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lunes, febrero 18, 2008

Evangelios apócrifos





Apócrifo significa secreto o misterioso, no falso.

Dado que estos escritos se presentaban como rivales o complementos de los evangelios que las iglesias cristianas reconocieron como normativos (canónicos) el término pasó a tener características peyorativas.


Un escrito apócrifo es, entonces, un documento no reconocido, extraoficial, definición de raíz teológica que poco tiene que decirnos sobre la historicidad del texto.

En teoría una obra apócrifa puede contener datos histórico fiables en tanto que una canónica, o aceptada, puede suministrarnos informaciones falsas o incorrectas... y viceversa, por supuesto.

Esto último es aceptado incluso por estudiosos cristianos quienes no tienen empacho en recurrir a informaciones de algunos apócrifos para reconstruir datos, hechos y costumbres de la iglesia primitiva o del mismo Jesús y su movimiento; en este contexto se suele distinguir muy bien entre lo que significa canónico, a saber; una obra cuyas afirmaciones, inspiradas por la divinidad, son fundamento del dogma y lo que implica historicidad.

Un esquema, con el que la mayor parte de los estudiosos estaría de acuerdo, de la relaciones entre los evangelios llamados "canónicos"

Existen textos apócrifos de todos los géneros literarios de la Biblia.

Hay Génesis apócrifos y Salmos apócrifos, hay libros históricos y textos apocalípticos, profecías y relatos breves tanto de origen judío como cristiano.

Aún más, ciertos libros del Antiguo Testamento como Judit o Macabeos son considerados canónicos por la Iglesia Católica y Ortodoxa, mientras que el común sentir de los rabinos (que lo decidieron en Jammia en la década del 80 del primer siglo) los considera apócrifos, seguidos en esta tesitura por los protestantes.

En cuanto a los evangelios apócrifos podemos clasificarlos en cuatro grandes grupos atendiendo a su tendencia.

El Jesús de Franco Zefirelli ¿podría entrar en la categoría de
Evangelio Apócrifo Complementario?

  1. Evangelios Paralelos; son aquellos que fueron escritos por la misma época de los cuatro que resultaron "canónicos" pero que, por diferentes motivos, no fueron aceptados por el consenso, y luego coerción, de las comunidades cristianas de los siglos III y IV. El evangelio de los Hebreos, el de los Egipcios o el de Pedro (con dudas) son parte de este grupo; ninguno se conserva completo, sino sólo en fragmentos, en parte por el abandono de su uso, a veces limitado a un área geográfica o a una determinada comunidad, en parte por haber sido destruidos por las autoridades episcopales locales.
    El Evangelio de los Hebreos, perdido, parece ser una versión aramea del Evangelio según Mateo.
  2. Evangelios Rivales; se trata de los que intentaron suplantar a alguno de los canónicos, casi siempre presentando un sesgo ideológico opuesto a lo que resultó ser la ortodoxia triunfante (ortodoxia y heterodoxia definidas por móviles sociopolíticos muy complejos para ser resumidos aquí). La iglesia (iglesias) primitiva distaba de ser una isla de fraternidad y mansedumbre, las polémicas eran frecuentes y si bien algunas tendencias rivales lograron convivir (por ejemplo los juaninos y los paulinos) otras fueron fuertemente combatidas. El Evangelio de Judas, el de María o las Tradiciones de Matías forman parte de este grupo. De estos textos también subsisten sobre todo fragmentos, pero hallazgos recientes han permitido encontrar (En Egipto, en Nag Hammadi sobre todo) manuscritos completos y en razonable estado de conservación.
    Los códices originales de Nag Hammadi, restos de una biblioteca cristiana (gnóstica?) del siglo IV.
  3. Evangelios Gnósticos; incluyo aquí a todos aquellos cuya finalidad era constituirse en escritura sagrada de las comunidades o iglesias gnósticas que competían con las demás iglesias desde una postura teológica radicalmente diferente a la establecida. El gnosticismo, movimiento teológico y filosófico de alto vuelo, puede ser considerado un verdadero cristianismo disidente con creencias y actitudes completamente distintas a las de cualquiera de las demás comunidades, con posiciones opuestas en temas medulares como la resurrección de Cristo, el martirio, la organización eclesiástica y la cosmogonía . El libro de Elaine Pagels de este mismo nombre (Los Evangelios Apócrifos, Barcelona, Grijalbo, 1982) es un excelente resumen de estos escritos y su trasfondo. El evangelio de Felipe, el de Valentín o el Apócrifo de Juan son parte de esta rica herencia que, también en Nag Hammadi, ha sido descubierta en la mitad del siglo pasado.
    Una colección de gemas y grabados con la imagen de Abraxas, símbolo gnóstico.
  4. Evangelios Complementarios; su principal objetivo es completar a los evangelios canónicos (en menor medida otros textos) con datos tradicionales o inventados a fin de satisfacer la curiosidad de los cristianos de tiempos posteriores. Son, a su modo, novelizaciones de la vida de Jesús y sus familiares, llenos de datos pintorescos, refundiciones de leyendas anteriores y un amplio uso del elemento milagroso. Sería, con todo, un error creerlos completamente ingenuos, están al servicio de la polémica interna y hacen un amplio uso de claves simbólicas, algunas de gran belleza. Si bien sufrieron la censura de las comunidades cristianas locales, terminaron reconciliándose con la naciente jerarquía quien adoptó como válidas muchas de sus afirmaciones y tradiciones. A lo largo de los siglos fueron traducidos, ampliados y refundidos llegando hasta el presente como parte del imaginario cristiano. El (mal) llamado Protoevangelio de Santiago, el Evangelio Árabe de la Infancia o la Historia de José, el Carpintero se cuentan en este grupo que, recientemente, viene siendo estudiado con provecho para conocer el medio social e ideológico de los cristianos primitivos.

El Protoevangelio de Santiago recoge la historia de la presentación de María en el Templo y nos revela el nombre de sus padres: Joaquín y Ana.


Esta clasificación, de mi cosecha, es por supuesto algo rígida y sin duda textos hay que puedan ser incluidos en los diferentes grupos, o en todos, según qué elemento de los mismos se privilegie.

Fuera de la serie coloco dos obras únicas, preexistentes a todos los demás evangelios, que resultan las más interesantes de la literatura cristiana primitiva.

Me refiero al

  • Evangelio de Tomás (no confundir con el Evangelio de la Infancia de Tomás, parte del grupo 4) hallado en Nag Hammadi y que, más allá de las ampliaciones posteriores, representa un estado anterior de la tradición, sin materia narrativa y con cortas sentencias aparentemente (sólo aparentemente) inconexas.
Tomás, el Mellizo, mi apóstol favorito... por eso de "ver y tocar para creer"

  • Evangelio Q (del alemán Quelle = Fuente), texto hipotético pero altamente probable, incrustado en los evangelios de Mateo y de Lucas similar en su disposición al de Tomás que ha podido ser reconstruido en las últimas décadas. Ambos requieren una especial atención y, cuando haya tiempo o ganas, me explayaré al respecto abusando de vuestra tolerancia.
El término Q, para designar un hipotético evangelio, proviene de la palabra alemana para Fuente...

Un tema aparte, también para otra ocasión, es la historicidad de estos textos y su validez a la hora de reconstruir la vida del Jesús histórico, pero para esta tarea no es pertinente, como dije, la distinción entre apócrifos y canónicos.

Judas, aquí en una representación barroca, y su "evangelio". Pese a la polémica no se trata de un testimonio de primera mano del "traidor" sino de la interpretación de su accionar por parte de la comunidad de los "ofitas" para quienes el mal era parte del plan divino.

Espero, amigas y amigas, no haberlos aburrido pero si es así, siempre queda el recurso a la papelera de reciclaje, ¿verdad?



Muchos textos apócrifos se demoran describiendo lugares "poco existentes" como el Infierno.

jueves, enero 24, 2008

Apuntes de un no creyente sobre la Iglesia Católica.









No creo en Dios, es decir, soy ateo.

No es algo de lo que me jacte, simplemente siendo monoteísta he dado el siguiente paso lógico, no creía en ningún dios excepto uno, privilegio injusto de una Tradición que me he preocupado de subsanar.

Me molestan, sin embargo, aquellos que despotrican contra la Iglesia con los manidos argumentos de siempre; el oscurantismo, la Inquisición, las diversas formas de represión o la alianza con el poder.


¡Cuidado!, no digo que sean argumentos inválidos, sólo señalo que no le hacen ningún favor a la causa, si la hubiera, del ateísmo y tampoco habla muy bien de su formación cultural. La Iglesia, especialmente la católica romana, es mucho más que eso.

Sucede que sus atacantes, y sus defensores, se limitan al panfleto.

Es, no obstante, importante que avancemos un poco más si queremos entender la vigencia, y hasta cierto indeterminado punto la importancia, de esta tradición religiosa en nuestra sociedad.

La dialéctica de la Iglesia, desde ella misma

Entre estas dos proposiciones, a saber:

  • La Iglesia es Santa
  • La Iglesia es Inicua

un verdadero teólogo,

cosa que no son la mayoría de los obispos y otros representantes eclesiásticos,


debería suscribir ambas.



En buena teología católica la Iglesia es una Santa Pecadora;

aunque los Santos Padres preferían decir Prostituta.



Santa en cuanto a sus fines, algunos de sus miembros y su fundador.

Pecadora por su inmersión en el mundo y su condición de "peregrina" (término, de paso, que se refleja en el sustantivo parroquia que, justamente, significa comunidad de peregrinos).

Es decir que al enumerar todos los males que le debemos a la Iglesia incluso sus representantes más lúcidos no sólo no deberían negarlos, sino que hasta los reforzarían como medio de mostrar la Gracia de Dios; por eso, en el Medioevo, se decía que: “el agua de la vida puede brotar hasta de las fauces de un perro muerto”

La presencia del mal en el seno de la Iglesia señala, para sus miembros, que, mientras espera el Juicio divino, la comunidad de los fieles está sujeta, también, a las tentaciones del "dios de este mundo".

Todo esto hablando desde la Teología católica más estricta, sea tomista o escotista.

Por ello, desde un punto de vista dialéctico, sería un error ser menos abiertos que la misma Iglesia.

Dos Iglesias conviviendo

La Iglesia que anunció el fin del reino del César en el Apocalipsis,

que proclamó la insatisfacción más radical respecto del Estado y de la sociedad,

la iglesia que vio en la Historia mucho más que un ciclo de repeticiones y enseñó a buscar una sociedad ideal al final del camino humano (que la llamara Reino de Dios no viene, ahora, al caso, era mitología, pero de la buena),

la iglesia que estimuló el pensamiento al punto de generar herejía tras herejía (llevando con ello adelante una renovación de la anquilosada filosofía tardoantigua),

la iglesia que generó el surgimiento de nacionalidades en toda la cuenca del Mediterráneo,

la iglesia que suscitó nuevas concepciones del arte, que renovó la poesía y la prosa, que mantuvo la cultura a punto de ser anegada por las hordas bárbaras,

que roturó los bosques salvajes de la Galia y Germania,

que adoptó los festivales paganos y que introdujo, en la herencia hebrea, la ausente figura femenina.

La iglesia que avanzó en misiones a países entonces desconocidos,

que hizo soñar a la Europa hambrientas con un Reino Milenario,

que sancionó moralmente el infanticidio y que intentó dictar leyes internacionales (treguas de Dios) entre los turbulentos barones feudales.

La iglesia que prohijó a los primeros humanistas,

que dio origen al género literario de la utopía,

que generó el movimiento revolucionario más influyente hasta la llegada del marxismo (me refiero al joquinismo reinterpretado por los franciscanos),

que denunció la explotación indígena en América,

que sentó las bases de la modernidad con los pensadores de la Escuela de Salamanca y con los teóricos de la escolástica.


La Iglesia que en América Latina fue semillero de revolucionarios, tanto en las guerras de Independencia como en las guerrillas de los años 60.

La Iglesia que denunció abusos y torturas, la que buscó crear puentes en la Guerra Fría, la que se renovó en el Concilio Vaticano,

la que actúa día a día en las villas miseria.

Esa Iglesia representó un avance en la civilización, preparó o defendió la democracia moderna, fue y en parte es un faro para iluminar conciencias.

Es la Iglesia que proclamaba, como lo hizo Juan XXIII:

In necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus charitas




La Iglesia que admiró el reino de los Césares desde la Carta de Clemente hasta la Historia de Eusebio,

la iglesia que se entregó con armas y bagajes a la discrecionalidad del estado imperial,

la iglesia que expulsó a la insastisfación radical fuera de la Ciudad y creó hordas de monjes fanáticos e ignorantes,

la iglesia que se conformó con este mundo y retorció los textos evangélicos para calmar al rico y glorificar al sufrimiento,

que anunció, en lugar de la comensalidad abierta del Nazareno un "patriarcalismo de amor" que mantenía el status quo ante y que sancionaba desde la nueva religión el clientelismo romano.

La Iglesia que persiguió el pensamiento alternativo,

que negó un lugar a las mujeres y puso en los altares la imagen inalcanzable de la Madre Virgen asexuada,

la Iglesia que condenó el placer sexual dándole veneno a Eros (él, por supuesto no murió, pero degeneró en vicio).

La iglesia que quemó herejes,

la que sostuvo a déspotas,

la que obliteró culturas enteras.

La Iglesia de los duques, marqueses, condes y otros asesinos similares; dispuestos a torturar, rapiñar, violar y matar para defender sus privilegios mal habidos.

La Iglesia de las Cruzadas,

de los pogromos,

de los saqueos a pueblos lejanos.

La Iglesia que bendijo la conquista,

la trata de esclavos,

el derecho divino y la “guerra justa”.


La Iglesia que sancionaba a los librepensadores,

que impedía el desarrollo de las artes,

que quemaba libros,

que alzaba Santas Alianzas, que canonizaba a tiranos.

La Iglesia que bendijo a Franco, a Hitler, a Mussolini y a tantos tiranos.

La Iglesia de los Kennedy, de los Columbus Knigth, del Opus Dei y de Fraternitas.

La Iglesia que en el Concilio Vaticano I proclamó el dogma enervante de la infalibilidad papal,

la que aún hoy niega el acceso al sacerdocio a hombres casados y a mujeres,

la que está contra el control de la natalidad e impide la despenalización del aborto con excomuniones que no aplicó con los Videla, los Pinochet o los Trujillo.

La Iglesia que apoya a la derecha más recalcitrante en Polonia y se alía con EEUU como antes lo hizo con el Imperio.

Esta Iglesia fue una rémora y una afrenta a la dignidad humana.

Con su vileza contaminó de odio la civilización occidental, con su represión propició la creación de seres humanos mutilados, incpaces de amar y sujetos a la bota del opresor.

Esta es la Iglesia que proclamó:

Extra Ecclesiam nulla salus.

Ambas coexisten todo el tiempo, ambas son parte de la Historia, ambas interactúan, se influencian, se mezclan y se combaten…


ni una, ni la otra, juntas y en oposición permanente.


No seré yo quien defienda a una institución en la cual no creo (y a cuyo dios tampoco acepto) pero, a diferencia de numerosos ateos, no odio, no abomino de la Iglesia; la respeto como se respeta a una anciana a quien se le toleran ciertos caprichos y de quien se tiene a bien olvidar sus “pecados” de juventud.


Claro, cuando la viejecita se pone a dar órdenes o se altera, prefiero ignorarla a la vez que intento evitar que, en su senilidad, se dañe a sí misma o a otros…