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viernes, enero 25, 2008

Sobre la dialéctica



No fue sino hasta después de mis cuarenta años que pude empezar a pensar dialécticamente.

Por supuesto la conocía, a ella, a la bella dialéctica, desde mucho antes pero tardé cierto tiempo en abrirle sin hesitar los portales de mi mente. Aún más, considero que sólo en los últimos años pude hacerla mi pareja permanente y, de todos modos, confieso que muchas veces le soy infiel.



No es fácil, claro, romper con los esquemas tradicionales, rígidos y basados en el principio de la no contradicción., para abordar una forma diferente de conciencia.

Es que la dialéctica, novia celosa pero paciente, requiere un cambio radical de mentalidad; una verdadera metanoia para decirlos en los términos de mi querido amigo; el Flaco de Galilea.

Cuando, pese a todo, pude entregarme a sus amorosos brazos descubrí un mundo nuevo. Es como si, de pronto, después de una fatigosa marcha por un páramo, encontrara un ameno valle entre cumbres pintadas de verde y blanco. No quiero abandonar este sitio, pese a que el río corre, abajo, en un fragoroso precipicio y no siempre el cielo será tan azul como hoy, porque aquí hallé mi hogar espiritual junto a ella: la dialéctica.

La dialéctica, como todos creemos saber, es un juego de oposiciones o, más bien, de momentos que se enfrentan unos a otros. El Oscuro, su padre, decía bien que era un estado de guerra, de cambio permanente. Un fuego, un río donde nadie se baña dos veces, en frase que alguna vez inscribiré en una remera.


Ante una proposición cualquiera el pensamiento dialéctico asume, de inmediato, su antítesis. Deja suavemente, al mejor estilo de Lao Tsé, que la idea opuesta germine en la mente, la alimenta y la riega para que desarrolle sus posibilidades y, con agrado, la contempla en su eclosión final; de larva a mariposa.

El escenario, la propia mente, entonces está listo. Una proposición positiva y su opuesta, hermosas, radiantes, seductoras, mostrando cada una sus atributos más encantadores.

Deviene, ahora, el momento de la lucha, del enfrentamiento y la discusión. Ambas formulaciones, hermanas enemigas, se traban en combate sin cuartel, buscan, haciendo fintas, los puntos más débiles de su oponente y clavan los dientes en los flancos expuestos.

Es el tiempo, crítico, de la crítica.

Es la instancia de la confrontación.


El combate, empero, no se saldará con victoria y derrota, sino con luz. Asentado el polvo de la lucha, punteado el terreno con las víctimas de la contradicción, surge una nueva entidad que lleva el pomposo nombre de síntesis superadora.

¿Quién es esta consecuencia, deseada, del conflicto?

Ciertamente no la suma de las partes, ni siquiera una suma cero, sino la integración de los opuestos. Es un pensamiento nuevo que incluye lo mejor de los antagonistas y deja latente, para futuros desarrollos, los puntos no resueltos del conflicto. Es una conclusión no conclusiva, un espacio delimitado pero abierto, una tregua, si se quiere, pero ubicada en un nivel superior respecto de sus predecesores. Algunos lo llaman equilibrio, y está bien dicho, siempre que se recuerde que es un equilibrio precario pronto a ser desbalanceado por nuevos y opuestos problemas.


En este modo de abordar la realidad, que respeta sus complejidades, no hay lugar para malos y buenos; el juicio se suspende y cada antagonista tiene la oportunidad de demostrar su punto; se sabe, es lo único que se sabe, que ni uno ni otro serán conclusivos. Se intuye, también, que pese a las simpatías personales del pensante (perfectamente posibles y hasta deseables) no habrá trato de favor; ambos contendientes merecen ser escuchados y ninguno de ellos tiene la verdad en exclusiva.


He aquí, pues, el proceso que sigue mi manera de pensar, manera (método si se prefiere), que aprendo trabajosamente día a día, que nunca termina y que exige una permanente atención, capaz de superar prejuicios estrechos y consideraciones apriorísticas.

No es fácil ¿quién dijo que lo era? pero es hermoso, bello en su aparente desorden y signo, es lo que creo, de vitalidad intelectual; remedio excelente contra todo tipo de esclerosis, la dogmática incluida.


Tal es la dialéctica, que humildemente me enorgullezco de practicar y que he aprendido de grandes maestros y maestras, famosos unos, ocultos pero no menos lúcidos otros y otras...





jueves, enero 24, 2008

Apuntes de un no creyente sobre la Iglesia Católica.









No creo en Dios, es decir, soy ateo.

No es algo de lo que me jacte, simplemente siendo monoteísta he dado el siguiente paso lógico, no creía en ningún dios excepto uno, privilegio injusto de una Tradición que me he preocupado de subsanar.

Me molestan, sin embargo, aquellos que despotrican contra la Iglesia con los manidos argumentos de siempre; el oscurantismo, la Inquisición, las diversas formas de represión o la alianza con el poder.


¡Cuidado!, no digo que sean argumentos inválidos, sólo señalo que no le hacen ningún favor a la causa, si la hubiera, del ateísmo y tampoco habla muy bien de su formación cultural. La Iglesia, especialmente la católica romana, es mucho más que eso.

Sucede que sus atacantes, y sus defensores, se limitan al panfleto.

Es, no obstante, importante que avancemos un poco más si queremos entender la vigencia, y hasta cierto indeterminado punto la importancia, de esta tradición religiosa en nuestra sociedad.

La dialéctica de la Iglesia, desde ella misma

Entre estas dos proposiciones, a saber:

  • La Iglesia es Santa
  • La Iglesia es Inicua

un verdadero teólogo,

cosa que no son la mayoría de los obispos y otros representantes eclesiásticos,


debería suscribir ambas.



En buena teología católica la Iglesia es una Santa Pecadora;

aunque los Santos Padres preferían decir Prostituta.



Santa en cuanto a sus fines, algunos de sus miembros y su fundador.

Pecadora por su inmersión en el mundo y su condición de "peregrina" (término, de paso, que se refleja en el sustantivo parroquia que, justamente, significa comunidad de peregrinos).

Es decir que al enumerar todos los males que le debemos a la Iglesia incluso sus representantes más lúcidos no sólo no deberían negarlos, sino que hasta los reforzarían como medio de mostrar la Gracia de Dios; por eso, en el Medioevo, se decía que: “el agua de la vida puede brotar hasta de las fauces de un perro muerto”

La presencia del mal en el seno de la Iglesia señala, para sus miembros, que, mientras espera el Juicio divino, la comunidad de los fieles está sujeta, también, a las tentaciones del "dios de este mundo".

Todo esto hablando desde la Teología católica más estricta, sea tomista o escotista.

Por ello, desde un punto de vista dialéctico, sería un error ser menos abiertos que la misma Iglesia.

Dos Iglesias conviviendo

La Iglesia que anunció el fin del reino del César en el Apocalipsis,

que proclamó la insatisfacción más radical respecto del Estado y de la sociedad,

la iglesia que vio en la Historia mucho más que un ciclo de repeticiones y enseñó a buscar una sociedad ideal al final del camino humano (que la llamara Reino de Dios no viene, ahora, al caso, era mitología, pero de la buena),

la iglesia que estimuló el pensamiento al punto de generar herejía tras herejía (llevando con ello adelante una renovación de la anquilosada filosofía tardoantigua),

la iglesia que generó el surgimiento de nacionalidades en toda la cuenca del Mediterráneo,

la iglesia que suscitó nuevas concepciones del arte, que renovó la poesía y la prosa, que mantuvo la cultura a punto de ser anegada por las hordas bárbaras,

que roturó los bosques salvajes de la Galia y Germania,

que adoptó los festivales paganos y que introdujo, en la herencia hebrea, la ausente figura femenina.

La iglesia que avanzó en misiones a países entonces desconocidos,

que hizo soñar a la Europa hambrientas con un Reino Milenario,

que sancionó moralmente el infanticidio y que intentó dictar leyes internacionales (treguas de Dios) entre los turbulentos barones feudales.

La iglesia que prohijó a los primeros humanistas,

que dio origen al género literario de la utopía,

que generó el movimiento revolucionario más influyente hasta la llegada del marxismo (me refiero al joquinismo reinterpretado por los franciscanos),

que denunció la explotación indígena en América,

que sentó las bases de la modernidad con los pensadores de la Escuela de Salamanca y con los teóricos de la escolástica.


La Iglesia que en América Latina fue semillero de revolucionarios, tanto en las guerras de Independencia como en las guerrillas de los años 60.

La Iglesia que denunció abusos y torturas, la que buscó crear puentes en la Guerra Fría, la que se renovó en el Concilio Vaticano,

la que actúa día a día en las villas miseria.

Esa Iglesia representó un avance en la civilización, preparó o defendió la democracia moderna, fue y en parte es un faro para iluminar conciencias.

Es la Iglesia que proclamaba, como lo hizo Juan XXIII:

In necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus charitas




La Iglesia que admiró el reino de los Césares desde la Carta de Clemente hasta la Historia de Eusebio,

la iglesia que se entregó con armas y bagajes a la discrecionalidad del estado imperial,

la iglesia que expulsó a la insastisfación radical fuera de la Ciudad y creó hordas de monjes fanáticos e ignorantes,

la iglesia que se conformó con este mundo y retorció los textos evangélicos para calmar al rico y glorificar al sufrimiento,

que anunció, en lugar de la comensalidad abierta del Nazareno un "patriarcalismo de amor" que mantenía el status quo ante y que sancionaba desde la nueva religión el clientelismo romano.

La Iglesia que persiguió el pensamiento alternativo,

que negó un lugar a las mujeres y puso en los altares la imagen inalcanzable de la Madre Virgen asexuada,

la Iglesia que condenó el placer sexual dándole veneno a Eros (él, por supuesto no murió, pero degeneró en vicio).

La iglesia que quemó herejes,

la que sostuvo a déspotas,

la que obliteró culturas enteras.

La Iglesia de los duques, marqueses, condes y otros asesinos similares; dispuestos a torturar, rapiñar, violar y matar para defender sus privilegios mal habidos.

La Iglesia de las Cruzadas,

de los pogromos,

de los saqueos a pueblos lejanos.

La Iglesia que bendijo la conquista,

la trata de esclavos,

el derecho divino y la “guerra justa”.


La Iglesia que sancionaba a los librepensadores,

que impedía el desarrollo de las artes,

que quemaba libros,

que alzaba Santas Alianzas, que canonizaba a tiranos.

La Iglesia que bendijo a Franco, a Hitler, a Mussolini y a tantos tiranos.

La Iglesia de los Kennedy, de los Columbus Knigth, del Opus Dei y de Fraternitas.

La Iglesia que en el Concilio Vaticano I proclamó el dogma enervante de la infalibilidad papal,

la que aún hoy niega el acceso al sacerdocio a hombres casados y a mujeres,

la que está contra el control de la natalidad e impide la despenalización del aborto con excomuniones que no aplicó con los Videla, los Pinochet o los Trujillo.

La Iglesia que apoya a la derecha más recalcitrante en Polonia y se alía con EEUU como antes lo hizo con el Imperio.

Esta Iglesia fue una rémora y una afrenta a la dignidad humana.

Con su vileza contaminó de odio la civilización occidental, con su represión propició la creación de seres humanos mutilados, incpaces de amar y sujetos a la bota del opresor.

Esta es la Iglesia que proclamó:

Extra Ecclesiam nulla salus.

Ambas coexisten todo el tiempo, ambas son parte de la Historia, ambas interactúan, se influencian, se mezclan y se combaten…


ni una, ni la otra, juntas y en oposición permanente.


No seré yo quien defienda a una institución en la cual no creo (y a cuyo dios tampoco acepto) pero, a diferencia de numerosos ateos, no odio, no abomino de la Iglesia; la respeto como se respeta a una anciana a quien se le toleran ciertos caprichos y de quien se tiene a bien olvidar sus “pecados” de juventud.


Claro, cuando la viejecita se pone a dar órdenes o se altera, prefiero ignorarla a la vez que intento evitar que, en su senilidad, se dañe a sí misma o a otros…