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jueves, diciembre 18, 2008

Baphomet Segunda parte







Joseph Freiherr (barón) von Hammer - Purgstall, orientalista austríaco cuyo nombre nos trae resabios de Lovecraft, escribió, allá por los comienzos del siglo diecinueve, una obra con un inquietante título que también merecería estar en los estantes de la Universidad de Arkham: Mysterium Baphometis revelatum, es decir, El misterio del Bafomet, revelado. Se trata de un claro ejemplo de literatura partidista, el autor sólo quiere demostrar la malignidad de los masones, empeñados, entonces, en fomentar las revoluciones burguesas. Elabora, entonces, una verdadera novela pseudo histórica mezclando referencias falsas con esas falaces deducciones que tanto han proliferado en nuestros tiempos, las conocemos, son las que comienzan con una afirmación dudosa del tipo: “todos los estudiosos están de acuerdo en …” para culminar en un “por lo tanto es evidente…” Uno asiente, aturdido por las tres páginas de citas, pero, cuando pasa el mareo, se da cuenta de que toda esa palabrería no significa nada. Así lo hizo el barón von Hammer – Purgstall, tomó citas de los poemas medievales referidos al Grial, las conectó forzadamente con oscuras referencias a los gnósticos, obtenidas de los Santos Padres, y llegó a la conclusión de que los Templarios adoraban a un ídolo herético, el Baphomet, que representaba al pagano dios de los gnósticos, un ser opuesto al buen Dios cristiano, y que este culto, lejos de desaparecer había perdurado en las prácticas masónicas…

¡Cuidado!, los que promueven la libertad, la igualdad y la fraternidad no son sino los adoradores de un dios falso… nos dice el barón y encuentra interesados ecos en la prensa...

La idea tuvo éxito, aunque no en el sentido que pretendía nuestro orientalista. En 1854 aparece un tal Alphonse-Louis Constant, más conocido por su seudónimo Eliphas Levi y da nueva vida al Baphomet.

En su libro Dogma y Ritual de la Alta Magia, Eliphas nos proporciona la primera imagen del supuesto ídolo templario. El Bafomet, identificado con el Macho Cabrío del Sabbat, es un ser alado, especie de híbrido entre humano y carnero, con la barba en punta, una antorcha en su cabeza, cuernos y, para mayor perplejidad, pechos femeninos.

La imagen, tomada tanto de los naipes del Tarot como de algunas esculturas medievales, tuvo inusitado éxito y se convirtió en la representación aceptada del Bafomet.

Incluso en remeras!!!!

En el texto, Eliphas conecta a este ser demoníaco, poderoso y fascinante, con antiguos rituales egipcios, especulaciones cabalísticas y olvidados rituales medievales, algunos de ellos auténticamente modernos…

Es evidente que un tal ser merecía una etimología mucho más noble que una mera confusión de nombres y así vemos aparecer nuevas hipótesis sobre el Bafomet.

Ya Littré, en su Dictionnaire de la langue francaise, señala que el nombre es una deformación cabalística de la sigla: ab .p . h. o. tem., que, escrita al revés, es decir tem. o. h. p. ab. significa: templi omnium hominum pacis abbas o sea; “Abad del Templo de la Paz de Todos los Hombres. Sí, el mismo Littré escribió esto y, como buen erudito no olvidó citar su fuente; el Abbé Constant que no es otro que… ¿adivinan?, claro, el ubicuo Alphonse-Louis Constant, más conocido como Eliphas Levi…


Más recientemente, un autor sufí nacido en la India pero de origen afghano; Idries Shah, citado por Kevin Bold, propone otra derivación para el misterioso ídolo templario. Esta vez recurre al árabe pero, en lugar de la confusión, apela a la claridad: Bafomet es una trascripción de un nombre místico: Abufihamat; “El Padre del Conocimiento”. Los Templarios, devenidos de monjes combatientes en estudiosos de antiguas sabidurías, no habrían cometido la torpeza de atribuir a los musulmanes, que se oponen no sólo a las imágenes de culto, sino a casi toda representación visible, la adoración de un ídolo. Bafomet era una imagen de antiguos secretos y sabidurías milenarias que los monjes del Temple habrían conocido en misteriosos círculos de iniciados.

El doctor Hugh Schonfield, curioso personaje que comenzó como experto en lenguas semíticas y trabajó con los manuscritos del Mar Muerto para dedicarse, luego, a sostener improbables teorías de complots y códigos secretos, sostiene que es en la cábala hebrea donde se halla la clave del Bafomet. En su libro The Essene Odyssey nos invita a aplicar el método del Atbash, una clave criptológica que consiste en sustituir cada letra del alefato hebreo por la que le corresponde en orden inverso. Así Bafomet que en hebreo se deletrea Bet Pe Vau Mem Tau (B-P-O-M-T) se convierte en Shin Vau Pe Iod Alef (S-O-P-I-A) que es la transliteración de la palabra griega Sophía (Sofía) es decir; Sabiduría. Esta clave, que carece de documentos que la avalen, aparece citada en la controvertida novela El Código Da Vinci. Para Schonfeld, entonces, el Bafomet, lejos de ser un ídolo, era la expresión del culto de los Templarios a la Sabiduría Divina que se identifica, en la Biblia cristiana, con el mismo Jesús.

Alphonsus Joseph-Mary Augustus Montague Summers, un demonólogo británico que parece salido de un cuento de Arthur Machen, esbozó durante los años ’20 del siglo pasado, en The History of Witchcraft and Demonology una interpretación griega un tanto “bizarra”. Bafomet sería un compuesto entre Baphe, forma de Bapto, bautismo, y Metis, nombre de la antigua diosa griega de la sabiduría que, según el mito, fue devorada por el propio Zeus. La palabra significaría, entonces, Bautismo de Metis es decir, Bautismo de Sabiduría.

Hay para todos los gustos.

El Bafomet, ser caprino, ídolo pagano o gnóstico, metáfora de la sabiduría secreta o simple error de traducción se convirtió, siglos y andares, en el símbolo de lo esotérico, de la mística satánica, de la brujería que cree en sí misma y en el emblema de muchos conjuntos de rock metálico. Su nombre, eco de temores soterrados pero no olvidados, nos remite a bóvedas húmedas, a ciencias prohibidas y al intento permanente del ser humano por penetrar más allá del Velo.

jueves, septiembre 25, 2008

Apostillas al Péndulo de Foucault







Voy por la cuarta lectura del libro y realmente me atrapó.

Ya ni recuerdo cuando lo leí por primera vez, la última fue hace un par de horas... mi novia hablaba por teléfono (ya se sabe como suelen ser las chicas) y yo me aburría soberanamente, tanto por distraerme como por alejarme de una conversación que no me concernía me fui hasta su biblioteca. Allí estaba, entre Ionesco y el Larousse ilustrado, el mamotreto de Umberto. Lo tomé con desgano, ya lo conozco me dije, y comencé a leer.

Y seguí leyendo...

Y continué...


No pude desprenderme de ese mundo ilusorio que es cualquier novela sino por algunos momentos.


Mis largos viajes en bondi (rosarinismo por ómnibus urbano) se convirtieron en fantásticos paseos por el Milán de Casaubon, Jacopo Belbo (entrañable) y el desvaído Diotallevi.

Con ellos me reí de esas bromas rebuscadas y académicas, en su minúscula oficina de Gallimard asistí a sus debates insustanciales y compartiendo un martini en el Pílades escuché esas bizarras e irrelevantes conversaciones sobre todo lo divino y lo humano. Estuve presente en su insensata creación de El Plan y me dejé llevar por el vértigo de reinventar la historia; en el ínterin me conmovió la siempre elusiva búsqueda de Jacopo, compartí su fascinación por la hermosa y fútil Lorenza y odié con ganas al impostado Aiglè.


En esta trama encadenada, densa a veces, con baches literarios que sólo son disimulados por la potencia del tema, hay de todo: sueños, fantasías, desengaños, obsesiones y redención.


Un canto a la simplicidad es la intervención, breve y decisiva, de Lía, (me recordó a Sabri)

explicando que que los grandes misterios son mucho más prosaicos y, mirados de cerca, más maravillosos que todas esas mixtificaciones de templarios,

sociedades secretas y poderes ocultos... El nacimiento de un hijo, la cotidianeidad de un mercader resultan, así, en el fondo, el verdadero sentido de la Historia.


Durante toda la lectura sentía que la novela, ¿puede llamarse así? me hablaba personalmente. No, no es que tuviera un mensaje o apelase de alguna manera a mis sentimientos, tampoco porque su historia se pareciese a la mía, sino porque me fascinan los mismos temas y motivos que a Eco; la Historia como juego de interpretaciones y la duda ante ellas, expresada en ese permanente no tomarlas demasiado en serio, la alusión constante, la investigación estética y lúdica de los saberes ocultos.




Alguna vez chapoteé en las aguas de cierto ocultismo y, con una mezcla de credulidad y suspicacia, leí muchas de las obras que cita Eco (también a Salgari en otro tiempo)… mi padre, eterno niño, adoraba esos temas mágicos. Creía en Pauwels y Bergier, en von Däniken, en Fulcanelli y se quejaba porque Borges insinuaba que el Aleph era un falso aleph, de él me vino el gusto por esos temas, y en reacción hacia esas lecturas comencé a devenir escéptico. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido por ese don, por ese inadvertido regalo de la duda...


Un estudio cuidadoso de la Historia, un no siempre cumplido afán de comprobar (eran tiempos pre internet) las citas, la verificación de que “los diabólicos” eran”diabólicamente deshonestos”

y el triunfo de una sana crítica en mi espíritu me llevaron a descubrir que no hay nada en el ocultismo (y sus acólitos) que no sea una mentira o un engaño, engaño en el que ellos mismos caen una y otra a vez.


Por eso hago mías las piamontesas palabras de Jacopo Belbo en el momento de su triunfo; y de su muerte....

A todos los místicos, ocultistas y pretensos "nobles":


Ma gavte la nata…