Maravilloso poeta; Milton.
Releo su Paradise Lost... pesado y pomposo a veces, magnífico y resonante, otras. La única epopeya medianamente aceptable que ha podido producir el cristianismo; religión que calza bastante mal con la épica.
Está escrito en un inglés perdido en las nieblas del pasado, el inglés de una pequeña isla lejana en camino de soñarse imperio, el inglés de campesinos algo huraños, desconfiados, y felices en su monotonía rural, el inglés de los puritanos que rompían los viejos moldes en pos de su república cristiana.
Me detengo en el pasaje del libro 1 donde Satán "recorre sus dóciles escuadras", bello aún en su rebelión y su derrota.

Es imposible no evocar, entonces, a la poderosa figura de Melkor (Morgoth) en el Silmarillion y uno coincide con Auden: "Tolkien ha triunfado donde fracasó Milton".
Es que Morgoth es terrible; respira horror y malevolencia, no se insinúa como un traidor, sino que lo es sin ambages, se siente miedo en su presencia... miedo y una invencible repugnancia.
Otra cosa es este Satán tan bien logrado que deja de ser el arcángel caído, dibujado con tan puras líneas que se nos muestra más humano que el propio Adán, patético cobarde, o la voluble Eva... infinitamente más interesante que un Dios que no puede menos que ser perfecto y, como tal, predecible.
Este líder de la rebelión celestial, este bolchevique o guerrillero del Empíreo, no es en modo alguno un tirano, mucho menos un traidor de sus congéneres. Por el contrario "en sus miradas crueles se percibe el remordimiento y el dolor ante las desgraciadas víctimas de su culpa". Es un demonio compasivo.

Y este dolor satánico crece, nos dice el poeta, "cuando piensa que toda aquella multitud está padeciendo sólo por seguirle, por ser fiel a su causa". Líder de un pueblo en el exilio, encabezando la primera "Larga Marcha" de la historia del Universo, el que será llamado Diablo no rehúye su responsabilidad, ha sabido ganarse el corazón de los suyos y esta lealtad crea en él una obligación que, en modo alguno, rechaza. Es, también, un demonio responsable de sus actos.
Finalmente quiere tomar la palabra ante sus fieles capitanes y sus perseverantes huestes pero, recita con evidente complacencia John Milton, "por tres veces distintas intenta hablar a sus valerosas tropas y otras tantas se lo impiden las lágrimas que se agolpan, sin quererlo, en sus ojos tenebrosos". Sí, Satán, el Diablo, el Demonio, es capaz de llorar.
A esta altura el lector que no esté cegado, adormecido, por la enseñanza religiosa, aquel que conserve su juicio crítico, no puede menos que simpatizar, como Mick Jagger, con el diablo. A diferencia de aquel, educado pero criminal, éste quizás por su juventud, es de otra clase; no un asesino, no un traidor o un sombrío urdidor de males, sino por el contrario, un tipo responsable, un guía que asume como propias las tribulaciones de su pueblo, un conductor, militar, sí, pero sobre todo humano.
Entonces, cuando nos sorprendemos de ver bajo luz tan favorable a aquel que tantas veces nos enseñaron a odiar y temer, o a odiar por temor, Milton da un giro genial, el más logrado de todo el poema a mi juicio, y nos presenta el discurso del diablo a su gente.
Es una pieza oratoria que muchos de nosotros podríamos suscribir, un manifiesto contra la omnipotencia, contra la soberbia de un dios demasiado seguro de sí mismo, un grito de rebelión que se alza en nombre de la libertad, de un alma demasiado grande para aceptar ser, meramente, un juguete del creador.
Un canto de dignidad, de no sentirse vencido ni siquiera en las mazmorras del infierno, una respuesta honorable a la ignominiosa derrota infligida por las fuerzas angélicas que, hermanos nuestros, prefieren doblar el cuello y ser llamados siervos antes que, orgullosos, arriesgarse al azar de vivir sin amo.
No cae, Satán, en el individualismo. Es la suya una lucha colectiva contra el despotismo y la comodidad de las doradas cadenas celestiales. Apela a sus compañeros no como déspota, sino como militante de una misma causa libertaria.
Este diablo tan humano, este demonio compasivo y rebelde, este Lucifer que arriesga todo por la independencia, es más que un cuento religioso, es un poderoso mito en el cual, como en cifra, veo la eterna lucha entre la opresión y la libertad.
