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lunes, abril 05, 2010

Patria indígena


En estos días he vuelto a leer nuestra Historia. Exigencias de la docencia, pero también el placer de reconocerme en ese pasado común.


No creo en los nacionalismos extremos, mucho menos en esas historias sesgadas que están de moda donde, so pretexto de oír la "voz de los vencidos", se los aisla del resto de la humanidad, se proyecta sobre ellos ideales anacrónicos o se les atribuyen hechos y actitudes que no existieron. 

Nuestros ancestros indígenas ¿quien puede asegurar que no posee alguno? no fueron siempre héroes, no tuvieron esa especie de aura "ecológica" que muchos les atribuyen, aunque ciertamente respetaban mucho más que nosotros la Naturaleza, siquiera por temores mágicos, no formaron una entidad cultural única, ni se opusieron sistemáticamente a la invasión. Eran mujeres y hombres que vivieron, como nosotros, una historia que no pudieron elegir y, frente a ella, se posicionaron; resistiendo, contemporizando, escondiendo o luchando...

En el nacimiento de la Nación Argentina, una nación inexistente entonces, una nación creada, una nación que es multiétnica y plural, la presencia nativa fue permanente y, en muchos casos, fundamental.

Acostumbramos a pensar en el Virreinato del Río de la Plata como un gran mapa compuesto por los territorios de cuatro repúblicas actuales; Bolivia, entonces el Alto Perú, Paraguay, Uruguay y Argentina más algunas regiones del Brasil (Río Grande, Paraná) y Chile (Antofagasta).
Sin embargo nada más lejos de la realidad; el Virreinato era un territorio rodeado, por el norte y por el sur, por extensos dominios ocupados por los pueblos originarios. 

Existían tratados formales, algunos se remontaban al siglo XVII, que reconocían a los pueblos originarios unos territorios bajo su exclusivo dominio.
La presencia del indígena, tanto el sometido como el libre, fue una constante durante el periodo colonial.

Los "indios" encomendados del Noroeste estuvieron desde el principio, como artesanos y campesinos explotados. Algunos de ellos perdieron sus marcas de identidad, otros las conservaron en la oscuridad, muchos las recuperaron en estos últimos años.

Los guaraníes, colaboradores entusiastas del mestizaje, fueron la base poblacional del Paraguay y la fuerza de trabajo que hizo posible el surgimiento y apogeo de las Misiones Jesuíticas.


Los comenchingones fueron habituales en las ciudades de la intendencia de Córdoba y los huarpes y pehuenches en las de la región cuyana.

Los libres del norte; abipones, qom, wichí eran el terror de los vecinos santafesinos pero también una presencia familiar en la imensidad del Chaco.

Los libres del sur; mapuches y pampas  eran frecuentes visitantes de la nueva capital del Virreinato, la ciudad puerto de Buenos Aires, donde estuvieron en 1806, ofreciendo sus servicios contra los británicos y en 1810 donde, dice el propio Virrey depuesto, estuvieron en el Cabildo Abierto del día 22.  El mismo 25 los lonkos Quintelén, Negro, Epugner, Errepuento y Vitoriano firmaron, junto al winka, el petitorio que pedía la renuncia definitiva de Cisneros. Fueron tan protagonistas de la Revolución como Berutti, Castelli o Rodríguez Peña...

En la Guerra de Independencia hubo una constante presencia de los pueblos originarios entre las tropas patriotas.

San Martín, casi sin dudas mestizo, requirió para sus granaderos la presencia de guaraníes de las misiones, descendientes de los que enfrentaran la entrega de sus tierras ancestrales a los portugueses. Para el Libertador los "indios" eran "nuestros paisanos"; un ejemplo para la lucha por la liberación sudamericana.

El ejército del Norte, aquel que sufrió las mayores privaciones en la dura campaña del Alto Perú, contaba en sus filas con guaraníes y collas.

No en vano nuestra Bandera ostenta al Inti del Tawantinsuyu, nuestro himno menciona a las tumbas del Inca y nos considera sus hijos. No sin motivo los dos primeros cañones de la Patria llevaron los nombres de Mangoré y Túpac Amaru.

No fue, tampoco, un detalle pintoresco de Belgrano la propuesta de un soberano de la estirpe incaica; el Congreso de las Provincias Unidas en Sudamérica (no de la chiquita y esquiva Argentina que vino después) ya había hecho pública la declaración de la Independencia tanto en castellano como en qeshwa y aymara. 

Otorgarle el poder a un descendiente de Túpac Amaru y hacer del Cusco la sede de gobierno de la "nueva y gloriosa nación" hubiese sido, quizás, la consumación lógica de aquella política americanista.


Antes de ello, en la que fue nuestra primera declaración de Independencia; el Congreso de Arroyo de la China convocado por Artigas, también habían hecho acto de presencia los pueblos indígenas. Los guaraníes de Andresito lucharon con valor por una libertad y una justicia que, todavía, les está siendo negada a sus descendientes.























Los años que siguieron cambiaron muchas cosas. 
Las divisiones existentes se hicieron más hondas, la guerra civil se abatió sobre los campos del desmembrado Virreinato y las esperanzas de aquella primavera, cuando criollos e indios pelearon juntos por la misma Patria, se helaron bajo las frías razones de los "civilizados". El indígena, marginado, se encerró en su propios reductos contentándose con el saqueo y el retorno a las costumbres de antaño. Ni uno, ni otro quisieron, o pudieron, aprender del otro.

Hubo, no obstante, intercambios permanentes y alianzas esporádicas. Rosas combatió a algunos y pactó amistad con otros. Muchos gauchos, no solo Fierro, buscaron el amparo de la toldería así como parcialidades enteras se "asilaron" en territorios bajo el control del winka. Poco a poco, sin embargo, la incomprensión mutua hizo de las suyas; el gaucho exiliado no entendía las costumbres nativas, el "indio" asentado se resistía a los requerimientos del naciente Estado.
Así se llegó a la guerra.
Guerra civil, por muchos motivos, durante la cual el indígena sufrió la misma suerte del gaucho. Fue derrotado y terminó como un extranjero en su propia tierra. Recuerdo pintoresco de estampas populares, domesticado santito de la casas humildes, lectura obligatoria de libro de primaria, nombres a memorizar del pasado remoto.

Hoy los pueblos indígenas, preexistentes a la artificiales divisiones de la Patria Americana, se levantan nuevamente. No sólo reclaman, pretenden ser partícipes con su cultura, su lengua, sus tradiciones de una sociedad que creció dándoles la espalda.
Nosotros también nos levantamos y nos reconocemos como sus hermanos, como parte de una misma realidad multiétnica, como descendientes de una misma sangre como herederos de 10.000 años de historia argentina.


Las fotos que ilustran esta entrada fueron tomadas de la muestra
Huellas de Gaby Herbstein

jueves, octubre 16, 2008

Informe sobre un pueblo bárbaro


Creen, las tribus del Nuevo Mundo, en un antiguo Inca que jamás llegó a reinar.
Dicen que murió por salvarlos aplacando la ira de un anciano dios, que era el padre de aquel Inca.
No obstante, desconfían de estos grandes dioses tan terribles y prefieren suplicar a divinidades más pequeñas y comprensibles, como la Mamma Coya de aquel Inca.
Cada tanto, los nativos se matan entre ellos para complacer a alguno de estos dioses, pero he sabido que no es la sangre lo que ellos quieren, sino la entrega y la sumisión del alma y del cuerpo.
Dicen los amautas que está bien que crean en estos dioses sanguinarios y despóticos porque está profetizado que, el día en que dejen de adorarlos, otros, aún peores, tomarán su lugar y entonces ninguna tierra estará a salvo de su furor.


Tomado del tokapu de Qhapaq Ayni conocido como Viaje a las Tierras de Ultramar. Versión libre.

jueves, diciembre 27, 2007

Viaje al Atuel I



El río tiene un nombre melancólico y bello; Atuel, lamento en mapundungun, y baja hipando saltos desde la cordillera.
No lo conozco y ya lo añoro. El Glaciar de las Lágrimas derrama una tristeza milenaria en sus aguas, los manantiales lloran en las dolinas que lo ciñen , los hombres del valle le han sangrado con múltiples canales y, como toda pena, acaba en la sequedad de los desiertos pampeanos.
¿Qué honda soledad aqueja al Atuel?
¿Qué agravios le han hecho tanto daño para esa aflicción tan honda que ha cavado un cañón en su curso medio?
¿Qué historia esconde el Atuel, en el sur de la comarca del Cuyum?

Hace más de diez milenios que las mujeres y los hombres pueblan sus riberas. Quizás mucho antes, en ese tiempo luminoso y perdido para siempre cuando Los Antiguos moraban en TierralSur, el entrañable país que reposa bajo las luces del Choique.

Más tarde llegaron cazadores de leyenda que diputaron palmo a palmo el territorio con el megaterio y el smilodón, el terrible tigre "dientes de sable".

Cuando los grandes monstruos desaparecieron, o quizás se ocultaron en algún recóndito valle, los pueblos aprendieron los secretos de la agricultura y de la cría de las llamas, el arte de tejer las redes de totora, el misterio del barro cocido y el temor a la noche eterna de la muerte.

Siglos pasaron y se hicieron amigos del río torrentoso y afligido. Huarpes se llamaron, vivieron en casas redondas y hablaron una lengua musical. Eran altos y barbados, nadie sabe muy bien de donde eran, pero lo cierto es que habían hecho, con paciencia y riego, con sueños y sembrados, de esta TierralSur la suya propia.


Cuando el Hijo del Sol reclamó, trastornando el mundo en el anunciado Pachacuti, el dominio sobre el país del arenal los huarpes se sometieron a su poder y guardaron los pasos de la Cordillera.

Más tarde llegaron los invasores procedentes de la lejana Ultramarina. Duros y fieros no se pararon en tratados, ávidos no dejaron de perseguir a los hijos de la tierra, pero muchos fueron los que, rendidos a los encantos de las mujeres huarpes, se hicieron también ellos moradores de aquel país árido y fascinante.

Hubo guerras y hubo amores, pues, en los años aquellos. Hubo pestes que los recién venidos traían en sus pieles resecas de culpas olvidadas. Hubo nuevos dioses. Hubo escalvitud y hubo mucha, mucha muerte.

Quizás de allí provenga la tristeza del Atuel.


jueves, agosto 02, 2007

Argentina, tierra de la plata

Los tiempos de Ñaupapacha
Primera parte









Mi patria es joven y es antigua.
Tiene más de diez mil años y, sin embargo, aún no ha llegado a los doscientos. Más que una paradoja; un cruce de historias.
Las primeras gentes que llegaron a este territorio lo hicieron desde el cálido norte. Sus ancestros, y los ancestros de sus ancestros, cazaban bestias de pesadilla y recolectaban frutos dulces en las selvas, bajo los árboles, bajo los bejucos.
Ellas y ellos habían atravesado pasmosas distancias en busca, quizás, de esa utopía que nos ha llevado a pergeñar religiones y morir por ellas.
Nada marcó su ingreso al territorio que sería la Argentina, las fronteras no existen si no que los humanos cargamos con ellas y las imponemos, fuerza o convencimiento, a los demás.
Entraron por la puna y por la quebrada.
Cruzaron la cordillera y bajaron por el río.
Una tierra inmensa, una esperanza intacta.
Y pasaron largos siglos.

Cueva de las manos, Santa Cruz, 9000 años antes de la Era.




Por los tenebrosos tiempos en que la soberbia de Roma era abatida, cuando las tinieblas cubrían Europa y en las arenas de Arabia se incubaba una revolución en el pensamiento.
Cuando la luz de Zarathustra lanzaba sus últimos brillos en la tierra de los arios, y se agitaban incesantemente las estepas.
En los años en que florecían refinados poetas en la India y los sabios de la dinastía Tang disertaban con elegancia en los pabellones de alguna de las capitales del Imperio del Medio.
Cuando en el lejano norte, Pacal bajaba a su ornamentada tumba y Teotihuacan se convertía en un silencioso recuerdo...


Andina...



En esos años luminosos las gentes de lo que hoy es mi tierra habían alcanzado un alto desarrollo cultural y estético.

Cultivaban su quinua, su papa y su maíz en las "imposibles" laderas de las montañas, pastoreaban llamas y comerciaban con la costa del Pacífico y con los ríos que desaguan en el desolado Atlántico Sur.
Amasaban el barro, tallaban la piedra, forjaban el bronce.

Keru o vaso: Cultura de La Aguada siglo VII.



Otros vagaban por dilatadas llanuras, cazaban el guanaco y el guasuncho, bebían su sangre, reverenciaban a un dios lejano y ocioso, pero no se inclinaban ante ningún hombre por muy fuerte que fuese.

Chaqueña


Muchos surcaban los ríos más caudalosos del globo en frágiles canoas monoxilas o en elaboradas almadías, mientras trenzaban el junco o la totora se preguntaban sobre la tierra y sus misterios, sobre el camino de los seres humanos, sobre los rumbos de las estrellas e indagaban si era posible que el paraíso pudiese existir en este mundo.

En sus ojos Ivy mara ey



Yámana



En el sur las mujeres eran diosas y señoras;

Selk'nam


los hombres las temían y respetaban sus decisiones soberanas cuando salían con sus botes de piel a desafiar las tormentas que, en siglos por venir, hundirían flotas enteras de galeones. Los varones, ciertamente, planeabn rebelarse alguna vez; pero lo cierto es que en aquel helado confín de la que sería mi tierra no había guerra ni matanzas.


Tehuelche

En toda la extensión de la Tierra del Sur, en el vasto espacio comprendido entre la Cordillera y el Mar, no había reyes, no había amos, no había señores. Había comunidades libres, con sus conflictos, sus luchas, sus amores y sus temores... pero todas ellas se cuidaban muy bien de confiar el poder en manos de unos pocos.
Algunas familias, no obstante, en los valles, en las faldas de los Andes, en la puna y la quebrada, tuvieron un acceso privilegiado a los bienes y las prestaciones de sus iguales, se convirtieron en kurakakuna, pero debieron, a cambio, proporcionar albergue, materias primas y elaborados regalos a los demás mimebros de la comunidad. Minga, se llamaría más tarde esa re distribución de bienes, y ni siquiera los poderosos inka, aún por llegar, podrían osar desobedecer esta costumbre que establece que, el que quiere mandar, debe hacer obsequios valiosos a los que pretende dirigir.
Sin embargo en el norte una gran ciudad crecía sin cesar, era grande y quería serlo más, era poderosa y soñaba con dominar el mundo de los Andes, era astuta y sabia y paciente. No amaba la guerra, pero tampoco la temía, y prefería imponer su hegemonía por medio de la persuación y el ejemplo; Taypicala, la llamaban, es decir Tiawanaku, y ya la Puerta del Sol había abierto el espacio andino para la hora de su grandeza.

Tiawanaku


Mis ancestros norteños, ¿quien en mi tierra puede negar tener algo de sangre indígena? ¿quien puede ser tan miope de pensar que la herencia viene por un solo carril genético? ¿quien puede, en fin, ignorar que el ADN de los argentinos corresponde, en 56 un por ciento, a los haplotipos nativos? , como decía, mis ancestros se fascinaron ante el poder de la reina del Altiplano, de la Señora del Titikaka, de la distibuidora de riquezas y prestigio. No se sometieron, con todo, mantuvieron su independencia dentro de una especie de alianza de señoríos y ciudades, pactaron la paz con sus vecinos y aprovecharon el control tiawanaqueño del espacio para expandir su comercio. Esos fueron los años dorados de lo que, andando el tiempo, se llamaría Kollasuyu y ese fue el comienzo de la historia argentina.

viernes, julio 27, 2007

Un hermoso embuste

Uno de los engaños más bonitos de la Historia es, sin duda alguna, el del Libro de Mormón.
Otros habrá que lo superen en elaboración, ya que es bastante elemental, y quizás también en difusión, aunque totaliza más de 80 ediciones, pero el hecho de inventar, casi de la nada, un libro sagrado no es, como se dice, moco de pavo...
Una época y un país que cree en la Biblia a pie juntillas, una mente comercialmente astuta y algunas hipótesis sin fundamento pueden ser tan buen material para inciar el negocio religioso como cualquier otro. Ahí tenemos varios pastores, y algunos curas (estos últimos con una franquicia demasiado onerosa) para probarlo.
José Smith Jr., creo, los supera a todos.
Silvestri, Palau, Ignacio deben atenerse a la Biblia en sus prédicas... y la Biblia, libro crecido durante milenios en el seno de pueblos lejanos, se les vuelve en contra en algunas frases, no lo pueden evitar...
El yanqui dio con la solución.
Se inventó su propia Biblia y la puso al lado de la "recibida" como una igual; más clara, más coherente, menos complicada... como quien dice un clásico "dios por uno", perdón, "dos por uno" quise decir.

La trama del engaño (ya Smith había enfrentado procesos por fraude pero, ¿quien no mintió alguna vez?) es simple, como buen producto americano.

El Profeta Joseph Smith Jr.

Smith Jr., un típico chico de campo, ve aparecer un mensajero divino. Son los años 30 del siglo XIX y Roswell aún está lejos.
El ángel, un antiguo americano resucitado, indígena diríamos, pero Smith no lo dice, le revela que en una colina pequeña y poco notable del estado de Nueva York se encuentran unas tablas de oro que contienen la historia de los antiguos habitantes del Nuevo Mundo.

Las planchas de oro: el Libro de Mormón original.
Actualmente se encuentran en...
el cielo


El mensajero se llama Moroni hijo de Mormón, de allí el nombre dado al libro, y era el responsable, después de la muerte de todo su pueblo, de haber ocultado los antiguos escritos.
Todo sucede como se ha anunciado, nos cuentan Smith y unos testigos que son, también, creyentes de la nueva fe; en una caja de piedra en el cerro que los americanos de antaño llamaron Cumorah están escondidas las crónicas del pueblo desaparecido.
El texto, claro, es indescifrable, en esos tiempos recién comienzan a conocerse las antiguas lenguas egipcias y mesopotámicas, pero Dios ha pensado en todo; adjunta al kit profético no una, sino dos piedras luminosas (suerte de lentes para visionarios), que permiten traducir la obra.
El idioma es el nunca antes, ni después, conocido "egipcio reformado" y parece, por las copias que subsisten, una colección arbitraria de signos que poco tienen que ver con los jeroglíficos. Por motivos desconocidos los autores, de origen judío como se verá, prefirieron escribir en esta extraña lengua antes que en hebreo... quizás porque en la América de 1830 ¡había mucha gente capaz de entenderlo!
Como sea, cuando algún seguidor de Smith muestra los enigmáticos caracteres a los "eruditos", estos no les encuentran ni pies ni cabeza... ¡tanto mejor!, los profetas tienen a gala no ser creidos por sus contemporáneos.

¡Egipcio reformado!, vaya, vaya

Al margen, unos años después Smith se animó a traducir un texto realmente egipcio; lo llamó el Libro de Abraham y dijo que era una autobiografía del Patriarca, ¡más confusión!, cien años después se probó que era una copia vulgar del conocido Libro de los Muertos y que tenía tanto que ver con el decano de los Patriarcas como con una receta de nachos...

El libro en sí es notable.
Notablemente aburrido; intenta mostrarse como bíblico (y por eso después le agregaron versículos) pero se cae en las primeras líneas y no vuelve a levantarse más que en contadas ocasiones.
Se trata de una compilación de textos, que datan de un período comprendido entre el 600 a. C. y el 400 d.C., en los que se relata la historia de Lehi, su familia y sus descendientes.

Lehi, por supuesto, era bueno, justo y todo eso por lo cual Dios, que es sabido tiene debilidad por estos ancianos que critican a "la juventud perdida de ahora", lo eligió para salvarlo de la inminente ruina de Jerusalén e iniciar, de nuevo, otro pueblo escogido.
Lehi con sus hijos, entre ellos el buenazo de Nefi y el tiro al aire de Lamán, se pone en marcha hacia Arabia y tanto camina que va a dar a la costa del Océano Índico.
Una vez allí Dios, que también tiene predilección por la naútica, le ordena construir un barco y cruzar con él el océano hasta la Tierra Prometida.
El navío, con toda la familia dentro, cruza el Índico y el Pacífico (unos trece mil kilómetros apenas) guiado por la Liahona, una especie de brújula maravillosa, llegando, por fin, a las costas de un país desconocido.
Que no era otro que América.
Una extraña América, casi deshabitada, con vacas, cerdos, caballos, trigo, lino y gusanos de seda (aunque no maíz, llamas, bisontes o magüey); equipada, en fin, con todo lo necesario para armar una civilización.
Una América como la querían los colonos; sin molestos indios.
En la nueva tierra la familia de Lehi prospera. Según se infiere del libro santo se dedican a dos actividades primordiales; la procreación dado que en pocos años suman miles de personas y la construcción de toda la infraestructura necesaria para dar marco a los relatos que vendrán a continuación. En el tiempo que les deja libre la reproducción de la especie y la tala de bosques, cultivo de la tierra, pastoreo de ganado, minería, fundiciones, ebanistería, talla de la piedra, construcción de ciudades, templos, caminos y letrinas, se dedican a guerrear entre ellos.
Se sabe, los que Dios elige no siempre están a la altura de las circunstancias.
Muerto Lehi los hermanos se dividen en bandos irreconciliables. El bueno de Nefi da origen a los ilustrados, creyentes y honestos Nefitas, mientras que su hermano Lamán es el tronco de los arteros y despreciables Lamanitas... por lo menos es lo que dicen Nefi y sus hijos.
El Señor comparte estos prejuicios, por lo tanto, nos cuenta Smith en su traducción; transforma físicamente a los Lamanitas en un pueblo de aspecto horrible, piel oscura, pómulos salientes y aficción por la guerra, en una palabra: los convierte en indios.
Los nómades Lamanitas...
y los nobles Nefitas




Pasan muchos y monótonos siglos.
Hay reyes y reinos, profetas y sacerdotes, guerreros y escribas.
Pirámides, guerras, éxodos y deportaciones.
El profeta Alma, en una "típica" escena de la América precolombina!!!

Zarahemla, ciudad americana, con carros y corceles

Los Lamanitas traman conjuras y constituyen ligas de agnósticos.
Los Nefitas aprenden los misterios del cristianismo aún antes del nacimiento de Jesús y cuando este, por fin, resucita; realiza un breve tour de cuarenta dias por las tierras americanas.

Jesus in America!!!

Y los famosos indios con barba...


Lamanitas y Nefitas se reconcilian y viven largos años como hermanos, pero la ambición y el odio no mueren. Ya en el siglo IV se vuelven a separar hasta que, en una gran batalla en la cual perece Mormón, los Nefitas son exterminados por los victoriosos Lamanitas y sólo sobrevien sus palabras en las planchas de oro.
No se dice, pero se insinúa con claridad meridiana, que los indios actuales son, de hecho, los degenerados descendientes de los malvados Lamanitas, mientras que las grandes obras de arquitectura que empiezan a asombrar a los americanos en Yucatán o Perú son obra de los bondadosos y rubios herederos de Nefi.

El moribundo Mormón se despide de su pueblo

Hasta aquí el libro.
Inútil buscar precisiones históricas, geográficas o arqueológicas. No existen y en cada página pueden señalarse contradicciones y errores que, pacientes, los eruditos del mormonismo intentan explicar.
Cuando leés la Biblia, creyente o no, encontrás nombres conocidos y una topografía familiar, podés saber con certeza donde estaban Jerusalén, Samaria o Babilonia, encontrás descripciones o alusiones a elementos arqueológicos que corresponden a esas culturas antiguas y hasta puede que des con algún texto que confirme parte del relato.
Nada de esto pasa con el Libro de Mormón.
A los nombres inventados, la falta de verosimilitud del ambiente, la nula relación que tiene con la arqueología americana y la ausencia de referencias externas, se suma la imprecisión geográfica.
Nadie sabe donde estaban asentados estos Nefitas y sus rivales.
Tres escuelas de pensamiento dibujan tres geografías diferentes. Los que dicen que Nefitas y Lamanitas vivieron en toda América, habiendo desembarcado en Chile, los que sostienen que se limitaron a ocupar un área pequeña de América Central y, más audaces, los que les atribuyen como hogar unas supuestas tierras sumergidas en el Golfo de Méjico.

Una de las interpretaciones propuestas para la "geografía" mormona. Obsérvese la Tierra de la Promesa.

Y otra, de Sorenson, quizás la más coherente... o menos incoherente

De este libro surge la (o las porque existen una docena de "iglesias" mormonas) Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuya sede principal está en Utah y cuyos rubios misioneros son una presencia común en nuestras calles.
Pero eso será, alguna vez, objeto de otro artículo.

¿La venganza de los Nerds?

domingo, julio 08, 2007

Patria indígena... Llaqta, Suyu, Mapu, Tetâ...


En estos días estoy estudiando como cambia nuestra visión de la Historia Argentina si la miramos desde la perspectiva de los descendientes de sus primeros habitantes, bien llamados indígenas.

No creo en los nacionalismos extremos, mucho menos en esas historias sesgadas que están de moda donde, so pretexto de oír la "voz de los vencidos", se los aisla del resto de la humanidad, se proyecta sobre ellos ideales anacrónicos o se les atribuyen hechos y actitudes que no existieron. Es, con todo, una reacción explicable dado el silencio con que fueron cubiertos durante largos siglos. Nuestros ancestros indígenas ¿quien puede asegurar que no posee alguno? no fueron siempre héroes, no tuvieron esa especie de aura "ecológica" que muchos les atribuyen, aunque ciertamente respetaban mucho más que los invasores a la Naturaleza, siquiera por temores mágicos, no formaron una entidad cultural única, ni se opusieron sistemáticamente a la invasión. Eran mujeres y hombres que vivieron, como nosotros, una historia que no pudieron elegir y, frente a ella, se posicionaron; resistiendo, contemporizando, escondiendo o luchando... hay que decir que generalmente con mayor dignidad que sus invasores.


En el nacimiento de la nación argentina, una nación inexistente entonces, una nación creada, una nación que es multiétnica y plural, la presencia nativa fue permanente y, en muchos casos, fundamental.

Acostumbramos a pensar en el Virreinato del Río de la Plata como un gran mapa compuesto por los territorios de cuatro repúblicas actuales; Bolivia, entonces el Alto Perú, Paraguay, Uruguay y Argentina más algunas regiones del Brasil (Río Grande, Paraná) y Chile (Antofagasta).


Sin embargo nada más lejos de la realidad; el Virreinato era un territorio rodeado, por el norte y por el sur, por extensos dominios ocupados por los pueblos originarios y no se piense que se trataba de la frontera de unos pueblos civilizados con hordas bárbaras o de territorios reivindicados por la Corona española porque no era así. Existían tratados formales, algunos se remontaban al siglo XVII, que reconocían a los pueblos originarios unos territorios bajo su exclusivo dominio.

La presencia del indígena, tanto el sometido como el libre, fue una constante durante el periodo colonial.

Los "indios" encomendados del Noroeste estuvieron presentes desde entonces como artesanos y campesinos explotados. Algunos de ellos perdieron sus marcas de identidad, otros las conservaron en la oscuridas, muchos las recuperaron en estos últimos años.

Los guaraníes, colaboradores entusiastas del mestizaje, fueron la base poblacional del Paraguay y la fuerza de trabajo que hizo posible el surgimiento y apogeo de las Misiones Jesuíticas.


Los comenchingones fueron habituales en las ciudades de la intendencia de Córdoba y los huarpes y pehuenches en las de la región cuyana.

Los libres; abipones, qom, wichí eran el terror de los vecinos santafesinos pero también una presencia familiar en la imensidad del Chaco.

Los libres; mapuches de los más diversos pueblos eran frecuentes visitantes de la nueva capital del Virreinato, la ciudad puerto de Buenos Aires, donde estuvieron en 1806, ofreciendo sus servicios contra los británicos y en 1810 donde, dice el propio Virrey depuesto, estuvieron en el Cabildo Abierto del día 22. El mismo 25 los lonkos Quintelén, Negro, Epugner, Errepuento y Vitoriano firmaron, junto a los winka, el petitorio que pedía la renuncia definitiva de Cisneros. No era la primera vez; en las invasiones inglesas los indígenas habían ofrecido sus servicios contra "los colorados" y desde entonces hubo una constante, aunque silenciada, presencia de los pueblos originarios entre las tropas patriotas.

San Martín, casi sin dudas mestizo, requirió para sus granaderos la presencia de guaraníes de las misiones, descendientes de los que enfrentaran la entrega de sus tierras ancestrales a los portugueses. Para el Libertador los "indios" eran "nuestros paisanos"; un ejemplo para la lucha por la liberación sudamericana.

El ejército del Norte, aquel que sufrió las mayores privaciones en la dura campaña del Alto Perú, contaba en sus filas con guaraníes y collas.

No en vano nuestra Bandera ostenta al Inti del Tawantinsuyu, nuestro himno menciona a las tumbas del Inca y nos considera "sus hijos y el los dos primeros cañones de la patria llevaron los nombres de Mangoré y Túpac Amaru.

No fue un detalle pintoresco de Belgrano la propuesta de un soberano de la estirpe incaica; el Congreso de las Provincias Unidas en Sudamérica (no de la chiquita y esquiva Argentina que vino después) ya había hecho pública la declaración de la Independencia tanto en castellano como en qeshwa y aymara, darle el poder a un descendiente de Túpac Amaru y hacer del Cusco la sede de gobierno de la "nueva y gloriosa nación" hubiese sido, quizás, la consumación lógica de aquella política americanista.


El acta del Congreso en castellano y qeshwa

Antes de ello, en la que fue nuestra primera declaración de Independencia; el Congreso de Arroyo de la China convocado por Artigas, también habían hecho acto de presencia los pueblos indígenas.

Los años que siguieron cambiaron muchas cosas. Las divisiones existentes se hicieron más hondas, la guerra civil se abatió sobre los campos del desmembrado Virreinato y las esperanzas de aquella primavera, cuando criollos e indios pelearon juntos por la misma Patria, se helaron bajo las frías razones de los "civilizados".

Hoy los pueblos indígenas, preexistentes a la artificiales divisiones de la Patria Americana, se levantan nuevamente. No sólo reclaman, pretenden ser partícipes con su cultura, su lengua, sus tradiciones de una sociedad que creció dándoles la espalda.

Nosotros también nos levantamos y nos reconocemos como sus hermanos, como parte de una misma realidad multiétnica, como descendientes de una misma sangre (una muestra genética del 2005 reveló que el 56% de nosotros tenemos antepasados indígenas:http://www.clarin.com/diario/2005/01/16/sociedad/s-03415.htm), como herederos de 10.000 años de historia argentina.

Etnias indígenas en la Argentina (Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Ind%C3%ADgenas_de_Argentina)