La semana pasada Mario Bunge estuvo en la Argentina. Con su habitual desenfado se explayó sobre sus temas favoritos e impugnó, como acostumbra, lo que él denomina pseudociencias. Atacó, en especial, al psicoanálisis; al cual califica de “macana” y dejó caer unas cuantas ironías sobre su vigencia en un país como el nuestro.
Bunge y el psicoanálisis, por supuesto, son sólo una excusa.
Un pretexto para hablar de aquellos que, como él, se han atrevido a levantar la voz contra ciertas unanimidades.
Ante la caterva de magos, ocultistas, charlatantes y deshonestos que andan por este mundo nuestro vendiendo sus falsos misterios, muchos han reaccionado enérgicamente para decir: ¡un momento!, ¿qué pruebas tienes para afirmar cosas tan extraordinarias
O, más directamente; ¡dejá de batirla, che!
Estas personas, valientes para desafiar las convenciones y tenaces como todo aquel que está convencido de su misión, son conocidas como escépticos.
Un escéptico es alguien que duda.
No se trata de un negador sistemático, de un pesimista ni, mucho menos, de alguien de mente estrecha.
Es un hombre, o una mujer, que considera que la razón debería ser una guía para investigar el mundo.
Es un curioso que no se convence fácilmente.
Un inspector de ideas, si así lo prefieren.
Se ha dicho que el padre de la ciencia es el asombro, y es verdad, pero el asombro puede dar lugar a muy diversas conclusiones. La madre de la ciencia, única como toda madre, es la duda. Sin el asombro tendríamos una ciencia de lo obvio, de la banalidad, sin la duda tendríamos saberes vagabundos, incapaces de formar una trama coherente.
El escéptico recupera la tradición científica de dudar y hace bien. Suele, una lástima, olvidarse del asombro y allí está su límite.
Como don Mario, valiente sembrador de dudas, pero receloso ante la hierba de lo nunca antes imaginado.




