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viernes, febrero 09, 2007

El número de la Bestia

Buen tema para películas de clase B, sermones conminatorios o la estrategia conservadora de la Casa Blanca, el número de la Bestia: Seiscientos sesenta y seis, es uno de los mitos más perdurables de Occidente.

Estamos acostumbrados a creer que los mitos son “de los otros”, pero no es así. El cristianismo tiene sus propios mitos, lo cual no implica un juicio de valor si entendemos por mito un relato que buscar explicar o explicitar la realidad. El 666, el número de la Bestia, el símbolo aritmético del Mal, es uno de ellos.

Aparece en el Apocalipsis (Revelación) y, en la mayor parte de los manuscritos, como 666 (no triple seis, ¡por favor!) aunque algunos ponen 616 y otros 665.

El texto de marras es el siguiente:

Apocalipsis 13:18:

“

En la versión griega según el texto crítico de Westcott-Hort (1881)

ωδε η σοφια εστιν ο εχων νουν ψηφισατω τον αριθμον του θηριου αριθμος γαρ ανθρωπου εστιν και ο αριθμος αυτου εξακοσιοι εξηκοντα εξ

En castellano según el Libro del Pueblo de Dios (1993)

Para esto se precisa sutileza. El que tenga inteligencia calcule la cifra de la Bestia, porque es una cifra humana seiscientos sesenta y seis.

”

Es de notar que en el manuscrito más antiguo que poseemos del Apocalipsis (papiro de Oxyrhynchus LVI 4499, siglo IV) el número es 616, escrito con numerales así: χιϛ; lo cual puede ser un error de escriba o una clave diferente para la misma persona. Ya volveré sobre ello.

Así que, como el mismo Juan nos lo pide, seamos lo suficientemente sutiles para intentar decodificar esta cifra.

Lo primero que debemos recordar es que toda esta literatura funciona por medio de alusiones, referencias cruzadas (un poco al estilo de los hipertextos de Internet, con múltiples links) y expresiones enigmáticas. Esto tiene un fuerte anclaje en las características de la cultura antigua, donde, no olvidemos, la alfabetización rondaba apenas el 10% (con mucha suerte), la escritura seguía siendo algo un poco misterioso y gustaban enormemente los juegos de palabras, los acertijos y las insinuaciones veladas. También debemos tener presente el carácter clandestino de la literatura apocalíptica, carácter que se expresaba tanto en el profuso uso de símbolos que sólo unos pocos podían conocer, como en la aparente transparencia de las visiones destinada a disuadir a los “de fuera”. En último lugar aparece el clásico carácter de la escritura profética; confusa, de amplias posibilidades interpretativas, abierta…

La referencia interna.

Si buscamos con cuidado el en llamado Antiguo Testamento, podemos hallar una primera versión del número. Se trata del Libro Primero de los Reyes (10: 14) donde leemos (versión Reina Valera) El peso del oro que Salomón tenía de renta cada año, era seiscientos sesenta y seis talentos de oro

Parece una cita que nada nos dice, sin embargo algunos estudiosos, mayormente en la corriente de la Teología de la Liberación, ven en la cita de Apocalipsis una alusión a este texto, remarcando que tanto Salomón como La Bestia representan a los poderes opresivos que se oponen al proyecto profético del Reino de Dios. Guardémonos de pensar en ésta como en una consideración poco plausible, el modo de insinuar cosas a través de textos cruzados es muy común en la primitiva literatura cristiana y nada se opone a que uno de los sentidos de la referencia apocalíptica se refiera a la identidad entre el gobernante enemigo de Dios y el rey Salomón, quien desvió su corazón hacia las riquezas…

Seguimos, con todo, sin saber a quien se refiere el número; sólo intuimos que es un personaje poderoso, un gobernante ligado a una tradición de pompa y poderío político que los profetas de Israel, como su sucesor cristiano Juan, criticaron profundamente.

Accesoriamente, y ahora sí no se me ocurre ninguna conexión, seiscientos sesenta y seis es también el número de descendientes de Adonicam que regresaron (según Esdras 2.13) de Babilonia.

Las interpretaciones a través del tiempo.

Muchas han sido a lo largo de la historia las inteligencias (y no tanto) que se devanaron los sesos tratando de entender la misteriosa cifra. El desafío de Juan era claro “quien posea inteligencia” o bien “aquí se precisa sutileza”, apelaba directamente a la sagacidad, supuesta, de los intérpretes. Mucha tinta consumió el estudio del Apocalipsis, mucha más; el número de la Bestia.

Ireneo de Lyón, por ejemplo, quien vivió en el siglo II, sugirió que el guarismo en cuestión aludía a la suma de todas las traiciones a Dios cometidas durante los, créia él, seis mil años de historia humana. En cuanto al nombre en sí se arriesgaba por un par de interpretaciones; Evanthas, por un lado, palabra que no le decía nada pese a representar la suma requerida, y Titán, al cual relacionaba con el culto solar entonces en su primera expansión. Habrían de pasar aún un par de siglos para que el mismo Sol fuese asimilado a Jesús, el dios que Ireneo adoraba. En un párrafo final establecía, en medio de consideraciones morales, que el Espíritu Santo no deseaba que se revelase el verdadero nombre del Anticristo.

En otro contexto histórico, el siglo IV, Victorino, obispo de Pettau, en el Danubio, ve un nombre germánico en la Bestia: Genserico, que interpreta como γ tres + ε cinco + ν cincuenta + σ doscientos + η ocho + ρ cien + ι diez + κ veinte + ο setenta +ς, de nuevo, dos cientos; todo lo cual, nos dice, suma 666. Ahora bien, Genserico fue también el nombre de un rey vándalo que, más de un siglo y medio después de Victorino, saqueó Roma (año 455) de manera que, por una vez, hubo una profecía medianamente certera (ignoro si el texto no fue interpolado, pero mi edición no lo menciona al menos).

Álgebras como estas hubo muchas, pero, para no fatigar al amable lector o la gentil lectora (si los hubiese) me limitaré a citar sólo a unos pocos.

El simpatico escritor Robert Graves no pudo sustraerse a esta inocente manía y se decanto por un personaje contemporáneo de Juan; el emperador Domiciano, mediante el uso de numerales romanos. Así DCLXVI sería una abreviatura de Domitianvs Cæsar Legatos Xti Violenter Interfecit (donde Xti es una curiosa abreviatura, a su vez, de Cristo) es decir: El César Domiciano asesinó violentamente a los enviados, o apóstoles, de Cristo. ¡Una preciosura las elucubraciones de Graves, aún cuando sean improbables!

Otros, quizás más audaces en sus yerros, se inclinan por trasponer la palabra griega “humano”, ανθρωπος, al Hebreo y, leyéndola con la gematría de esta lengua, obtienen el número buscado. Es decir que la Bestia no es sino el Ser Humano… ¡Notable!

Me gusta más, con todo, el bello simbolismo de la Iglesia Oriental que considera al chi χ como representación de Cristo (Χριστός) a la sigma final ς como imagen del ser humano, dado que la sigma vale seis y Adán fue creado en el sexto día mientras que el xi ξ del medio sería imagen de la serpiente, ubicada entre el humano yu su Creador… esta mística es reconfortante en medio de tanta aritmética absurda.

Uno de los protagonistas de La Guerra y la Paz de Tolstoi, por el contrario, cree hallar al Anticristo tanto en el nombre del emperador Napoleón, como en sí mismo. En efecto, Pierre Bezukhov se cree predestinado por esta igualdad a ser el asesino del invasor francés. Claro que para lograr tal cosa debe alterar su propio nombre; maniobra común a los calculadores de este tipo de misterios.

Cuando era pibe, allá por los ochenta, conocí a una pareja de simpáticos Adventistas del Séptimo Día; Claudio y May se llaman (supongo que todavía viven, si bien contrajeron nupcias para aguardar juntos el Reino Milenario) que sostenían, en voz baja para evitar la ira de mi madre, que el número de la Bestia no era sino un anagrama del Papa. En efecto, según informaba un folleto ilustrado, el Sumo Pontífice usa el título de Vicarivs Filii Dei; es decir, siempre según el opúsculo: Vicario del Hijo de Dios; ahora bien si tomamos sólo las letras romanas que se usan como numerales VICarIVsfILIIDeI nos quedamos con VICIVILIIDI, esto es, sumando miembro a miembro 5+1+100+1+5+1+50+1+1+500+1= 666.

Voilá!, el Papa (vamos, ¿quien no desconfía de ese tipo que se encierra en el Vaticano rodeado de maravillas artísticas invaluables y con manuscritos que, como diría Dan Brown, son recónditamente secretos y potencialmente destructivos?) no es otro que el archienemigo de Jesucristo. Hay un par de problemas, claro.

Mis amigos, así como el autor del folleto, ignoraban que Vicario del Hijo de Dios nunca fue un título papal (si bien aparece en la apócrifa donación de Constantino como epíteto de San Pedro) así como que el Apocalipsis no empela los numerales romanos ya que las comunidades cristianas de la época, incluso la romana hasta el siglo III, eran grecohablantes.

No seguiremos por este camino. Nos olvidaremos de las alegaciones de los Testigos de Jehová según las cuales 666 representa la imperfección de este inicuo sistema de cosas, o las sugerencias políticas que buscaban en Ronald Wilson Reagan (con seis letras en cada nombre) al enviado del Averno… pese a que el mismo Reagan, vaya a saber por qué, hizo cambiar el número de su casa en California que, ¡sí, era 666! a un más inocuo 668.

Tampoco consideraremos que dicho número, que les será tatuado a todos los apóstatas durante el gobierno del Hijo de Perdición, sea un moderno código de barras, un microchip implantado bajo la piel o una críptica indicación de la Word Wide Web (www) dado que, dicen, en hebreo 6-6-6 equivale a las letras Waw – Waw –Waw

Bajemos a la Tierra.

Fue mi admirado Friederich Engels, por lo que sé, uno de los priemeros en valerse de un sencillo análisis histórico para resolver el problema.

Se encuentra en “El Libro de la Revelación”, publicado en 1883, (pueden leerlo on line aquí: http://www.marxists.org/archive/marx/works/subject/religion/book-revelations.htm ) y consiste en aplicar las leyes de la gematría hebrea más básica al nombre de uno de los emperadores romanos que son aludidos en el libro; me refiero, obviamente a Nerón, al final de cuyo reinado, más que en el de Domiciano, creemos algunos que fue redactada esta parte del Apocalipsis.

Sabemos que cada letra del alefato hebreo posee, siguiendo el orden tradicional de recitación, un valor numérico determinado.

Este cuadro los sintetiza claramente:

Símbolo

Nombre

Valor numérico

א

Álef

1

ב

Bet/Vet

2

ג

Guímel

3

ד

Dálet

4

ה

He

5

ו

Waw

6

ז

Zayin

7

ח

Jet

8

ט

Tet

9

י

Yod

10

ך כ

Kaf/Jaf

20

ל

Lámed

30

ם מ

Mem

40

ן נ

Nun

50

ס

Sámaj

60

ע

Ayin

70

ף פ

Pe/Fe

80

ץ צ

Tsade

90

ק

Qof

100

ר

Resh

200

ש

Shin/Sin

300

ת

Tav

400

Ahora bien, el nombre del emperador en cuestión era Nero Clavdivs Cæsar Avgvstvs Germanicvs, lo cual era abreviado comúnmente en griego como Neron Kesar = Nerón Kesar; se escribía en hebreo de esta manera: רסק ן ורנ (ojo, ¡leé de derecha a izquierda!) es decir Nun Waw Resh Nun (NWRN, recuérdese que el hebreo no emplea vocales) Kof Sámaj Resh (KSR) lo cual se pronunciaría algo así como Nerón Kaiser (sic)

Si tomamos estas letras encontramos la siguiente equivalencia: Nun = 50, Resh = 200, Waw = 6, Kof= 100 y Sámaj = 60

Y la ecuación resultante nos daría:

50 + 200 + 6 + 50 + 100 + 60 + 200 = 666

Incluso si pretendemos utilizar el nombre latino Nero Cæsar y lo transliteramos al hebreo como רסק ורנ NWR KSR; la operación resulta la misma menos la letra nun final, es decir 666 – 50 =616, que es el número alternativo que aparece en algunos manuscritos del Apocalipsis, como dije al comienzo… una nueva prueba de la justeza de la hipótesis.

sábado, febrero 03, 2007

666 un número apocalíptico

666, segunda parte.

Ya hemos hablado del 666 en el contexto de la numerología, mi disgresión acerca de la Cábala no tenía más objeto que ilustrar el modo de pensar de los autores de la época; no olvidemos que el Nuevo Testamento es un libro escrito en su mayor parte por judíos del siglo I, para un público de judíos, prosélitos y una minoría de "gentiles" también del siglo I, en diferentes contextos socioeconómicos y culturales. Es cierto que la lengua elegida fue el griego, sólo una versión anterior de Mateo fue redactada en arameo, pero existe un fuerte trasfondo hebreo en muchas de las frases y giros de los textos.
El Nuevo Testamento fue escrito para servir a necesidades bien concretas, nadie hasta los tiempos de Marción, pensó en utilizarlo como un canon de libros "sacros", pues para eso los cristianos compartían con los judíos el llamado más tarde Antiguo Testamento, bien que en versión griega y con una halajá diferente... alguna vez hablaremos de ello. Lo cierto es que entre los libros que formarían el Nuevo Testamento (escritos en el perído entre el 40 y el 100, grosso modo) el Apocalipsis ocupa un lugar único.
La datación tradicional de esta obra corresponde a los años del imperio de Domiciano (hermano de Tito, el destructor de Jerusalén), es decir a mediados de la década del noventa del primer siglo. Se supone que su autor, quien dice llamrse Juan y ha sido identificado con un discípulo de Jesús; Johannan bar Zebedai, fue desterrado a la isla griega de Patmos donde recibió revelaciones (apocalipsis) acerca "de lo que acontecerá pronto"... como los primeros cristianos esperaban que el Reino de Dios se presentaría inminentemente, esta afirmación fue interpretada en el sentido de "lo que sucederá al fin de los tiempos", de donde nuestra acepción de apocalipsis.
En realidad un apocalipsis es un escrito en el cual, bajo imágenes más o menos veladas, se hace una crítica de la sociedad y la política del tiempo del autor(esto en una definición muy amplia, el tema da para un par de seminarios). Generalmente es pseudoepígrafico, es deicr escrito en nombre de un autor prestigioso, y contiene numerosas descripciones del mundo celestial, de las regiones infernales y de los sucesos por venir. El libro de Daniel, escrito hacia el 160 a.C., es uno de los primeros ejemplos de apocalipsis... pero también existen testimonios de este género en la literatura egipcia, bajo la dominación griega, babilónica y persa.
Como les decía se supone que Juan, fuese quien fuese, escribió o dictó su obra en los años 90. César Vidal Manzanares, mal bicho y escritor indigesto, hace no obstante la plausible sugerencia de que la verdadera datación de este escrito es la década del 60, bajo el imperio de Nerón y en la crisiss que desembocó en la subida al poder de los Flavios. Es cierto que no es su teoría, no lo creo capaz de teorizar demasiado por sí mismo, sino que la toma de autores como Thomas B. Slater y Harold W. Attridge pero resulta plausible. Domiciano, a quien se referencia como uno de quienes lo condenan al destierro, también ocupó un cargo importante en los comienzos del reinado de Vespasiano, de manera que la fecha podría aceptarse.
Mi propia teoría, que aún no considero sólida y sólo expongo para que se debata, es que las partes más antiguas del Apocalipsis fueron escritas durante la Guerra de Liberación que libraron los judíos de Palestina (porque los de otros lugares no dijeron ni mu) contra el Imperio. Más tarde se añadieron otras secciones, para explicar la aparente derrota de Dios frente al César, y por último las famosas cartas a las 7 iglesias de Asia.
En este contexto puede entenderse que sea una obra virulentamente antirromana, mucho más que las ambigüedades de Pablo (pero bueno, él escribe cuando las relaciones Roma - Judíos, no eran tan tirantes) y la descarada lealtad al Imperio de Clemente de Roma.

La clave, entonces, para entender el número de la Bestia es esta:
Hay una guerra contra Roma (expresada simbólicamente como Babilonia) y el objetivo del autor es reforzar la esperanza de los cristianos de origen judío en esta lucha que va a decidir su destino.

Próxima entrada:

El 666, develado ¿o no?

jueves, febrero 01, 2007

El Seiscientos Sesenta y Seis o 666

666

PRIMERA PARTE

Aclaremos, dijo Lemos...

Alguno me ha escrito en el Foro de Historia Antigua que el número 666 no existe en la Biblia, pues y cito: "... los números árabes solo entraron en la cultura occidental después del 1200, es decir toda la numeración que aparece en La Biblia es ROMANA (originalmente griega)."

En rigor no es cierto que el número 666 no exista en la Biblia, sino que no aparece escrito con cifras arábigas; en términos matemáticos el número seiscientos sesenta y seis sí aparece, pero no el numeral 666. Tampoco es correcto que toda la numeración, más bien los numerales, que leemos en las Escrituras Hebreas, como bellamente dice Cecilio (siguiendo a los Testigos de Jehová, con quienes poca afinidad tengo, pero me gusta esa terminología) o en las Escrituras Griegas Cristianas (la Biblia, bah) estén expresados en el sistema romano de notación.

Es preciso apuntar que en la Antigüedad se carecía de un sistema único de notación para los numerales, si bien la escritura surgió como un procedimiento contable lo cierto es que durante mucho tiempo las cifras se expresaron con el simple expediente de los palotes, las marcas o los puntos (como casi todos hemos hecho en nuestra infancia). Más adelante, sin embargo, se idearon signos especiales para señalar algunos números, los más conocidos son los usados en las inscripciones de la antigua Roma donde el I indicaba el uno, repetido dos veces el dos y tres veces, el tres, la V señalaba el cinco, etcétera. Los egipcios disponían de un sistema de este tipo, también. Los mesopotámicos, por su parte, perfeccionaron un sistema que se acercaba al posicional que utilizamos actualmente pero carecía de un componente esencial: el cero. Sólo dos pueblos, por lo que sé, llegaron a esta conclusión trascendente para el futuro de la matemática; los mayas y los indios; según todos los indicios arribaron al concepto de manera independiente. La numeración maya tuvo cierta influencia en Mesoamérica, pero su probable influjo fue abortado por la invasión europea. La numeración india tuvo mejor suerte, fue tomada por los árabes (más bien por los musulmanes, a tener en cuenta hoy que se los estigmatiza como oscurantistas) y de éstos a los epañoles e italianos quienes la impusieron en Europa; ya se encargarían los colonizadores en difundirla por todo el mundo...

Una tercera manera de escribir los números era dar a cada letra un valor numérico, es decir convertirlas en numerales. Si lo empleásemos en la actualidad tendríamos, por ejemplo, que la letra A vale 1, la B, 2, la C 3 y así sucesivamente hasta llegar a la J que valdría 10, la K sería el 20 y, siguiendo el orden, la S valdría 100 y, por así decir, la T podría representar el 500 o el 1000. En este sistema mi edad podría escribirse MB y el número de la Bestia sería TSÑF...

Griegos y hebreos usaban esta manera de escribir los números; letras con valor numérico. En nuestro caso, en griego: χξς

De más está decir que existía una cuarta manera de escribir un número, y era, obviamente, escribir su nombre con letras. Seiscientos sesenta y seis, por ejemplo... ἑξακόσιοι ἑξήκοντα ἕξ

En las diferentes copias de la Biblia encontramos los cuatro sistemas, sólo las más modernas emplean el posicional indoarábigo (o indomusulmán), mientras que las antiguas ora usan el sistema romano, ora el de los valores numérico, ora escriben el número completo... a veces también los manuscritos presentan formas híbridas. Por supuesto como los autógrafos han desaparecido no sabemos como lo escribió el autor del texto.

Las cosas se complican si recordamos que para los antiguos el número era más que un simple atributo de los objetos; el número era tanto un símbolo, es decir expresaba realidad oculta o aludida, como una cualidad mística que poseía, en sí, valores de índole espiritual. Esta creencia dio lugar a la gematría, o gematría, una oscura rama del saber que rozaba la teología, la angelología, la alegoría, la hermeútica o interpretación de textos, la criptografía y la matemática.

Para el cultor de esta disciplina las letras ocultaban y a la vez develaban algo del mundo espiritual. Alef, por ejemplo, no era sólo la primera letra del alefato hebreo, sino la notación del número uno y, por ende, una expresión de la Unicidad de Dios y del Universo como un todo (mi compatriota Jorge Luis Borges se refiere a esto en su cuento El Aleph). El gematrista gustaba, entonces, de buscar claves ocultas en las letras y para tal fin no dudaba en operar algebraicamente con ellas a fin de extraer su valor numérico. Por ejemplo, el valor numerico de la letra Shin, Sh, es 300 y es el equivalente de la suma de los valores numéricos de las letras de las palabras Ruaj Elohim, el Espíritu de Dios, siendo por lo tanto SH un símbolo del espíritu divino. Del mismo modo la frase de Génesis 18, 2 Vehenna Shalisha (Y eran tres hombres) vale como Elo Mikael, Gabriel VeRafael, es decir: Estos eran Miguel, Gabriel y Rafael. En efecto, cada frase, recordemos que el hebreo no escribe las vocales, vale 701.

De paso sea dicho, este tipo de juegos tiene el mismo valor científico que los cálculos de Drosnin sobre el supuesto código secreto de la Biblia; cero, en numerales arábigos:0

Un concepto similar subyace en la tan manida frase del Apocalipsis; de hecho se trata de uno de los más antiguos juegos guemátricos, que conocemos; en efecto la Cábala es uno o dos siglos posterior al Apocalipsis.

En una próxima entrada les cuento sobre el Apocalipsis en sí...