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miércoles, diciembre 07, 2011

Evocación de la Juventud Franciscana

Años oscuros los que van entre 1980 y 1983.

Años de breve primavera aquellos de 1984.

Para mí, y para algunos más, son los años de nuestra adolescencia. Los años en que participamos de la Juventud Franciscana en la Parroquia San Francisco Solano de Rosario.

Recuerdo esos días en la Parroquia. Tarde y noche del sábado, mañana del domingo, algunas veces también durante la semana. Era algo así como un club, algo parecido a un seminario, abierto y mixto, un cruce entre lo religioso, lo comunitario y lo político. Más de cien jóvenes, chicos y chicas, entre trece y dieciocho años; hijos de una sociedad tutelada por las armas, por el dinero y por la fe, hermanos menores de aquellos que, cinco años atrás, habían soñado, y actuado, para cambiar la Historia y ahora, habían desaparecido en casas ocultas o en tumbas sin nombre. Allí, protegidos por el nombre de una Iglesia ambigua, crecíamos, aprendíamos, descubríamos que el mundo era mucho más grande, y complejo, de lo que imaginábamos.

Nos reuníamos por edad, en grupos llamados fraternidades, cada una de las cuales adoptaba sonoros nombres que evocaban algunos de los mitos cristianos. Un sistema organizativo calcado de aquel que tenían los frailes, con capítulos y concejos, nos enseñaba los rudimentos de la democracia en tiempos de despotismo. Los mayores, o los más comprometidos, animaban (así decíamos) a la fraternidad; animar significaba una especie de dirección laxa, basada en el consenso y la capacidad de liderazgo, que determinaba los temas de cada reunión, sus compromisos y, en algunos casos, las tareas en servicio a la comunidad. Uno o dos frailes, en nuestro caso eran también presbíteros, brindaban la asesoría espiritual, cuando podían que era pocas veces. El padre Joaquín Núñez OFM era uno de ellos. Le debo mucho más de lo que él imagina.


Había mucho espacio para el desarrollo personal y para las iniciativas de cada fraternidad. Leíamos la Biblia, cantábamos, tomábamos mate (para algunos era su primera vez), jugábamos a las cartas, discutíamos, nos peleábamos y nos reconciliábamos, comentábamos la actualidad, participábamos, por supuesto, de la misa y, en mi caso, colaborábamos con la redacción de una pequeña revista parroquial llamada Sendero. Algunas fraternidades cantaban en la misa del cercano Hospital Carrasco, donde se alojaban enfermos infecciosos, y otras se acercaban a la capilla de la Villa Miseria, el barrio le decíamos, para descubrir lo mismo que sus hermanos ausentes, habían hallado diez años atrás.

La Juventud Franciscana, por supuesto, no tenía entre sus propósitos crear conciencia social o fomentar el activismo, político o de otra clase. Los que la crearon eran fieles hijos de la Iglesia Católica y, a lo sumo, habían sido alcanzados por la breve e intensa ola de renovación que tuvo lugar entre el Concilio Vaticano II y el advenimiento de Juan Pablo II. La idea era acercar el catolicismo, en su versión franciscana, a los jóvenes con la loable intención de fomentar la vocación religiosa o, en el peor de los casos, formar adultos comprometidos con la ideología de la Iglesia. Las instituciones, se sabe, tienen otra vida que la de aquellos que las pergeñan y están hechas por personas con sus propias agendas y tablas de valores. Los creadores de la JuFra, por ejemplo, no contaron con la conjunción; en la Parroquia San Francisco Solano de Rosario, de un cura marginal y rebelde, pibes ansiosos de participar y que encontraban un cauce para sus sueños juveniles, y el velado recuerdo de la generación anterior.

En otros ámbitos, colegios o ciudades del interior provincial, no sucedió lo mismo; la JuFra era, en esos lugares, un grupo religioso más. En aquella, la que viví durante casi tres años, se creó una escuela para el futuro, un futuro sin vigilantes y transformador.

Algunos, claro está, se quedaron en la escuela sin graduarse jamás; a ellos se les debe la permanencia de la JuFra hasta hoy, nada más.

Otros, estoy orgulloso de contarme entre ellos, nos alejamos cuando fue el momento oportuno y, desde ámbitos, ideales, proyectos y acciones diferentes, nos comprometimos con la construcción de nuestra devastada sociedad. A veces me cruzo con alguno de ellos; trabajadores sociales, activistas, cooperadores escolares o docentes y sé, sabemos, que aquella vieja JuFra fue lo que nos hizo, en gran medida, ser lo que somos.


lunes, febrero 04, 2008

Gracias a Dios soy ateo. Un camino personal


Nunca temí demasiado a Dios.

El Dios que me enseñaron era un compañero entrañable del ser humano, un amigo que se paseaba de mi mano, un maestro o un guía, nunca un tirano.

El Dios-Abba de las viñetas de Cortés. Así gustaba de creer que era.


Quizás por eso no abrigo odio contra él. Quizás por eso no me complace especialmente su "muerte".

Llegué a ser ateo por coherencia.

Era un cristiano que tomaba en serio a los dogmas de su fe, que los conocía y que se sentía identificado con ellos.

Es cierto que algunos resultaban arbitrarios o incluso contradictorios respecto de los fundamentos, pero siempre había una manera de explicarlos; bien como balbucientes expresiones humanas del Misterio, bien como desarrollos lógicos de una postura filosófica determinada.

Era, también, un partidario de la Teología de la Liberación; hija legítima de la Teología de la Esperanza europea y del análisis sociológico latinoamericano. En ella encontraba el fundamento de mi práctica social y la razón de mi esperanza. En ella descubría a Dios como quien se revela en la Historia. En ella me reencontraba como parte de un pueblo en marcha, desde Abraham hasta hoy…


Leonardo Boff, sus libros, especialmente Jesucristo Liberador, marcaron un camino que seguí por más de dos décadas.

Ernesto Cardenal, poeta y profeta de la Liberación

Fue entonces cuando encontré al marxismo y cuando descubrí la dialéctica.

Me fascinó su capacidad heurística, era una herramienta maravillosa que podía ser usada siempre con provecho.

Al no provenir del ambiente marxista, yo era bastante inmune a los devaneos teóricos o a las construcciones dogmáticas, por el contrario, me tomaba en serio a la dialéctica, intentando hacer de ella una práctica constante a la hora de pensar la realidad.

Uno de los hallazgos más fecundos de aquella época, mis treinta recién cumplidos, fue comprender que la injusticia y la opresión eran parte de una estructura.

Había, sin duda, buenos y malos tipos; pero lo determinante en última instancia era su posición social. No se trataba, pues, de la esquemática historia del bien contra el mal, sino de estructuras, sistemas e ideologías más liberadoras contra estructuras, sistemas e ideologías que tendían a la opresión; lucha dialéctica, lucha de ángeles y potestades como diría un pensador mitológico.

Esto ilustraba perfectamente aquella vieja consigna de odiar al pecado y amar al pecador. Ello me permitía ver que la liberación era tanto para el oprimido como para el opresor (¡claro que no del mismo modo!). Ello, en fin, acortaba las brechas entre el pensamiento cristiano y la filosofía marxista.

Por aquellos tiempos, incluso acaricié la idea de una síntesis. Así como Agustín expuso el cristianismo en el marco de la doctrina neoplatónica, del mismo modo que Tomás de Aquino ilustró su fe con las categorías aristotélicas, me proponía elaborar un esbozo de teología desde las categorías del marxismo.

El loco intento hasta tenía título, tomado de un graffiti anónimo; "Cristo es el camino y Marx es el atajo".


Quino..., sobran las palabras.

La cosa, por suerte, quedó sólo en la elaboración de siete tesis que duermen su sueño en algún viejo cuaderno…

Pocos años después descubrí que el mayor obstáculo a esta síntesis era la traición. La Teología de la Liberación y la lucha política estaban muy bien, eran sugerentes y plausibles, pero ¿eran fieles a los textos sagrados? ¿respetaban la tradición de la fe que decían actualizar?

La misma pregunta, eran los noventa, recuérdese, hacían los detractores de esta corriente y la respondían negativamente.

Volví a los textos.

Volví a los dogmas.

Volví a la Historia.

Estaba bien decir que Jesús era el liberador. Era correcto afirmar que su mensaje era un desafío a la estructura social de la época. Era, incluso, defendible que Dios fuese un aliado del pueblo en su lucha por un "reino" de justicia e igualdad.

En teoría.

Sin embargo, ¿era realmente así?

¿Podía uno quedarse con el Jesús que echaba a los mercaderes del Templo y omitir al que decía: "al que te obligue a caminar una milla acompáñale dos"?


¿Éste Jesús, campesino y rebelde?
¿o éste que cuenta con el apoyo de Washington?

¿O con el Dios que impulsaba el Éxodo pero luego entronizaba a David rechazando a Saúl por mero capricho?




Un Dios que es amigo del Poder... aún del Poder más brutal.


Por supuesto, se podía argumentar que los géneros literarios, que el misterio de la presencia – ausencia divina, que la interacción de Dios con la sociedad explicaban estas ambigüedades. De hecho, era lo que yo hacía pero algo no me terminaba de cerrar. Una piedrita me molestaba en el zapato.

Ya se sabe, cuando esto sucede, lo mejor (lo único) que se puede hacer es sacarse el zapato y remover la piedra. Uno cree, siente, que es un guijarro enorme pero resulta, a veces, que se trata de un minúsculo grano de arena.

El grano era muy pequeño. La premisa era simple, pero errónea: Dios, el dios de Jesús al menos, no era un liberador. Jesús, revolucionario y todo tenía sus límites y sus fallas... no todo cuanto decía era aceptable.


Durante algún tiempo no supe qué hacer con ello. En ocasiones pensé, seriamente, en retornar (para todo cristiano auténtico no es sino eso) al judaísmo en cuya tradición profética encontraba más eco el llamado a la liberación.


El protestantismo, empero, con su sistemático desprecio por la Historia me resultaba aún más opresivo que el catolicismo.



Lutero, pionero del librepensamiento... hasta que chocaba con sus intereses de clase.


El Islam era, a mi juicio, aún menos liberador y no podía aceptar las incongruencias del Sagrado Corán.

El Islam y su pretensión de ser la restauración de la auténtica revelación, pero...

Budismo, Hinduísmo, Wicca y demás estaban fuera de la cuestión.

Sin embargo, ser judío (más allá de los obstáculos que los rabinos imponen a la conversión) implicaba adherir a la idea de un dios y ésta, poco a poco, iba manifestándose como contraria a cualquier tipo de libertad. Sin saberlo, actualizaba el silogismo de Bakunin: "si Dios existe, el hombre (humano) no es libre, pero el hombre puede y debe ser libre, por lo tanto ¡Dios no existe!"

Tal afirmación valió por una revelación para mí. Estaba viviendo un momento particularmente pleno de mi existencia, si no en lo económico, sí en lo afectivo y lo intelectual. No sentía angustia por el futuro, ni incertidumbre acerca del presente. Sin dudas, eran días difíciles pero mi fe en el ser humano, sobre todo en el ser humano trabajador, estaba intacta.

Supe entonces que, como Laplace, podía prescindir de la hipótesis Dios. Había sido una útil ficción para elaborar, en tiempos pretéritos, una justificación de las luchas populares. Ficción ambigua, es cierto, pero ya innecesaria.

¿A qué buscar en la Biblia, preguntaba entonces, la razón de nuestra revolución? ¿Para qué justificar, con textos a veces rebeldes, la opción por la justicia social?

No hacía falta más esa muleta, a medias astillada, llamada Dios…por el contrario era incluso una rémora para avanzar en la liberación.

Me dije, entonces, que mi opción por el socialismo era independiente de lo que Dios "opinase". Si sus palabras o sus "actos" acordaban con los míos, mejor, si no coincidía con mis ideales, pues era una cuestión suya, no iba a modificar mi conducta por ello.

Si quería ser coherente era mi obligación dejar de lado toda pertenencia religiosa. Uno no puede ser parte de una institución negando sus fundamentos o escogiendo cual de ellos aceptar. Así fue como me separé de la entrañable, querida y tan represiva como una madre judía, Iglesia Católica. Guardo un buen recuerdo de ella, pero me cuido muy mucho de volver a su demasiado cálido seno.

Del mismo modo, si hay un Dios que dice tal o cual cosa y uno discrepa con ese Dios, lo mejor que puede hacer es dejarlo de lado, exista o no, para seguir su propio camino. Como dice Silvio: allá Dios que será divino, yo me muero como viví.

Me fui, así, de la Iglesia y de ese Dios con el cual creía hablar sin odio y sin resentimiento. Nunca me habían tratado demasiado mal (tampoco demasiado bien y sólo más tarde descubrí cuanto daño habían hecho a mi conciencia tan preocupada por la coherencia) y puedo decir que guardaba los mejores recuerdos de ambos.


Escribe Robert Graves que el catolicismo es un sistema de pensamiento perfectamente lógico una vez que uno acepta ciertas premisas (axiomas) básicos. Del mismo modo el fundador de la Legión de María dijo que no se podía romper un solo eslabón de la cadena doctrinaria sin negarla por entero. Ambos, el maestro británico y el terco irlandés, tenían razón.

El primer paso estaba dado. El segundo era inevitable.



Pero de eso hablaremos otro día...

jueves, enero 24, 2008

Apuntes de un no creyente sobre la Iglesia Católica.









No creo en Dios, es decir, soy ateo.

No es algo de lo que me jacte, simplemente siendo monoteísta he dado el siguiente paso lógico, no creía en ningún dios excepto uno, privilegio injusto de una Tradición que me he preocupado de subsanar.

Me molestan, sin embargo, aquellos que despotrican contra la Iglesia con los manidos argumentos de siempre; el oscurantismo, la Inquisición, las diversas formas de represión o la alianza con el poder.


¡Cuidado!, no digo que sean argumentos inválidos, sólo señalo que no le hacen ningún favor a la causa, si la hubiera, del ateísmo y tampoco habla muy bien de su formación cultural. La Iglesia, especialmente la católica romana, es mucho más que eso.

Sucede que sus atacantes, y sus defensores, se limitan al panfleto.

Es, no obstante, importante que avancemos un poco más si queremos entender la vigencia, y hasta cierto indeterminado punto la importancia, de esta tradición religiosa en nuestra sociedad.

La dialéctica de la Iglesia, desde ella misma

Entre estas dos proposiciones, a saber:

  • La Iglesia es Santa
  • La Iglesia es Inicua

un verdadero teólogo,

cosa que no son la mayoría de los obispos y otros representantes eclesiásticos,


debería suscribir ambas.



En buena teología católica la Iglesia es una Santa Pecadora;

aunque los Santos Padres preferían decir Prostituta.



Santa en cuanto a sus fines, algunos de sus miembros y su fundador.

Pecadora por su inmersión en el mundo y su condición de "peregrina" (término, de paso, que se refleja en el sustantivo parroquia que, justamente, significa comunidad de peregrinos).

Es decir que al enumerar todos los males que le debemos a la Iglesia incluso sus representantes más lúcidos no sólo no deberían negarlos, sino que hasta los reforzarían como medio de mostrar la Gracia de Dios; por eso, en el Medioevo, se decía que: “el agua de la vida puede brotar hasta de las fauces de un perro muerto”

La presencia del mal en el seno de la Iglesia señala, para sus miembros, que, mientras espera el Juicio divino, la comunidad de los fieles está sujeta, también, a las tentaciones del "dios de este mundo".

Todo esto hablando desde la Teología católica más estricta, sea tomista o escotista.

Por ello, desde un punto de vista dialéctico, sería un error ser menos abiertos que la misma Iglesia.

Dos Iglesias conviviendo

La Iglesia que anunció el fin del reino del César en el Apocalipsis,

que proclamó la insatisfacción más radical respecto del Estado y de la sociedad,

la iglesia que vio en la Historia mucho más que un ciclo de repeticiones y enseñó a buscar una sociedad ideal al final del camino humano (que la llamara Reino de Dios no viene, ahora, al caso, era mitología, pero de la buena),

la iglesia que estimuló el pensamiento al punto de generar herejía tras herejía (llevando con ello adelante una renovación de la anquilosada filosofía tardoantigua),

la iglesia que generó el surgimiento de nacionalidades en toda la cuenca del Mediterráneo,

la iglesia que suscitó nuevas concepciones del arte, que renovó la poesía y la prosa, que mantuvo la cultura a punto de ser anegada por las hordas bárbaras,

que roturó los bosques salvajes de la Galia y Germania,

que adoptó los festivales paganos y que introdujo, en la herencia hebrea, la ausente figura femenina.

La iglesia que avanzó en misiones a países entonces desconocidos,

que hizo soñar a la Europa hambrientas con un Reino Milenario,

que sancionó moralmente el infanticidio y que intentó dictar leyes internacionales (treguas de Dios) entre los turbulentos barones feudales.

La iglesia que prohijó a los primeros humanistas,

que dio origen al género literario de la utopía,

que generó el movimiento revolucionario más influyente hasta la llegada del marxismo (me refiero al joquinismo reinterpretado por los franciscanos),

que denunció la explotación indígena en América,

que sentó las bases de la modernidad con los pensadores de la Escuela de Salamanca y con los teóricos de la escolástica.


La Iglesia que en América Latina fue semillero de revolucionarios, tanto en las guerras de Independencia como en las guerrillas de los años 60.

La Iglesia que denunció abusos y torturas, la que buscó crear puentes en la Guerra Fría, la que se renovó en el Concilio Vaticano,

la que actúa día a día en las villas miseria.

Esa Iglesia representó un avance en la civilización, preparó o defendió la democracia moderna, fue y en parte es un faro para iluminar conciencias.

Es la Iglesia que proclamaba, como lo hizo Juan XXIII:

In necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus charitas




La Iglesia que admiró el reino de los Césares desde la Carta de Clemente hasta la Historia de Eusebio,

la iglesia que se entregó con armas y bagajes a la discrecionalidad del estado imperial,

la iglesia que expulsó a la insastisfación radical fuera de la Ciudad y creó hordas de monjes fanáticos e ignorantes,

la iglesia que se conformó con este mundo y retorció los textos evangélicos para calmar al rico y glorificar al sufrimiento,

que anunció, en lugar de la comensalidad abierta del Nazareno un "patriarcalismo de amor" que mantenía el status quo ante y que sancionaba desde la nueva religión el clientelismo romano.

La Iglesia que persiguió el pensamiento alternativo,

que negó un lugar a las mujeres y puso en los altares la imagen inalcanzable de la Madre Virgen asexuada,

la Iglesia que condenó el placer sexual dándole veneno a Eros (él, por supuesto no murió, pero degeneró en vicio).

La iglesia que quemó herejes,

la que sostuvo a déspotas,

la que obliteró culturas enteras.

La Iglesia de los duques, marqueses, condes y otros asesinos similares; dispuestos a torturar, rapiñar, violar y matar para defender sus privilegios mal habidos.

La Iglesia de las Cruzadas,

de los pogromos,

de los saqueos a pueblos lejanos.

La Iglesia que bendijo la conquista,

la trata de esclavos,

el derecho divino y la “guerra justa”.


La Iglesia que sancionaba a los librepensadores,

que impedía el desarrollo de las artes,

que quemaba libros,

que alzaba Santas Alianzas, que canonizaba a tiranos.

La Iglesia que bendijo a Franco, a Hitler, a Mussolini y a tantos tiranos.

La Iglesia de los Kennedy, de los Columbus Knigth, del Opus Dei y de Fraternitas.

La Iglesia que en el Concilio Vaticano I proclamó el dogma enervante de la infalibilidad papal,

la que aún hoy niega el acceso al sacerdocio a hombres casados y a mujeres,

la que está contra el control de la natalidad e impide la despenalización del aborto con excomuniones que no aplicó con los Videla, los Pinochet o los Trujillo.

La Iglesia que apoya a la derecha más recalcitrante en Polonia y se alía con EEUU como antes lo hizo con el Imperio.

Esta Iglesia fue una rémora y una afrenta a la dignidad humana.

Con su vileza contaminó de odio la civilización occidental, con su represión propició la creación de seres humanos mutilados, incpaces de amar y sujetos a la bota del opresor.

Esta es la Iglesia que proclamó:

Extra Ecclesiam nulla salus.

Ambas coexisten todo el tiempo, ambas son parte de la Historia, ambas interactúan, se influencian, se mezclan y se combaten…


ni una, ni la otra, juntas y en oposición permanente.


No seré yo quien defienda a una institución en la cual no creo (y a cuyo dios tampoco acepto) pero, a diferencia de numerosos ateos, no odio, no abomino de la Iglesia; la respeto como se respeta a una anciana a quien se le toleran ciertos caprichos y de quien se tiene a bien olvidar sus “pecados” de juventud.


Claro, cuando la viejecita se pone a dar órdenes o se altera, prefiero ignorarla a la vez que intento evitar que, en su senilidad, se dañe a sí misma o a otros…

viernes, junio 22, 2007

Ubi dubium ibi libertas

Donde haya dudas, libertad.
La frase, latinajo, no procede de algún liberal a ultranza o de sectores vinculados al escepticismo; por el contrario.
Quizás sorprenda, pero es una expresión de la teología católica más linajuda; nada menos que San Agustín fue, o dicen que fue, su autor.

Los guardianes de la fe que desconocen lo que cuidan.

Es que, en estos tiempos de chatura intelectual (nunca tuvimos tanta investigación y más que nunca esa investigación queda fuera de cualquier discusión cotidiana) se dicen y escriben muchas cosas desde la desinformación más absoluta.
El periodismo, gracias en nombre de la familia, es uno de los responsables de esta banalización permanente y aunque no es la intención de esta columna el echar culpas sí se permite recomendar a la amable lectora y al gentil lector que desconfíen, por principio, de las tajantes afirmaciones de los periodistas, tanto más si son formadores de opinión, con extremo cuidado si conducen un programa mañanero por la radio, del todo si hablan de temas de los que nada saben.
Como de historia.
O de religión.
Aunque hay que agregar a este espectro de desinformados descuidados también a muchos que andan por ahí de voceros. En el caso de la religión curas, obispos y papas incluidos.
Uno, que alguna vez chapoteó en los resbaladizos terrenos de la teología católica, no puede menos que sonreir conmiserativamente al leer o escuchar las barbaridades que dicen, desde el punto de vista teológico, copetudos representantes de la religión.
Es que el hecho de poseer una ordenación eclesiástico no implica, de por sí, saber mucho de teología y, desde que muchos laicos se acercaron a esta disciplina, ser teólogo o teóloga no es privilegio exclusivo de los "cuervos". Mucho más sabe Hans Küng, un laico católico alemán, de teología que la mayor parte de nuestros obispos argentinos.
Hay muchos que defienden una doctrina que desconocen y llegan hasta el punto de asumir como esenciales posturas que, en el mejor de los casos, son sólo de una parte de su institución.
Esto viene al caso porque se suele decir, y repetir hasta el hartazgo, que la Iglesia Católica está contra el aborto y que defiende la sacralidad de la vida desde la concepción misma. Y que ha sido así desde siempre, haciendo de esta supuesta "doctrina" una verdadera piedra de toque para, como sucedió recientemente en México, excomulgar a los legisladores que aprobaran una ley acerca de la interrupción del embarazo (uno se pregunta porque no excolmulga a los traficantes de armas, o a los dictadores... pero dejémoslo por ahora). Cruzadas por la vida, día del niño por nacer, alianzas estratégicas con los sectores más reaccionarios, todo parece valer para esta lucha que la Santa Madre mantiene contra los que se complace en llamar asesinos abortistas.
Se podría pensar que hay cosas que la Iglesia no negocia.
Se podría creer que su propia doctrina está implicada en este debate.
Se podría inferir que la condena del aborto es propia de la Iglesia desde la antigüedad.
Y se estaría, en todos los casos, más que equivocado.

Un paseo por la Historia.
San Antonino de Florencia se llama el personaje de la imagen. Puede que sorprenda a algunos, pero este hombre, hoy santo, estaba a favor de la libertad de elección; es decir de de acuerdo con practicar un aborto temprano en el caso en que la vida de la madre estuviese en peligro. Se manifestaba, por lo demás, de acuerdo con la medicina de su propio tiempo, el siglo XV, y con una antigua tradición eclesiástica.

La Biblia no condena el aborto. En el libro del Éxodo se limita a fijar la pena pecuniaria por el aborto a consecuencia de una golpiza ¡y la fija en menos del valor de un ser humano!. La supuesta palabra divina no consideraba, entonces, al feto como equivalente a una persona.

Durante casi quince siglos la Iglesia no habla del tema, incidentalmente Tertuliano (siglo III) se refiere a un tipo de aborto (el practicado como emergencia) "crueldad necesaria", pero apenas hay otras opiniones.
La gran pelea en esos años es el infanticidio y las congregaciones religiosas se esfuerzan, con dudoso éxito, en su erradicación. Se fomenta la entrega de los hijos no deseados en adopción pero, en el contexto europeo medieval de endémica pobreza, muchos niños y niñas "expuestos" mueren en muy poco tiempo (si viste la película El Perfume sabrás a que me refiero).
Los teólogos debaten, en estos años, acerca del momento en que un feto es plenamente un ser humano; en sus términos, acerca de cuando recibe el alma. El consenso lo situaba entre los tres y los cinco meses. Preguntado San Agustín acerca de si los fetos abortados participarían de la Resurrección dijo tajantemente que no ya gregó que tampoco se levantaría para resucitar todo el esperma derramado durante la Historia (¡menos mal!).
La postura tradicional de la Iglesia en todo este tiempo, pese a la escasez de textos, parece ser que el aborto dentro de los primeros meses de embarazo no constituye un asesinato.
Las únicas condenas al aborto en los tiempos medievales corresponden a casos de brujería o a ideas equivocadas respecto del desarrollo del embrión... muchos creían que el esperma contenia pequeños "hombrecillos" (homunculi) que se desarrollarían en la fertilidad del vientre materno; de ahí la pregunta a Agustín: ¿era asesinato la masturbación?
A partir de la irrupción de la modernidad ¿cambió algo esta postura?
El jesuita Thomas Sánchez escribió, en el siglo XVII, que todos los teólogos contemporáneos estaban de acuerdo en considerar lícito el aborto efectudo para salvar la vida de la madre.El Vaticano, en 1869, respondía a la misma cuestión omitiendo pronunicarse al respecto y considerando que competía a los teólogos dirimir el asunto.
Más tarde, en 1962; Karl Rahner (ningún desconocido ni marginal en el campo de la reflexión cristiana) decía: "No se puede interpretar a través de las definiciones dogmáticas de la Iglesia que asumir que el salto a persona-espíritu ocurre sólo durante el transcurso del desarrollo del embrión, sea contrario a la fe. Ningún teólogo proclamaría la habilidad de probar que la interrupción intencional del embarazo [aborto] es en cada caso el asesinato de un ser humano."

Fue en los años 30 del presente siglo cuando la Iglesia, jaqueada por una modernidad que no comprendía, comenzó su cruzada por una sexualidad más represiva y un orden familiar inconmovible. Así el papa Pio IX en la encíclica Casti Connubii se volvía contra una tradición de siglos al afirmar perentoriamente que
que la anticoncepción y la esterilización atentaban contra la naturaleza y el aborto, contra la vida. Antes no era visto de este modo y, ciertamente, no todos los católicos (lo que se llama el Sensus Fidelium) lo considera así actualmente.

Durante los últimos años la Iglesia, Concilio Vaticano II mediante, se ha atrevido a modificar estas visiones victorianas, y abrirse, tímidamente y con cierto retroceso en la década pasada, a nuevas posturas acerca de los derechos humanos, la mujer y la sexualidad. Sin embargo en este aspecto, que considera demasiado sensible, se aferra a concepciones no sólo represivas, sino incluso a contramano de su propia tradición. ¿Por qué?

Realmente no tengo respuesta a esta pregunta, pero es cierto que la postura que asume el Vaticano y algunos seguidores incapaces de pensar por sí mismos, no es en modo alguno la única posible dentro de la tradición católica. Invito, pues, a los católicos que accedan a esta información que la difundan, que tomen protagonismo y que, si en verdad aman y respetan su fe, la defiendan incluso de aquellos que dicen protegerla.

Más datos al respecto en:La Actitud Católica Moderada respecto a la Anticoncepción y el Aborto (http://www.religiousconsultation.org/Spanish_translation.htm)