mayor parte de los que llaman a la huelga sólo les importan cuatro cosas, a saber:
  • Mostrar lo larga que la tienen.
  • Armar bardo, a ver si ligan algo y se sienten “revolucionarios por un día”; que es una especie de onanismo compulsivo de la izquierda vernácula.
  • Marcar la cancha a la que está, pero qué difícil que se las hace esta mina (encima es mina), y al que viene. No para jugar a favor del trabajador, sino para que acepten mansamente las mismas viejas soluciones y se dejen de joder con hacerse los rebeldes.
  • Por último, poder pasar factura por los servicios prestados a quien, eventualmente, llegue a la Rosada.
No digo que todos pretendan esto, pero sí la mayoría. No digo que los cuatro puntos se apliquen a todos, pero sí a casi todos.
En fin, que quieren mostrar que están y para hacerlo no les importa subirse a cualquier bondi, en este caso los de la UTA que fueron los que empezaron.
En fin, de nuevo, que Moyano y sus muchachos paran por una cuota de poder, los zurdos (no saben como duele escribirlo) paran porque siguen atados al “cuanto peor, mejor” y creen a pie juntillas que todo lo que no sea colectivizar es bonapartismo (esas palabras son maravillosas para no pensar), los defensores de la Libertad y la República fogonean detrás de bambalinas, porque, como el tero, gritan contra la deshonestidad, pero lo que realmente les importa es la baja, por mínima que sea, de su tasa de Ganancia… y porque ya no tienen toda, aunque les queda una gran porción, la torta.

Del otro lado las razones para no parar se dividen.

Algunos, militantes, se abroquelan en la defensa del impuesto porque ven, y no les falta razón, en cada uno de estos “actos” un intento de pudrir todo. De llevarse puesta a Cristina, a los logros, a lo que falta, al intento (todo lo embrionario que se quiera) de hacer de esta tierra algo más que una factoría próspera para unos pocos.

Otros, me incluyo, porque cada ataque a La Yegua, cada embestida contra el gobierno, es una embestida contra cosas que no son exclusivas de los K; democracia más participativa, crecimiento con inclusión, memoria histórica. Y no hay muchos lugares, fuera del variopinto Frente para la Victoria, desde donde se levanten estas banderas. Y desde donde se las pueda, entre tanto barro, hacerlas un poco menos metáforas y un poco más realidades.

Paro; muy bien. Modificar la base tributaria para que sea más progresiva; brindo por eso. Avanzar por un Estado de trabajadores, ¡cómo no!
¿Con Moyano y el Momo?
¿Con Micheli?
¿Con los orates del PO?
¿Para hacerle el juego a los poderes que vienen por todo lo conseguido?
¿Para regresar al pasado?
¿Para disciplinar al futuro presidente, si hiciera falta?
¿Para lograr lo que no pudieron con las corridas, los lock outs, las acusaciones del fiscal fiestero, las tapas de Clarín o de Noticias, las denuncias inverosímiles, la crítica permanente a lo que sea?
No, chicos, estamos grandes para eso.

domingo, marzo 29, 2015

La risa



Respuesta biológica o forma de comunicación, la risa nos define como humanos.
Signo de confianza o señal de relajación, nos complace, nos alivia, nos hace parte de n grupo. Nadie ríe solo. Aún en el encierro más absoluto reímos con otros, presentes o en el recuerdo. Compartir la risa, contar el chiste, buscar la complicidad es uno de los gestos que nos hacen parte de algo mayor que nosotros mismos; un signo de cooperación.

Signo frágil por lo demás, signo efímero. Nada hay menos risible que explicar el humor. Se vive junto, se siente, no se analiza… porque entonces se convierte en otra cosa, en objeto de estudio, en cosa. Es como la relación amorosa, se resiste a la manipulación lógica. Quizás eso explique el temor que sienten ante la risa los dictadores y los neuróticos. Y los intolerantes que son la mezcla de ambos.

Los diccionarios han reservado poco lugar a la risa, al humor, al chiste.

La escuela, tristemente, también solía excluir de su currícula la risa. Quien no ha padecido aquel severo: “¿Y usted de qué se ríe?” O el consabido: “A ver, cuéntelo, así nos reímos todos”. La risa se asociaba a la vergüenza, a lo prohibido, a la culpa. Por supuesto, dado que la risa es liberadora, en la misma condena estaba su redención porque nos reíamos aún más ante el reto severo…

Temida y deseada. Liberadora y subversiva. Placentera y equívoca. La risa es la protagonista de la Historia no menos que las lágrimas o las pasiones.
Son innumerables los dioses o espíritus que se asocian con lo cómico. Sin olvidar aquellas fuerzas sobrenaturales que son naturalmente bromistas.

Los hebreos relacionaban la risa con el acto sexual, numerosos pasajes de la Biblia en los que el reír aparece cercano al amarse… Posición que comparten con los esquimales, entre otros; reír con una mujer es lo mismo que compartir el amor con ella…
Entre los griegos la palabra para expresar la risa (una de las dos, de hecho), significa también “brillo” o “resplandor”; la alegría es la luz, el humor es saludable y, nos cuentan los poetas, los dioses ríen en sus banquetes.
Sócrates usaba el humor como elemento de enseñanza, Platón, al contrario, inició la estirpe de los que condenaban todo tipo de regocijo.
Aristóteles escribió un libro sobre la comedia. Es una de sus obras perdidas, quizás, como sugiere Umberto Eco en El Nombre de la Rosa, porque los doctos temían el elogio de la risa.
El pueblo, que no hace caso de sesudos discursos, siguió riendo durante toda la Antigüedad…


 
 


De Jesucristo, dijo alguien, sabemos realmente que lloró, pero los evangelios nunca nos dicen que riera. Profundos pensadores han debatido el asunto con conclusiones tan diversas como imprecisas. Nadie dejó escrito que riera, nadie dejó escrito que no lo hiciera...

Lo cierto es que los cristianos si rieron alguna vez fue en los comienzos de su historia, porque poco a poco fueron adoptando aquel gesto adusto que hizo reflexionar a Nietszche; “Si fueron redimidos, quisiera verlos felices…”
Como con todas las cosas de este mundo, si muchos no reían y condenaban la risa, otros encontraban el modo de hacerla parte de la vida.
Y en los villorrios, las aldeas, los campos y las ciudades medievales la risa aparecía por todas partes. Muchas veces en boca del cura de pueblo o del fraile aficionado al canto y la bebida…
Los franciscanos, sobre todo, fueron célebres por su sentido del humor.
El propio san Francisco de Asís era un personaje que reía, cantaba y celebraba la vida.
Con el Renacimiento renace, también, la risa.
La comedia adquiere vuelo propio y un lugar, conseguido a fuerza de codazos y pantomimas, en la gran literatura.
Voces aisladas se alzan, todavía, contra ella, contra la risa, contra la alegría de vivir, pero cada vez son menos.
Y sin embargo, cuán poderosas. Cuán terribles con sus libros prohibidos y sus cómicos censurados.
La risa, escribe Umberto Eco en su novela,  libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Cuando ríe... el aldeano se siente amo porque ha invertido las relaciones de dominación... la risa sería el nuevo arte capaz de aniquilar el miedo...

 

domingo, febrero 15, 2015

Argentina. Estado de la cuestión.



















Es requisito en Historia, antes de abordar una investigación, que el estudioso presente de manera resumida los datos ciertos con los que se cuenta. Es decir, que sintetice los hechos ya conocidos, las certezas, siquiera provisionales, logradas y las líneas de investigación seguidas. Después, y sólo después, de esto puede aportar sus propias pesquisas, sus explicaciones y sus teorías… aun si con ellas cuestiona las verdades establecidas.
Del mismo modo, en apretada síntesis quisiera poner en claro algunas cuestiones sobre el tema político más resonante (iba a decir importante, pero no creo que lo sea intrísecamente) de estos dos primeros meses de 2015.
Quien crea contar con certezas “reveladas”, quien repita discursos “recibidos” no tiene obligación de leer estas líneas. Ojalá que el soma no le pegue mal…

El tufillo golpista de la marcha convocada no debería ocultar algunos “errores” del gobierno nacional. En lo que respecta al tema AMIA, el principal fue seguir comprando “pescado podrido” a la Inteligencia, colonizada por potencias extranjeras. El famoso memorándum con Irán, un régimen que no cuenta con mis simpatías, no tuvo el resultado deseado. Error, por supuesto, que el propio ejecutivo comparte con todo el arco político. El típico error argentino: hablar al pedo. No saben de asunto, por lo tanto opinan…

Lo más grave del caso es que, por aquello de que los ladrillos se hacen con bosta, la sociedad a tres bandas  entre el Ejecutivo, la Secretaría de Inteligencia y la Justicia Federal permitió abusos de poder, negociados y otros manejos igualmente turbios. No diferentes, me temo, a tantos otros propios de los gobiernos de aquí y de allá. Esta sociedad, tal vez justificable es, por supuesto más fácil de armar que de desbaratar. Cuando uno de los socios quiere irse, o poner orden, los otros comienzan a trabajar contra él. Trabajar, para ellos, es un verbo equivalente a intrigar… De ahí los problemas con la Justicia, o con sus “humildes representantes”, y con Inteligencia. De ahí ciertas necesidades, con cara de hereje… o de Milani.

Este es un gobierno que ha transformado a la Argentina, con la receta de las burguesías exitosas. Aunque muchos opinólogos con menos Historia que Majul y tan escasa Economía como Altamira se empeñen en ignorarlo.
Un gobierno que fortaleció la alianza estratégica con América, excepto con aquella que usurpa el nombre del continente.
Un gobierno que amplió derechos.
Un gobierno que colocó, una vez más, la acción política en el centro del debate. Tuvo que pagar por eso.
Tuvo que pagar en alianzas con gobernadores feudales o intendentes prebendarios. En pactos de impunidad. En ojos bien cerrados. Es cierto que no pudo, más que no quiso, aliarse con los sectores supuestamente progresistas. Es cierto que estos sectores progres suelen ponerse de mal humor cuando les tocan la quintita… o el bolsillo.

Este no es, ni pretende serlo, un gobierno de izquierda. Por más coqueteos con los bolivarianos o Evo Morales.
Tampoco es un gobierno de derecha, de ahí tanto odio como el que despierta.
Mucho menos de centro.
Es peronista, el más peronista desde 1955. Y eso es peor, mucho peor, para quienes se asustan de su imagen en el espejo, como dice Galeano.

Como todo gobierno peronista tiene el instinto del poder: Esto es lógico, pero en este país, donde querer tener poder político parece poco menos que un delito, hay que explicarlo para los giles que se escandalizan cuando el “buen doctor” diagnostica hybris

Los demás, que carecen de la dichosa arrogancia (y de certezas, y de opiniones, y de…), lo miran pasar y desesperan al contemplar que puede, encuestas dixit, ganar en primera vuelta… ¡y sin tener candidato!

Las industrias, que no quieren un país capitalista porque les arruina el negocio, las embajadas del Norte, que ídem, y los que pescan en río revuelto desesperan de ambos; de estos K que no son tan funcionales y de los otros, que son un poco imbéciles (por si hubiera duda me refiero a Alfonsín, Binner, Carrió, Cobos, Macri, Massa y Solanas, en orden alfabético).

Y no saben ya que hacer para sacar a la yegua e instalar un candidato que no de vergüenza…

Entonces, como decía la canción; “y en eso llegó… ¡Nisman!”.

Clarín, que no es el enemigo, muchachos, sino apenas un vocero, le dio centímetros, pantalla, altavoces. Tanto ruido para disimular una denuncia vacía. No es que lo diga yo, basta con que la lean, cosa que muchos de los que marcharán el 18 no han hecho… ni harán.

Pero Nisman, como se sabe, se muere.

Se muere en su baño.

Nadie, ni vos, ni yo, ni ninguno de los que tanto hablan, estuvo allí para verlo.

Puesto a imaginar, con los datos disponibles, se me presentan dos posibilidades.

  1. Alguien pudo abrir la cerradura electrónica de departamento, sin dejar huellas, sacar el arma (oportunamente prestada por el pibe que cobraba 40 lucas por pasar el AVG), desnudar al fiscal, aparentemente con su consentimiento y sin tocarlo, llevarlo al baño, otra vez voluntariamente, dispararle, sin resistencia, en un ángulo abajo arriba para fingir un suicidio, poner el arma entre las manos del muerto, salir del baño sin dejar huellas, ni ADN, ni nada, cuidando de cerrar la puerta para que el cadáver la trabara desde dentro. Abandonar, luego, el edificio sin que la custodia, ¿cómplice?, ¿en beneficio de quién?,  obstaculizara tal huída y perderse en la noche como en una película de los años 50.

  1. Nisman se pegó un tiro.

En ambos casos el móvil queda en el misterio.

Entonces se pone en marcha, de nuevo, el altavoz…

Altavoz que, repito, es un mero vocero. Con gran poder de fuego, de acuerdo, pero vocero de los que quieren que Cristina no termine y, mucho menos, que le ponga la banda a otro del mismo palo. O que, en el improbable caso de que los eternos perdedores ganen, a ninguno se le ocurra mandarse los escándalos del modelo K. Escándalos, amiga, amigo, que no son los que vos pensás. No les jode la guita de Cristina, la imprenta de Boudou o los excluidos de Capitanich (sea o no el caso). No, hermano, les jode la UNaSur, les jode el acuerdo con China, les jode la ANSES en manos del Estado, les jode la AUH, les jode lo que anda, no lo que (supongamos) está mal.

Y esto va más allá de que te guste o no Cristina.

De que apoyes esto y critiques lo otro.

Esto es un intento de aprovechar la muerte de un fiscal, la denuncia sin asidero, el malhumor de quienes odian sin saber y hasta el cholulismo de unos cuantos para convencer a este gobierno, y al que venga, de hacer lo que algunos quieren que haga, en lugar de hacer lo que vos votaste para que haga. O sacarlos si joden mucho.

Por eso, y aquí cierro este Estado de la Cuestión, lo que se juega en este año no es K o anti K. No te equivoqués. Lo que se juega, desde el 18 en adelante, es la democracia en la Argentina.


lunes, diciembre 29, 2014

El buen rey Herodes

El buen rey Herodes


Entre la historia y la leyenda
por Gotslaw Rubinovitz Besslow


Todos los 27 de diciembre, dos días después de la Fiesta del Natalicio, los niños de gran parte del mundo esperan con ansiedad la llegada de la noche. La salida de la primera estrella es la señal que lleva al máximo esa expectativa. No es para menos, en la madrugada, mientras ellos duermen un ser maravilloso se hará presente. Las imágenes convencionales lo pintan como un hombre de edad avanzada, con una larga barba blanca, una rubicundez permanente en las mejillas y una túnica encarnada; la influencia eslava lo ha transformado en un ícono universal.
El personaje es conocido por muchos nombres, pero para la mayor parte del mundo es Starenkia Heroda, El Buen Rey Herodes o, simplemente, El Rey Bueno. En algunos países, Galia o los estados sudvespucianos, Papá del Nacimiento.
Entre la medianoche del 27 y el amanecer del 28, el Rey Bueno recorre el mundo, montado en un mágico corcel, para distribuir regalos entre los niños y las niñas de buena conducta. A los malvados, según se cuenta, les dará un fuerte tirón de orejas como único castigo.
La tradición sibiriana ha ampliado con deliciosos detalles esta antigua creencia; relatos que compiten con los de otras leyendas en el ámbito de la cultura nazarena. Vespucia, por su parte, ha contribuido con sus canciones y películas a difundir esta imagen particular del Buen Rey Herodes, anciano de blancas barbas y perenne sonrisa.
Muchos escépticos ponen en duda la misma existencia del Buen Rey pero Herodes es un personaje histórico y se conservan testimonios documentales, amén de arqueológicos, sobre él y su reinado.
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Según los relatos nazarenos, ninguno de los cuales ha sido reconocido como normativo por la Iglesia, Jesús nació, en torno al año 6 a. C., en Bethlehem, pequeño pueblo al sur de Jerusalén. Las mismas leyendas aseguran que Mariam, la madre de Jesús, era una joven galilea expulsada de su hogar por haber quedado encinta antes de contraer matrimonio. Sólo su prima Elisheba la recibió en su casa de las montañas de Judea y fue allí donde el artesano Josef, betlehemita, viudo y sin hijos, le brindó protección. Antes de que ella diera a luz contrajeron matrimonio en la mencionada aldea de Bethlehem.
Yabé, el dios de los judíos, dicen las historias, premió a Josef con cinco vástagos en recompensa por aceptar la supuesta paternidad de Jesús.
En la “Vida de Jesús Nazareno”, compuesta por Luciano de Antioquia cerca de cien años después de los sucesos, se relata que Jesús era el avatar de Cristo, un ser celestial creado por Yabé, el único dios, en los comienzos del Universo. Este Cristo era el Demiurgo de la Creación y tomó carne en el cuerpo de Mariam en los tiempos de Herodes, el Grande y Julio Antonio, el romano.
El texto rival de Leví, “Vida del Nazareno”, puesto por escrito por la misma época, asegura que Jesús era la encarnación de Emmanuel, el mayor de los ángeles, y que nació como hijo legítimo de Josef, un descendiente del legendario rey David. A Miriam la menciona al pasar y silencia el episodio de su preñez.
Es en Leví encontramos el primer desarrollo de la leyenda de Herodes.
Cuenta, en efecto, que cuando nació Jesús en Bethlehem, una estrella apareció en las regiones orientales (es decir, el Imperio Parto) y causó gran conmoción. El soberano, Fraates cuyo nombre omite, envió seis hombres sabios o magos para entrevistarse con Herodes, pues la estrella era un signo relativo a un rey judío3. Los magos llegaron a Jerusalén y preguntaron al rey por el recién nacido; Herodes no sabía de quien se trataba pero, al consultar con los escribas (es decir, los esenios) supo que era el signo del nacimiento del Mesías de la casa de David. Reunido con los magos se dispuso a acompañarlos y llegaron a Bethlehem, pero no encontraron rastros del niño. Herodes, entonces, dispuso que todos los niños mayores de dos años fuesen llevados a su presencia y les entregó ricos presentes a cada uno. Jesús, sin embargo, rechazó todos los presentes. Descubierto que él era el Mesías, pues nada necesitaba, Herodes lo llevó consigo a su palacio, junto a sus padres. El relato se cierra con la muerte de Herodes y la huida de Jesús a Egipto a causa, aunque esto no se dice, de la guerra sucesoria.

Durante los tres primeros siglos pocos relatos nazarenos se ocuparon de Herodes. La mención de su nombre en Luciano, la leyenda recogida por Leví y el Evangelio fueron casi los únicos testimonios hasta el siglo IV. En el “Lalita Purana Ieshu”, puesto por escrito hacia 367 pero que recoge materiales más antiguos, Herodes es una figura prominente como interlocutor del pequeño Mesías, pero poco se dice sobre él mismo.

En el siglo XIX, en Nova Rossiya el personaje de Herodes, con los atributos sibirianos, se hizo extremadamente popular e inseparable de la Fiesta del Nacimiento. Después de la caída del Janato, innumerables campesinos emigraron a las inmensas praderas de Nordvespucia, la colonia conquistó su independencia con el nombre de Misty Sojuzas Vespucia (Ciudades Unidas de Vespucia), el primer gran estado federal del mundo, y se convirtió en una sociedad próspera y avanzada.

A finales del siglo XIX, los periódicos civiunidenses popularizaron un sub género de relato conocido como “cuento del Nacimiento” o “cuento de invierno”, seguían en esto una tradición eslava cuyo autor más destacado fue Kiril Dekinovič con su historia sobre un avaro visitado por los espíritus de la bondad. Los cuentos se publicaban durante todo diciembre y reflejaban las predilecciones de los ivankin, omo se denominaba a los descendientes de los viejos colonos de Nova Rossiya. Relatos simples, ambientados en diversos escenarios, pero con la presencia inevitable de la nieve y las tradiciones de Sibir.
Uno de estos cuentos, publicado en 1901, se titulaba. “El mensajero del Sur” y narraba la historia de Klaus, un marino ivanki perdido en los Mares del Sur. El autor, se supo hace no tanto tiempo, era Vladimir Ulanov, el famoso escritor de panfletos nacionalistas.
El viajero se lamentaba de no poder pasar las fiestas del Nacimiento entre los suyos, añoraba la nieve de Nova Rostov, imaginaba los regalos del Buen Rey. En ese momento un ser alado lo trasportaba mágicamente a una tierra lejana, el Polo Sur, donde hallaba al propio Herodes, risueño y rubicundo, con su larga barba, sus pequeños magos de los juguetes, sus sátrapas quienes clasificaban las cartas de los niños de todo el mundo, su mágica cabalgadura y hasta su esposa, Herodías, gruñona pero llena de ternura. Klaus escuchaba de labios de Herodes el relato de su viaje, jinete sobre Provarny, al Polo Sur, de la construcción de su palacio y de los eternos problemas con los sátrapas, proclives como cualquier capataz a ocultar las faltas de sus empleados, y con los magos que siempre querían hacer las cosas a su modo. Finalmente, el ivanki acompañaba a Herodes, a quien apoda Starenkia, el Viejito, en su viaje alrededor del mundo, con una cómica escala en Britania, hasta terminar con la entrega de juguetes en la casa de Klaus, donde dormía su hijo recién nacido; Kril.
El relato estaba muy bien escrito y resultó un éxito. Su encanto residía en la manera en que logró captar el clima de la época. Combinaba el cuento de hadas con la crónica de viajes, describía vívidamente los fantásticos escenarios del sur e introducía simpáticos personajes, difíciles de olvidar. Para el lector adulto, la mención, falsamente ingenua, de los problemas que enfrentaban los vespucianos era regocijante. Todos los temas de la agenda social eran tratados por el autor; los largos viajes de los balleneros, el nacimiento de las grandes cooperativas, la desaparición de las viejas tradiciones y hasta la inmigración británica que motivaba por entonces ásperos debates en la Duma. Las respuestas sólo eran insinuadas pero implicaban una vuelta a un mundo más sencillo, a las costumbres de antaño, a los genuinos valores de los primeros colonos sibirianos.
Starenkia Heroda, el Viejito Herodes, reapareció en la decoración natalicial. Los escaparates se adornaron con este anciano rubicundo y robusto, de larga barba y perenne sonrisa, imagen de la bondad y el afecto familiar. Stare, solían nombrarlo los niños, y Stare era el protagonista de numerosas historias publicadas durante diciembre, imitaciones más o menos hábiles de los motivos usados por “El Mensajero del Sur”. Año tras año, en revistas, periódicos y radioteatros, Stare llegaba con las primeras nevadas al grito de : “¡Ahó, Inocentes, traigo regalos para todos!”.

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Por esa misma época, según el Anuario de Historia Empresaria en 1921, se creó la Oghayo Kooperatiye Naptki (Cooperativa de Bebidas del Oghayo), una empresa con control obrero y participación del municipio de Cleopatra. Ese mismo año, en noviembre, la O K N lanzó a la venta una bebida gaseosa basada en el fruto del peyote y la nuez de cola; la Peyotikola. Al principio se la recomendaba como anti dispéptica, pero pronto se volvió un hábito entre los jóvenes afectos a la musica gúzlica y el nuevo arte panorámico.

Entonces estalló la Guerra y los soldados vespucianos fueron convocados. Los muchachos partieron cantando a la guerra.
Los soldados ivaniki recibían, entre sus raciones, una muda de ropa de obrero, efectos de higiene, dos libros (uno de ellos de preceptos religiosos), un radiorreceptor heterodino, dos paquetes de cigarrillos (marihuana, pues ya se había prohibido el tabaco), tres barras de chocolate y una jofaina de Peyotikola. Era parte de la impedimenta de los infantes vespucianos, marca registrada de su cultura: simbolizada por la participación de los trabajadores, la religión, la información pública y los placeres de la vida cotidiana. Con ellos iba toda la propaganda, la conciencia de ser “nuestros bravos boyevki”, las panorámicas de los estudios de Padbles y la música gúzlica. Por supuesto, Starenkia Heroda nunca faltó en cada Natalicio de los seis que duró la Guerra.
Durante la posguerra y en lo que duró la Paz Armada, Herodes fue un símbolo, cada vez más inseparable de la Peyotekola, de los valores vespucianos en todo el mundo.
Hoy, a más medio siglo desde entonces, con todos sus nombres en tantas lenguas; Starenkia, Stare, Pitana Janama, Hiroito, Atijoenian, Athair Na Nollag, Pater Nativitatem o Sengtanpé, el Buen Rey Herodes, sigue viajando, desde el Polo Sur a todos los hogares del mundo para llevar su mensaje de Paz, Entendimiento e Inocencia... ¡y maravillosos regalos para todos los niños buenos!
 Para leer el texto completo de este ensayo: El Buen Rey Herodes en Academia.edu

martes, julio 15, 2014

Amor y dolor (algunas reflexiones sobre Palestina e Israel) I.

¿Por dónde empezar?
El hilo se escapa nada más tomarlo entre las manos, la madeja hecha de historia, mitología, dudosos mandatos internacionales y estereoptipos es un enredo.
No se puede decir mucho cuando las vidas están en juego. Algunos dirían que es mejor callar, otros preferirían actuar. Escribo, pues es lo único que sé hacer.

El amor es, quizás, un modo de acercarse a este tema. El amor de quien se crió leyendo la Biblia, de quien a los quince años emprendió el estudio del hebreo y a los veinticinco se dedicó a escribir una, felizmente inconclusa, Historia de Israel Antiguo. El amor de quien siente un inexplicable nudo en el pecho cuando escucha Jerusalén de Oro y a veces
Grafiti pacifista en el muro de seguridad entre Israel y Cisjordania. 

necesita el Dayenú para expresar lo que las palabras no pueden. El amor, en fin, que si dejó de lado al dios de los profetas, sigue viendo en ellos a algunos de los mejores de la Humanidad.

El amor de quien no puede dejar de recurrir a la Historia para entender lo que pasa.

El dolor por lo que ocurre en Gaza es más fuerte porque mata en ambos lados. Mata vidas y mata conciencias.  Destruye a uno y a otro lado mucho más que edificios y caminos. Destruye lo noble que pueden tener dos pueblos que, quieran o no, son hermanos de lengua y de origen.

Me duele que los judíos, con honrosas y maravillosas excepciones, apoyen a un estado que cada día se parece más a las dictaduras que vivimos en el siglo pasado o, más cerca, al estado yihadista que está creando en ISIS en Irak y Siria. No debería ser una novedad, a lo largo de su historia muchos judíos sucumbieron a la adoración de los ídolos, Jeremías (quien hoy sería acusado de antisemita) lo dijo claramente y, por cierto, sufrió el dolor de su propia conciencia desgarrada entre su fidelidad a su patria y su deber de profeta. El ídolo ya no es el altar de Moloc o el Templo, sino el Estado de Israel.


Me dicen que hablo desde la distancia, y es cierto, me dicen que hay que estar en Sderot, por caso, y escuchar las alarmas anticohetes, no lo cuestiono, me dicen que quien mejor conoce es quien vive la realidad, y me permito discrepar. La distancia suele ser un buen correctivo para aquello que llamamos disonancia cognitiva, que no es mas que mirar la realidad desde el propio punto de vista olvidando que hay otras perspectivas. A veinte mil kilómetros, lejos del humo y las bombas, es posible ver un poco mejor.

(continuará)

miércoles, julio 09, 2014

Alguna vez tenía que hablar de fútbol...

Una docente que conozco ama el deporte, disfruta viendo a los pibes jugar a la pelota y no se decide a prohibir su uso en el recreo, pese a los reiterados casos de heridas, golpes y algún que otro vidrio roto. Cada vez que devuelve el balón reconviene, en tono amable o severo según el caso, a los jugadores y les reclama un imposible: jueguen tranquilos.

Ellos, alumnos de primaria, no dan con la respuesta adecuada y, si la tuvieran, son tan inteligentes como para no revelar lo que la señorita ignora; jugar a la pelota no tiene sentido si no es apasionadamente, con furia y con obsesión, con eso que la calle dice mejor; con huevos.
La "seño" cree que es un deporte y se equivoca, por eso pide que hagan lo único que el fútbol no permite; jugar tranquilos.
Salvo si el jugador es profesional, claro.


Por estos pagos del sur el fútbol es lo que es y un poco más.
Pegarle a una pelota, marcar el gol, festejar son verbos que se conjugan en colectivo.
Nos apasiona por lo que tiene de deporte pero más por lo que tiene de primario, de impreciso, de apuesta y azar. El triunfo nos ilusiona como si fuera, de verdad, nuestro. Cuando uno juega, cuando uno mira jugar, cuando uno se entera se siente parte de algo más grande. La tribu que reclama sus derechos ancestrales. En este mundo enorme y ajeno, en esta vida que otros deciden, en esta ausencia de comuniones; el fútbol, como otros vicios, es una vuelta a cosas más simples, comprensibles, colectivas. Difícil es comprender los números de la Bolsa, los chachullos de todo poder, por micro que sea, las negociaciones y las variables sociométricas; el uno a cero es más ilusorio pero más sencillo y concreto, también.

Uno no sabe si a todos le pasa; uno no frecuenta estadios, como le suelen reprochar, y no se decide a dejar de leer a Tolkien porque juega Central, sin embargo... Sin embargo se pone ronco gritando en casa si por casualidad cae en el canal del partido, sin embargo se amarga un buen rato cuando la derrota lo roza en sus colores, sin embargo si el azar lo pone cerca de un hincha rival siente una inexplicable hostilidad que se potencia entre más sean ellos y más fuerte griten. A uno le brotan las dormidas ganas de pelea. Uno, claro, ama a su prójimo en su propio cuerpo y por eso escurre el bulto; pero cuando está convertido en multitud...

Como el amor, la música, las drogas, la política y todo lo bueno de este mundo, el valor de cambio de las cosas impuso su lógica también en el fútbol. De jugar como los pibes en el recreo, de ser un grito colectivo en el potrero, de ser ocio, el fútbol se volvió negocio. "Clin, caja" suena más en los estadios que el grito de  gol. Números que marean al tipo sencillo, jugadores que hablan de espectáculo y se repiten hasta la naúsea en publicidades de cerveza, afeitadoras, compañías de seguro y hasta condones. La banalidad del periodismo deportivo. Gorro, bandera y vincha y hasta el Mundial de Fútbol.
Como las drogas, el amor y la música uno puede decir no gracias, no consumo, o puede buscarle la vuelta, el lugar impensado, el hasta ahí en el que nuestra gente se destaca desde tiempos inmemoriales.

Un Mundial puede ser varias cosas.
Algunas desagradables como los comentarios femeninos ("no digo de todas, pero hay algunas..."), las publicidades patrioteras, los revendedores de entradas y los periodistas ("no digo de algunos, sino de todos..."). Algunas que se disfrutan como ella comentando el partido con uno, en la misma cama, mejor, las publicidades que emocionan a pesar de su patrioterismo de cotillón, el amigo que te consigue la entrada agotada y los periodistas que ponen en palabras lo que uno, justo, está pensando.

Un Mundial tiene rivalidades inexplicables.
O entendibles si uno les presta atención.
Más allá de casos patológicos; los argentinos tenemos onda con Perú, Uruguay, Bolivia y Venezuela en casi cualquier circunstancia, salvo el enfrentamiento directo.
Por más hijos de tanos que seamos, o de "gallegos", o de "rusos", vamos a alentar a cualquier equipo de América Latina que se enfrente con un europeo. A veces incluso a Chile, pero nunca, jamás, a Brasil.
Brasil es el adversario natural de Argentina tanto en fútbol como en otras cosas a lo largo de la historia; desde el liderazgo de Sudamérica, que ambos reclamamos, hasta el triste papel de lacayo preferido del Imperio, que parecemos estar dejando de lado, por suerte...
El paisano, refiere Velmiro Ayala Gauna, nunca considera extranjero al paraguayo o al boliviano, pero sí al europeo o al brasileño. Idiomas diferentes, modos distintos de tomarse la vida y ese gran tamaño que, acota Freud, se vuelve muy importante, hacen del brasuca el otro sudamericano, el diferente, el hostil.
Y el sentimiento es mutuo, en especial desde Brasil a la Argentina. Basta escuchar a la hinchada.

Uno, salvo que no entienda de fútbol (no de técnicas y juegos, sino de sentimientos), no puede menos que alegrarse de la derrota de Brasil.
Ya habrá tiempo para la solidaridad latinoamericana, la Patria Grande y la Unasur.
Ya habrá tiempo para pensar con la cabeza fría; la seño no lo sabe, pero en el fútbol no hay, no puede haber, cabeza fría... para eso está el ajedrez que por algo no tiene hinchada.

Placer, pulsión, negocio, distracción, engaño, belleza, miseria. Sustantivos abstractos que pueden adherirse al fútbol, a sus pompas y sus obras. Los mismos que pueden formar el predicado de cualquier sujeto colectivo.