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jueves, julio 07, 2011

Decíamos ayer...

Algunos principios que guían mi (modesto) análisis político.

No soy neutral, no soy objetivo, no soy "independiente", ni K, por si quedan dudas, pero vivo en la polis y, por lo tanto, hago política; todo lo menuda que se quiera, con cada acción. Padezco, también, la política de los otros que no son, todos, políticos (¿o los empresarios no hacen política? ¡y sin haber sido elegidos!).



Tomo distancia, intento analizar con precisión, me aparto de las "primeras impresiones" o de las falacias "ad hominem". 
Busco entablar un diálogo, por lo tanto me abro a todos los argumentos posibles. A todos. Argumentos, repito, no injurias o prejuicios.
Observador participante; me sitúo en el polo de los subordinados. Mi lugar es el de la clase trabajadora,  a la cual pertenezco. Clase trabajadora argentina, para más datos. 
Observador que intenta ser inteligente; si no lo soy, al menos aprovecho las mejores herramientas disponibles. Marx y Engels, sin duda, son mis "proveedores" favoritos, a más de siglo y medio, sus hallazgos e intuiciones siguen siendo geniales. No desprecio, empero, otros aportes; sean científicos o, simplemente, lúcidos. 
Mis ojos se han acostumbrado a mirar de una manera diferente, con un sesgo poco común; dialéctica se llama. Es un modo de captar la realidad que proporciona panoramas reveladores, permite comprender mucho mejor la Historia y la Sociedad  ¡y hasta la cotidianidad si me apuran!, pero para una persona acostumbrada al juicio expeditivo o o para quienes resuelven su vida a base de listas de pro y contra resulta desconcertante. Es tan evidente, a poco que se mire, que puede deslumbrar...



Cuando analizo, como pretendo hacer en este blog, considero que el avance y el retroceso,  la construcción y la destrucción, la liberación y la sujeción, son dos caras de una misma moneda. Da para mucho más, pero no ahora.












De todo lo dicho; mis principios de trabajo, digamos, surgen (a modo de corolarios) algunas proposiciones  que conforman una toma de posición personal:



  • La política es lucha de poderes, lucha de clases si se prefiere, pero una pelea callejera la representa mejor que una guerra tradicional. No hay grandes ejércitos, no existen “comandos centrales”, no se ve un campo de batalla, ni siquiera los bandos están marcados claramente. Y esto vale tanto para Argentina, como para Botswana, Alemania o los E.U.A. Los que mandan, tal vez, parezcan tener más clara la cosa; por lo menos hay que ver como se abroquelan para mantener su poder; pero esto no los salva de emprenderla, a menudo, a golpes de puño contra cualquiera …
  • Se combate, se debate puede ser una alternativa aceptable a veces, en  diversos escenarios. La cultura, los imaginarios y la comunicación son algunos de ellos… y no los menos importantes. Dígase lo mismo de las religiones.
  • El Estado está concebido como un instrumento de poder. Su lugar natural es al lado de los poderosos, de lo contrario amenazaría su propia existencia, pero su agenda no es idéntica a la de ellos. No es monolítico y está abierto a generar espacio de lucha (debate, si prefieren). Conocer cuales son sus límites, entender sus posibilidades y sus carencias, aprovecharlo sin hacerse ilusiones es la postura que regula mis relaciones con el “más frío de los monstruos fríos”. Anarquista en el fondo de mi corazón, no espero ver la desaparición del Leviatán creado junto con la Historia… no en mis días, al menos.


  • La Historia es barro. No hay olores agradables en ella, tampoco nada parecido a asepsia. Y la hacen minas y tipos, o sea gente capaz de tanta grandeza y tanta miseria como uno mismo, pero algunos de ellos con voluntad de poder, lo que los hace un poco más cínicos y bastante más estúpidos que el promedio.







  • El poder es un instrumento, como el Estado, pero no se circunscribe a él. LO ejercen muchos y de muchas maneras. Es maravilloso en cuanto permite hacer cosas que cambian nuestra vida. Es terrible en cuanto permite hacer cosas que cambian nuestra vida. Es, también, una droga dura, altamente adictiva, que no admite abstinencia y de la cual casi nadie se recupera. En pequeñas dosis, repartido, compartido, nos potencia. El problema es que nadie, por lo común, se conforma con pequeñas dosis…


  • La Economía es la expresión de las relaciones sociales, de la más básica, para ser precisos; la producción de todo aquello que necesitamos para continuar viviendo. Es el lugar donde estamos desnudos y a solas con nuestros deseos, donde el poder del amo se muestra sin velos y por eso, quizás resulta aterradora.


  • La Cultura, esa tintura compuesta de lenguas, historias, mitos, orgullos varios, narcisismos, religiones muertas y genialidades nos determina mucho más de lo que imaginamos. Es indeleble y no podemos salir de ella impunemente. Para ceñirme a la Argentina el “tinte cultural” explica, a veces, mucho más que la economía, Aunque, claro, ésta pesando a la hora, íntima, de tomar decisiones. Cultura y Economía, juntas, pueden aclarar algunos pequeños enigmas locales tales como el discurso cultural “de izquierda” de muchos argentinos y su fervor oculto por el capitalismo más duro, o el evidente desprecio de amplios sectores sociales por un peronismo que no sólo votan, sino que apoyan tácitamente.



De todo ello extraigo unas pocas conclusiones sobre las que abundaré en otra ocasión pero que resumo aquí de manera epigráfica.



No hay que hacerse ilusiones.

No hay que desilusionarse.

Hay que estar atentos. Ser sagaces. Sacar ventaja. Buscar aliados. Entender que la realidad no se acomoda a nuestros esquemas.

El futuro no está escrito en ningún lado, hay metas que uno quisiera alcanzar, pero la Historia está abierta, siempre, a lo inesperado.

Y a los comentarios…

viernes, diciembre 31, 2010

Durante la primera década del siglo…


Así hablarán los historiadores del futuro, es decir dentro de unos cuatro días, acerca de los últimos diez años que acabamos de vivir. Parecen remotos aquellos sucesos que nos marcaron, mundo, continente, nación, desde el 2001. ¿Y qué decir de los misterios que, para todos los que tenemos más de 30, llevaba aparejada la misteriosa cifra del año 2000; ya en el siglo pasado?
La memoria es selectiva, no hay dudas, puestos a recordar se agolpan imágenes que, a veces, ni siquiera se pueden situar claramente en el tiempo. Cada uno rememora aquello que le impactó, pero también aquello de lo que tanto oyó hablar. Imágenes propias, implantadas por los medios, generadas por el azar de los recuerdos. También, ¿por fortuna?, ¿por instinto de supervivencia?, ¿lamentablemente?, escojan ustedes el adverbio, olvida muchas, muchas cosas.





Esta es mi propia cosecha de comienzos de siglo…
En julio de 2001, acaban de robar mi casa, recibí por esas compensaciones del acaso la maravillosa noticia de que Mariana, entonces mi esposa, estaba embarazada por segunda vez. Daniel, un hermoso renuevo del viejo tronco Bessolo, estaba formándose en su vientre. Aún no imaginaba la maravilla de verme reflejado en sus ojos, en sus manitas aferrándome, en sus preguntas y, ahora, en su pertinaz interés por la mitología. Todavía no sabía de la turbación de encontrar en sus gestos, sus enojos, sus rabietas y sus risas el eco de aquellas que suelen dominarme más de lo que quisiera admitir.

¿Dónde estabas el 11 de septiembre de 2001? Es el recuerdo común más antiguo que puedo lograr sin recurrir a la extensión de mi memoria que tengo en la punta de los dedos. Día del maestro, recuerdos permanentes de un desgraciado 11 chileno, estaba en casa. Mi hija tomaba, sin demasiado entusiasmo, su desayuno. Escuchaba radio; ¿Cuál es? me gustaba entonces; comentarios sobre Nueva York, frases sueltas, la imprecisa sensación de no saber que estaban hablando y el recurso a la tele, en esos tiempos en que Internet (dial up) era un lujo para unas pocas horas nocturnas… La imagen de las Torres Gemelas, el humo, el impacto en vivo del segundo avión. Las sensaciones fueron contradictorias; un desastre siempre nos conmueve pero en este caso, y sé que muchos compatriotas coincidieron conmigo, era un ataque (no sabíamos quiénes o por qué) al corazón del Imperio.
 Los telespectadores de Tatooine ¿habrán lamentado la destrucción de la Estrella de la Muerte? Por primera vez desde 1941 los eternos agresores (obviamente siempre con Dios y la Justicia de su lado) eran agredidos, por primera vez desde 1812 los que habían bombardeado cada continente del mundo (y algún océano también) sufrían unas ofensiva en su propio territorio continental. Imágenes fílmicas de incontables catástrofes, generosamente provistas por ellos mismos, fueron evocadas de inmediato. Mi hija preguntaba: ¿qué pasó papá? No sé si se lo dije, ya mencioné la selectividad de la memoria, pero creo que respondí: las cosas están cambiando.




En 2001 otras varias tornas se volvieron.







































El gobierno de la Alianza en la Argentina (si no sabés que fue la Alianza porque vivís en un termo chino hay una cosa llamada Wikipedia) se encaminaba hacia la catástrofe. Había despertado algo más que tibias expectativas después de los diez años de pública almoneda menemista. No había cumplido ni siquiera un décimo de las expectativas, justificando una vez más aquella vieja verdad: “los radicales no saben gobernar”, cuyo corolario, no escindible, es: “los peronistas no dejan gobernar”. 




El censo, previsto para septiembre de 2001, fue para mí la prueba final del fracaso; que un gobierno no pueda siquiera 
asegurar el cumplimiento de un censo (algo que ya hacía cualquier rey de la Edad de Bronce) era una demostración más que suficiente de que le quedaba poco tiempo de vida. 
No esperaba, claro, lo que vino después: corralito, saqueos, violencia urbana, represión, piquetes (por ese entonces incorporamos la palabra la léxico habitual), cacerolazos, riesgo país (otra frase popular), estado de sitio, acefalía…



Y muertes, como la de Pocho Lepratti, como la de tantos otros.
Fui en familia, y un poco a regañadientes porque me evocaban esa clase media a la que no quiero pertenecer, y protestas muy otras en un país trasandino, a algunos de tantos cacerolazos casi espontáneos de aquellos días. Belu se entusiasmaba con un silbato, yo cuidaba esa vieja olla que, más tarde, usaría para cocinar, Daniel, en la panza, ¿quién sabe lo que sentiría? ¿Gritaría también desde su confortable comarca: ¡qué se vayan todos!?
Las memorias vienen solas a las puntas de los dedos. Renuncia y huída del presidente De la Rúa. 


Los depósitos congelados, varios presidentes en una semana (Google me recuerda que fueron cuatro y olvidables) y una frase del último regente de la abatida República: La Argentina está quebrada. La Argentina está fundida. Este modelo en su agonía arrasó con todo... Olvidándose, claro está, de que había apoyado con todo su esfuerzo tal “modelo” (en Argentina todo plan económico y político, o la ausencia del mismo, se llama modelo). 
El país se incendiaba, los medios masivos eran antiguos hechiceros profetizando sobre las ruinas desgracia tras desgracia, los economistas jugaban a ver quien preanunciaba la peor catástrofe, los grupos de izquierda releían en sus viejas biblias los pronósticos de la revolución proletaria y se preguntaban ¿cuándo tomaremos el Palacio de Invierno? 
Proliferaban los clubes de trueque, que para algunos eran el despertar de la nueva sociedad, y las asambleas barriales; se gritaba, todavía, piquete y cacerola; la lucha es una sola y se soñaba con una alianza de clases, onda Revolución Francesa, que guillotinaría a la podrida aristocracia (en mi país, como no hay aristocracia, se suele odiar a la oligarquía, pero en esos tiempos el odio era unánime contra la llamada “clase política”) e implantaría la República de los Iguales como proclamaba, con acentos de Babeuf y algo de Savonarola, la profetisa Carrió. 
Duhalde, en tanto seguía hablando: quien depositó pesos, recibirá pesos. Y quien depositó dólares, recibirá dólares.
Los hechos se agolpan. El espacio de palabras es acotado y debo resumir. Ustedes, botella al mar al fin, suplirán lo que falta si es que deciden comentar.


El 2002 comenzó bajo el signo del desconcierto. También de la expectativa que suele parecerse mucho a la esperanza. Mi hijo Daniel abre sus ojos a un mundo en el cual lo único seguro es el cambio.

El Euro, la primera moneda de una federación de naciones, entra en circulación en Europa y muy pronto será una seria competencia para el dólar imperial. Entre guerras, atentados suicidas, tomas de rehenes, calentamiento global y asteroides que pasan peligrosamente cerca de nuestro planeta ¿recuerda alguien la explosión sobre el Mediterráneo Oriental que, por tres horas de diferencia, no causó la muerte de millones de personas? Yo, al menos, no…


Años sazonados aquellos. En mi propia vida, digo, con los condimentos más variados. Incienso de mis últimos años al servicio de la Santa Madre (varias madres debe uno dejar en el camino, pero dejemos esto para las sesiones de los martes), canela del Cercano Oriente (una me intoxicó hasta la alergia, otra todavía endulza recuerdos que serán sólo eso), mirra (demasiada), pimienta en exceso y toques de mostaza en los últimos tiempos. Deliciosa mostaza que, a veces, no saboreo como debiera… pero de la cual ¡estoy enamorado!


Un país arrasado era lo que amanecía en la primera década del siglo. Un país muy diferente es el que amanecerá en los primeros segundos de la segunda. ¿El país soñado?, no, ciertamente pero al menos la política ha vuelto a las calles, poco a poco se definen posturas y, no es un dato menor, estamos sobrellevando con relativa indemnidad la peor crisis del presente siglo.
 No digo que todo está bien (otro día hablaremos de ello) pero tampoco todo está tan mal. Hay mucho para cuestionar a la administración K y muchísimo más a la llamada oposición; pero el clima es diferente y, cuando el mundo parece derrumbarse en las geografías que nuestros argiropolitanos acostumbraban a admirar, uno encuentra motivos para la esperanza. Sin obviar todo aquello que duele; la miseria, el hambre (con la cosecha de tres días, ¡tres días!, comerían por un año todos los que están bajo la línea de indigencia), la falta de viviendas, y la lista sigue…

En diez años acuñamos nuevos verbos; googlear, bloguear, colgar, loguear, nuevas costumbres a la hora de volver a casa o del insomnio; facebook, you tube, Wikipedia para los más frikis…














Los celulares pasaron de ser  aparatos para hablar por teléfono a dispositivos sofisticados que, además, permiten la comunicación (o incomunicación andá a saber) telefónica.






























Ya no confiamos tanto en lo que se dice, somos más críticos.



No nos esforzamos tanto por lograr las cosas, ¿más holgazanes quizás?

Los ideales están tan lejos como hace una década.


Los caminos se desbrozan sobre la marcha y cunado se vuelve la vista… ya lo dijo Machado, ¿se acuerdan?

Tanto en diez años…
Tenía treinta y seis, entonces
Viví el frenesí de los cuarenta, me separé, encontré lo más parecido al verdadero amor (o quizás sea el Verdadero, si nunca lo viví tal vez necesite tiempo para reconocerlo) y hallé mi lugar en el mundo en una escuela que, cada día, se mete más y más en mis afectos… Compañer@s de trabajo, y de estudio, entrañables, chic@s maravillosos, mis hijos creciendo y la amorosa mirada de Sabrina.
Tengo cuarenta y seis, ahora.
¡Y lo mejor  todavía está  por venir!

lunes, abril 05, 2010

Patria indígena


En estos días he vuelto a leer nuestra Historia. Exigencias de la docencia, pero también el placer de reconocerme en ese pasado común.


No creo en los nacionalismos extremos, mucho menos en esas historias sesgadas que están de moda donde, so pretexto de oír la "voz de los vencidos", se los aisla del resto de la humanidad, se proyecta sobre ellos ideales anacrónicos o se les atribuyen hechos y actitudes que no existieron. 

Nuestros ancestros indígenas ¿quien puede asegurar que no posee alguno? no fueron siempre héroes, no tuvieron esa especie de aura "ecológica" que muchos les atribuyen, aunque ciertamente respetaban mucho más que nosotros la Naturaleza, siquiera por temores mágicos, no formaron una entidad cultural única, ni se opusieron sistemáticamente a la invasión. Eran mujeres y hombres que vivieron, como nosotros, una historia que no pudieron elegir y, frente a ella, se posicionaron; resistiendo, contemporizando, escondiendo o luchando...

En el nacimiento de la Nación Argentina, una nación inexistente entonces, una nación creada, una nación que es multiétnica y plural, la presencia nativa fue permanente y, en muchos casos, fundamental.

Acostumbramos a pensar en el Virreinato del Río de la Plata como un gran mapa compuesto por los territorios de cuatro repúblicas actuales; Bolivia, entonces el Alto Perú, Paraguay, Uruguay y Argentina más algunas regiones del Brasil (Río Grande, Paraná) y Chile (Antofagasta).
Sin embargo nada más lejos de la realidad; el Virreinato era un territorio rodeado, por el norte y por el sur, por extensos dominios ocupados por los pueblos originarios. 

Existían tratados formales, algunos se remontaban al siglo XVII, que reconocían a los pueblos originarios unos territorios bajo su exclusivo dominio.
La presencia del indígena, tanto el sometido como el libre, fue una constante durante el periodo colonial.

Los "indios" encomendados del Noroeste estuvieron desde el principio, como artesanos y campesinos explotados. Algunos de ellos perdieron sus marcas de identidad, otros las conservaron en la oscuridad, muchos las recuperaron en estos últimos años.

Los guaraníes, colaboradores entusiastas del mestizaje, fueron la base poblacional del Paraguay y la fuerza de trabajo que hizo posible el surgimiento y apogeo de las Misiones Jesuíticas.


Los comenchingones fueron habituales en las ciudades de la intendencia de Córdoba y los huarpes y pehuenches en las de la región cuyana.

Los libres del norte; abipones, qom, wichí eran el terror de los vecinos santafesinos pero también una presencia familiar en la imensidad del Chaco.

Los libres del sur; mapuches y pampas  eran frecuentes visitantes de la nueva capital del Virreinato, la ciudad puerto de Buenos Aires, donde estuvieron en 1806, ofreciendo sus servicios contra los británicos y en 1810 donde, dice el propio Virrey depuesto, estuvieron en el Cabildo Abierto del día 22.  El mismo 25 los lonkos Quintelén, Negro, Epugner, Errepuento y Vitoriano firmaron, junto al winka, el petitorio que pedía la renuncia definitiva de Cisneros. Fueron tan protagonistas de la Revolución como Berutti, Castelli o Rodríguez Peña...

En la Guerra de Independencia hubo una constante presencia de los pueblos originarios entre las tropas patriotas.

San Martín, casi sin dudas mestizo, requirió para sus granaderos la presencia de guaraníes de las misiones, descendientes de los que enfrentaran la entrega de sus tierras ancestrales a los portugueses. Para el Libertador los "indios" eran "nuestros paisanos"; un ejemplo para la lucha por la liberación sudamericana.

El ejército del Norte, aquel que sufrió las mayores privaciones en la dura campaña del Alto Perú, contaba en sus filas con guaraníes y collas.

No en vano nuestra Bandera ostenta al Inti del Tawantinsuyu, nuestro himno menciona a las tumbas del Inca y nos considera sus hijos. No sin motivo los dos primeros cañones de la Patria llevaron los nombres de Mangoré y Túpac Amaru.

No fue, tampoco, un detalle pintoresco de Belgrano la propuesta de un soberano de la estirpe incaica; el Congreso de las Provincias Unidas en Sudamérica (no de la chiquita y esquiva Argentina que vino después) ya había hecho pública la declaración de la Independencia tanto en castellano como en qeshwa y aymara. 

Otorgarle el poder a un descendiente de Túpac Amaru y hacer del Cusco la sede de gobierno de la "nueva y gloriosa nación" hubiese sido, quizás, la consumación lógica de aquella política americanista.


Antes de ello, en la que fue nuestra primera declaración de Independencia; el Congreso de Arroyo de la China convocado por Artigas, también habían hecho acto de presencia los pueblos indígenas. Los guaraníes de Andresito lucharon con valor por una libertad y una justicia que, todavía, les está siendo negada a sus descendientes.























Los años que siguieron cambiaron muchas cosas. 
Las divisiones existentes se hicieron más hondas, la guerra civil se abatió sobre los campos del desmembrado Virreinato y las esperanzas de aquella primavera, cuando criollos e indios pelearon juntos por la misma Patria, se helaron bajo las frías razones de los "civilizados". El indígena, marginado, se encerró en su propios reductos contentándose con el saqueo y el retorno a las costumbres de antaño. Ni uno, ni otro quisieron, o pudieron, aprender del otro.

Hubo, no obstante, intercambios permanentes y alianzas esporádicas. Rosas combatió a algunos y pactó amistad con otros. Muchos gauchos, no solo Fierro, buscaron el amparo de la toldería así como parcialidades enteras se "asilaron" en territorios bajo el control del winka. Poco a poco, sin embargo, la incomprensión mutua hizo de las suyas; el gaucho exiliado no entendía las costumbres nativas, el "indio" asentado se resistía a los requerimientos del naciente Estado.
Así se llegó a la guerra.
Guerra civil, por muchos motivos, durante la cual el indígena sufrió la misma suerte del gaucho. Fue derrotado y terminó como un extranjero en su propia tierra. Recuerdo pintoresco de estampas populares, domesticado santito de la casas humildes, lectura obligatoria de libro de primaria, nombres a memorizar del pasado remoto.

Hoy los pueblos indígenas, preexistentes a la artificiales divisiones de la Patria Americana, se levantan nuevamente. No sólo reclaman, pretenden ser partícipes con su cultura, su lengua, sus tradiciones de una sociedad que creció dándoles la espalda.
Nosotros también nos levantamos y nos reconocemos como sus hermanos, como parte de una misma realidad multiétnica, como descendientes de una misma sangre como herederos de 10.000 años de historia argentina.


Las fotos que ilustran esta entrada fueron tomadas de la muestra
Huellas de Gaby Herbstein

jueves, junio 18, 2009

La Mirada y la Voz.

Salió de la tienda al calor del día.

Dispersos, vio los tendales de sus hermanos. Hacía un tiempo, días o meses, tal vez un año, habían huido. Ahora vagaban por el despoblado.

Arena y rocas.

Recuerdo de los días más felices; es más previsible ser esclavo.

Miró sin ver los restos de la batalla, los huesos derrotados y el recuerdo ya desvanecido.

Oyó los gritos de ira; otra vez alguien golpeaba y otra vez alguien alzaba el cuchillo de piedra.

Gemidos en la soledad de la mañana.

Una tristeza honda invadía el malsano campamento.

Salió de la tienda y caminó en silencio.

Miró a lo alto.

Subió a ese monte y allí permaneció escondido.

Pocos se preguntaron por él. El guía se había ido, pensaron, tan misteriosamente como había llegado para conducirlos a ese destino de nada en el desierto. Mejor dijeron algunos, ahora podremos retornar.

Enfermo de asco no quería volver al llano. Desde arriba el mundo no parece el mismo y uno cree que puede dirigir la Historia.

Una de esas voces que, tres mil años después aprenderíamos a despreciar, le dijo en el duermevela de la madrugada.

- Es tu pueblo, cuando los guiaste asumiste la responsabilidad. No eres su líder, sino su maestro, algún día ya no necesitarán de ti, pero ahora es tu deber bajar.

Quiso negarse pero fue imposible.

Decidió que esa voz sería de más peso que la suya propia.

- Una voz – dijo a la soledad- que valga más que la mía. Una voz que les niegue el descanso de la esclavitud. Una voz que los convoque a mirar por encima de sus miserias cotidianas. Una voz que los convierta en un pueblo.

Tomó dos losas de piedra y grabó en ellas esos signos que los esclavos de las minas le habían enseñado.

Con las tablas en la mano, Moisés descendió de la montaña.


miércoles, febrero 11, 2009

El código Darwin


Un naturalista alrededor del mundo.

Se llamaba Charles y mañana cumpliría doscientos años, pues nació el 12 de febrero de 1809, poco más de un año antes que nuestro país, el cual visitó allá por el año 1832, cuando era un joven veinteañero.
Si quisiéramos resumir su obra en cifras, una manera tan buena como cualquier otra, diríamos que es autor de unos treinta libros, sin contar otras publicaciones menores, o que recorrió más de sesenta mil kilómetros durante su viaje de cinco años (como la Enterprise) alrededor del mundo.
Partió como un joven graduado, a bordo del HMS Beagle que, entre otros fines hacía el inventario del potencial imperio británico, y regresó como algo más que un naturalista. Un científico.

Evolución; hecho y teoría.
Que los seres vivos evolucionan unos de otros es un hecho, basta ser un poco observador para comprobarlo; las similitudes en ciertos rasgos de plantas y animales, los procesos de reproducción, y gestación en el caso de los mamíferos, el examen de los órganos y el registro fósil son evidencia de que las especies vivientes han cambiado a lo largo del tiempo y que, en ese proceso, han surgido nuevas especies. Si ampliamos un poco más el estudio descubriremos que entre esas especies estamos los seres humanos con notables diferencias respecto de las demás. Esto que acabo de enunciar no es, repito, una teoría, sino un hecho demostrado.

Darwin no sólo tuvo el mérito de darse cuenta de este hecho, como ya lo estaban haciendo sus contemporáneos, sino de intentar su explicación. Evolucionamos, sí, pero ¿cómo?
A la respuesta de Darwin se la conoce como Teoría de la Evolución por medio de la Selección Natural o, de manera más abreviada, Teoría de la Evolución.

El más apto.
Se ha dicho que la teoría evolutiva de Darwin puede resumirse como la de la “supervivencia del más fuerte”. Esto, claro, es doblemente inexacto porque en la evolución lo central no es tanto la supervivencia, sino la posibilidad de reproducirse de los seres vivos, en segundo lugar donde muchos leen fuerte habría que aclarar que el término correcto es apto, es decir eficaz a la hora de enfrentar el medio ambiente; y en este punto no siempre ser más fuerte es una ventaja.
Darwin parte de dos observaciones básicas; el medio ambiente está en constante cambio y los miembros de las especies vivientes no son nunca idénticos entre sí. De esto extrajo una importante consecuencia; algunos individuos logran adaptarse o resistir mejor su entorno y, por ello, dejan descendencia; otros, con menos posibilidades, no dejan herederos y, finalmente, se extinguen.

Este sencillo razonamiento forma la base de la selección natural y fue realizado, de manera independiente, por Charles Darwin, de regreso de su viaje en el Beagle, y por Alfred Wallace, que venía de recorrer el archipiélago malayo.

La teoría fue, en su momento, muy bien recibida, aunque no sería sino hasta los años 30 del siglo pasado cuando fuese aceptada como lo que, con modificaciones, sigue siendo; la mejor explicación para el hecho de la evolución, dicho en otros términos; la mejor explicación de la complejidad de la vida.

Desvíos.

Darwin y sus ideas no resultaron indiferentes en esa Gran Bretaña imperial y victoriana del siglo XIX. Se lo amó y se lo odió con igual intensidad.
Algunos clérigos de la Iglesia anglicana lo atacaron duramente y un núcleo de incondicionales, Thomas Huxley, el bulldog de Darwin, fue el principal, asumieron su defensa. En honor a la verdad hubo también eclesiásticos que consideraron a la Selección Natural compatible con sus creencias. Si los primeros fueron coherentes desde el punto de vista lógico, los segundos resultaron más perspicaces.
Otros, pensadores, filósofos, publicistas, tomaron la gran idea y, con razón o sin ella, la extrapolaron hacia otros ámbitos; la economía, la política, la misma sociedad se convirtieron en espacios donde se manifestaba la “lucha por la vida” y la “supervivencia del más apto”. La pobreza y las injusticias sociales quedaban, de este modo, enmarcadas en el cuadro de la evolución; unos debían sobrevivir, otros estaban destinados a perecer; caricatura que el propio Charles llegó a conocer y rechazar.

Darwin, dos siglos después.

La explicación de Darwin es, hoy lo sabemos, insuficiente. Lo cual no implica su abandono, sino al contrario, su enriquecimiento con el aporte de numerosas ciencias de las cuales la genética es la más importante. En la actualidad la teoría sintética de la evolución, llamada a veces neodarwinismo, es ampliamente aceptada y día a día da muestras de su vitalidad al permitirnos desentrañar con mayor exactitud los aspectos más complejos de la vida.

La síntesis moderna de la evolución reconoce que existen otros mecanismos evolutivos además de la selección natural, el azar o el error (deriva genética en términos más técnicos) entre ellos. Sabemos, además, que la variación está en nuestros genes y que no es ilimitada, que no hay una sola causa de la evolución, sino múltiples, y, del mismo modo, que no existe una finalidad determinada, sino un abanico abierto de posibilidades.

Los científicos continúan estudiando y descubriendo en base al legado de Charles Darwin.
De especial interés es el debate entre el gradualismo que sostiene un modelo de pequeños cambios acumulativos y la teoría de los equilibrios puntuados, para la cual el proceso evolutivo es discontinuo con nuevas especies que surgen en, relativamente, poco tiempo.

Del otro lado, empero, está el avance, minoritario pero ruidoso y preocupante, de las ideologías que arguyen a favor de un supuesto Diseño Inteligente. No habría nada que objetar a aquellos que dicen “creer” que la vida se originó por la voluntad creadora de un ser divino, como opinión es perfectamente respetable, pero cuando la creencia pretende hacerse pasar por Ciencia y ser enseñada como tal, estamos en problemas. Hay, con todo una manera de contrarrestar estas tendencias irracionales, que a la larga derivan en oscurantismo e intolerancia.

Regresar a ese joven de doscientos años, leer su prosa serena y convincente para descubrir, en la maravilla de la Naturaleza, no la mano de un dios, sino algo mucho más apasionante: ¡la posibilidad de comprenderla!

jueves, enero 22, 2009

Un fragmento de mi libro: Mitos Cristianos






6. Un mito antiguo de la Creación.

  1. Al comienzo estaban Yahvé y Rahab, a quien algunos llaman Tehom. Ambos eternos, ambos rivales. Yahvé era un dios poderoso y joven, Rahab una deidad antigua y temible. Yahvé creía en el orden, en la razón y en el poder. Rahab representaba el caos, lo imprevisible, la fuerza ciega de los elementos. Yahvé era el desierto y sus tempestades, Rahab; el mar y sus torbellinos. Yahvé era varón, Rahab, mujer.[1]
  2. En los oscuros tiempos en que los dioses batallaban sobre la Tierra; Rahab se alzó, poderosa, y dio a luz al temible monstruo marino, Leviatán. Todos los dioses y diosas se asustaron ante él y huyeron. Yahvé no temió, sin más tomó su arco de caza, el arco iris, y lanzó sus flechas contra la bestia, venciéndola. Sin perder un momento aplastó con una maza la cabeza de Leviatán, la gran serpiente marina, que desde entonces se convirtió en su fiel servidora y su diversión para los momentos de ocio. También se dice que, por entonces, dominó al monstruo terrestre Behemot. Luego arremetió contra Rahab, a la cual despedazó. De sus despojos salieron la Tierra y los seres que la habitan.[2]
  3. Yahvé hizo surgir las montañas del cuerpo muerto de Rahab y asentó los pilares de la Tierra en las más elevadas de entre ellas, luego fijó los límites del mar y estableció las rocas contra las cuales se estrella. Extendió el manto de los cielos, desplegándolo sobre la superficie plana del mundo, colocó las luminarias en él, el Sol y la Luna, formó las constelaciones y fijó sus movimientos a lo largo del año. Por fin creó el calendario, ordenando que los días y las noches se rigieran por el curso solar. Este fue el primer día, del primer año del mundo y desde entonces se celebra, con gran estrépito, la victoria divina el primer día de cada año.
  4. Triunfador, Yahvé se alzó en medio de la Asamblea de los Dioses, y se proclamó a sí mismo el único y supremo Dios, rebajando a los demás a la categoría de simples servidores. Durante un tiempo, sin embargo, permitió que alguno de ellos compartiera su morada terrenal, en la montaña del Norte, y así mantuvo a su lado a la gran serpiente Nehustán, a Helal, el Lucero y, especialmente, a Asherá, la Reina del Cielo, diosa que eligió como su consorte.[3]
  5. Sin embargo estos dioses se mostraron ingratos con Yahvé y le traicionaron. Nehustán pretendió ser considerada la salvadora de los hombres y Helal quiso igualar su poder con el de Yahvé, Asherá, por su parte, le fue infiel con alguno de los otros dioses. Así, pues, fueron expulsados de la montaña del norte hacia las regiones inhóspitas del sur y Yahvé, en solitario esplendor, reinó sobre la Tierra y sobre la Humanidad.[4]

[1] Job 9,13. Deuteronomio 33,2.

[2] Salmos 40, 4. 89, 6-15. 74, 12-17. Génesis 9, 13. Job 26, 12. 40, 15-21 41, 1-34. Isaías 51, 9. Libro de Enoc, 60, 7-8.

[3] Salmos 82, 1-7. Jeremías 7, 16-20. Templo de Tell Arad. Inscripción de Khirbet el Qom. Inscripción de Kuntillet Ajrud. A. Cowley, Aramaic Papyri of the Fifth Century B.C., Oxford, Clarendon Press, 1923, 147 (n.º 44,3).

[4] Segundo Libro de los Reyes, 18, 4. Isaías 14, 12. Jeremías 44,17. Salmos 47,1-2