


Reflexiones, berretines, ideas sueltas,palabras peligrosas. Una mirada personal, una revista; pequeña, breve, artesanal; casi como aquellas, las del añorado mimeógrafo. Aquí estoy yo, Gustavo, esperando que llegués a este blog, te detengas donde tengas ganas, leas un poco y me dejés tus comentarios. Es un espacio para compartir.





La Ciencia no es burguesa por accidente, la emergencia de una nueva clase social es determinante para su desarrollo, del mismo modo que tampoco es casual que la Burguesía naciente sea acérrima partidaria de la investigación científica. Cada una es condición de la otra.
Los paradigmas de la Ciencia son los mismos que los de la burguesía destinada a conmover el mundo; libertad de pensamiento, expansión del dominio humano, conocimiento, control y conquista del otro.
Y permítanme decir que estaba bien, históricamente bien, que así sucediese. No justifico con esto el dominio europeo del mundo, ni avalo las atrocidades de esa conquista. Nunca son buenas las guerras, ni siquiera las guerras de liberación, pero a veces son necesarias. La lucha burguesa contra el Antiguo Régimen, la de Ciencia contra la Tradición y el combate de ambos contra la dominación ideológica fueron un capítulo épico y obligado de la Historia en cuanto desenvolvimiento de las potencialidades humanas. Quizás podría haber sucedido de otra forma, quizás no era ineludible esclavizar a tres cuartos del Mundo en el proceso, quizás no se requería echar por tierra toda traba moral, quizás la revolución burguesa no hubiese exigido tanta sangre pero lo cierto es que así fue como sucedió y que sus enemigos eran demasiado gigantescos como para entablar una lucha caballerosa.
La Ciencia que surge desde el Renacimiento es una criatura golosa de nuevos saberes, conocimientos teóricos pero también prácticos. Quería libertad y quería riquezas, en consecuencia comienza a ser aplicada a la producción y deviene en Tecnología. Inseparables y a menudo confundidas marcarán el lugar social del nuevo saber: el saber hacer, la Invención.
Los territorios que controla la Ciencia van aumentado de manera exponencial, por así decir; la Lógica en el siglo XVI, la Matemática y la Astronomía en el XVII, la Física, la incipiente Biología, la Geología y la Química desde el XVIII determinan rumbos y modos de obrar en el campo científico.
Estas ciencias, concebidas y venidas al mundo en tiempos bélicos, aspiran a situarse por encima de las mezquinas pasiones cotidianas, se proclaman neutrales en la guerra de clases y se apartan ostensiblemente de la cuestión política, pero en realidad son minas destinadas a socavar las fortalezas del enemigo. Su distanciamiento aparente es una manera de conferir objetividad a los reclamos burgueses; la lucha de éstos es, así, una lucha por el triunfo de la Razón.
El 1800, con el triunfo definitivo del Orden Burgués, es, también, la centuria de la Ciencia.
Se avanza a pasos de gigante, destruidas las trabas de la religión, la monarquía y las tradiciones, el mundo aparece como un objeto externo pronto a ser conocido y, por ende, dominado.
El Estado, ya no un enemigo, pues está en manos de la clase triunfante, promueve y fiscaliza la práctica científica y promueve la aplicación de sus avances, es decir de la tecnología, en su tarea, paralela, de poner orden en la áreas bajo su dominio… que vienen a ser todas, o casi todas.
Nacen así las llamadas ciencias sociales, empleadas a medio tiempo del Estado burgués. En su seno, sin embargo, surgen también las primeras críticas al nuevo orden, balbuceantes a veces, más seguras otras, se convierten en la avanzada de la lucha de las nuevas clases subalternas que aspiran a reemplazar a la burguesía.
El modelo a seguir, con todo, no es otro que el de las Ciencias Naturales, reputadas como objetivas y asépticas, con su rigurosidad estadística, sus formulaciones matemáticas y su aparente distanciamiento de la sociedad. Las Ciencias Naturales, arietes de la Revolución Burguesa, siguen siendo sus aliadas, pero ahora como fortificaciones, magníficas defensoras del orden establecido.
Esto no quiere decir, por supuesto, que las Ciencias Naturales fueran, en sí, ciencias burguesas, mucho menos que las naciente Ciencias Sociales devinieran, por este mismo hecho, en cuestionadoras del sistema capitalista. La realidad nunca resulta tan esquemática. Sin embargo las primeras se sitúan en un contexto de expansión y auge de la burguesía, por lo que son delimitadas dentro de ese paradigma económico y social, en tanto que las segundas advienen cuando el orden establecido es ya burgués y pueden, por tanto, situarse más allá del mismo… lo cual no es siempre el caso!
En efecto. El paradigma de la racionalidad científica es materialista y mecanicista, ajeno a los procesos y a la dialéctica, basado en la experimentación, la observación y la lógica inductiva. Así lo constituyeron las Ciencias Naturales y así aspiran a seguirlo las Ciencias Sociales.
Desde el siglo XVII esta concepción tenía un ilustre ejemplo a seguir; la Física de Newton. Elegante, clara, demostrable y exitosa. Todas las demás ciencias querían ser como ella… hasta que llegan los descubrimientos de la nueva física y ponen en cuestión la validez universal de este modelo. Newton, nos dicen Planck, Einstein y Heisenberg, no estaba equivocado, pero sus leyes sólo tienen un alcance limitado, son determinadas por su contexto e inaplicables bajo otros parámetros.
Esta sospecha interna dentro de la Física, aparece cuando otras sospechas similares rondaban el campo científico desde disciplinas consideradas "parientes pobres" de la Ciencia; la Historia, la Geografía Humana, las primeras indagaciones sociológicas y la incipiente Psicología ya ponían en cuestión la legitimidad "eterna" del modelo de Ciencia moderna que avanzaba por medio del experimento hacia la consecución de una Verdad pre existente. La pregunta era: ¿hay un solo camino para la Ciencia? Y, ya que estamos en ello; ¿camino hacia dónde?
Continuará...
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A raíz de un correo electrónico recibido, vuelvo a un viejo amor y desempolvo apuntes de mi buhardilla.
Un atento corresponsal me escribe acerca de su desilusión acerca del psicoanálisis al que considera viciado de nulidad, carente de base científica y prácticamente ineficaz como terapia. Curiosamente esa postura, que hoy no suscribo, me resulta sumamente atractiva y me lleva a ampliar mis indagaciones.
No haré aquí una defensa del psicoanálisis. No soy experto en el tema, como tampoco en psicología experimental. Tampoco me interesa romper una lanza en su favor, aunque debo decir que estoy tentado de hacerlo cuando leo críticas tan malintencionadas como las de Bunge o las del demasiado promocionado "libro negro". Mi interés, sin embargo, es más modesto aunque, también, más amplio.
Somos materia pensante, es decir, materia que se pregunta por sí misma, por su lugar en el Universo, por su origen y por su destino.
Somos seres lanzados a la vida con el interrogante a flor de labios: ¿por qué?
Mitos y religiones, filosofías y teologías intentaron dar respuesta a nuestras preguntas. Lo hicieron con los materiales que tenían a mano, fuertes unos, mellados otros, construyeron paso a paso, avance y retroceso, el camino del conocimiento.
Hubo uno de ellos, que no surgió de la noche a la mañana, sino como el producto de siglos de ensayo y error, de debate y polémica, que se ha revelado como el más valioso, el más seguro y, a la vez, el más productivo de todos; el conocimiento científico.
Vale pues, preguntarnos; ¿qué es la ciencia?
Una buena manera, quizás la única, de responder a esta cuestión es marcar un límite, una línea que nos permita decir: esto aquí es ciencia, aquello, allá, no lo es. Sin que, por otra parte, todo aquel saber que podamos considerar como "no científico" sea, de entrada, falso, engañoso o peligroso.
A los intentos de elaborar una contestación valedera a la pregunta planteada se le da le nombre de epistemología (del griego, claro, episteme: saber) y constituye una rama de la Filosofía.
No es, aunque lo parezca, una cuestión menor. Recuerdo una viñeta de la historieta Olaf, el vikingo, uno de los personajes decía que las enfermedades eran producidas por unos seres pequeñísimos, invisibles, que atacaban al ser humano, agregando, a continuación: "y se llaman 'hadas malignas".
En efecto, ante una explicación de tal o cual fenómeno, ¿cómo determinar si se trata de una conclusión valedera o si simplemente estamos ante una divagación más o menos fundada?
Y no es una cuestión menor, de ella depende que podamos curar una enfermedad basándonos en el estudio de los virus o por medio de ensalmos.
Es que el conocimiento científico, por muy inútilmente bello que pueda ser en muchos de los problemas que aborda, es también un conocimiento interesado: responde a la pregunta del por qué a la vez que busca como transformarlo. Transformarlo para mejor, al menos en la mayor parte de los casos!
Sin remontarnos a la Grecia Clásica o a culturas aún anteriores (expedición por demás provechosa pero ajena a este artículo) podemos establecer el nacimiento de la ciencia durante la modernidad.
Eran los años finales del siglo XV, en Europa (pero también en el Lejano Oriente) se daba un magnífico florecimiento de las fuerzas humanas de creación, los seres humanos se expandían por el mundo y antes que contemplarlo, buscaban dominarlo. En Asia este movimiento fue rápidamente abortado, pero en el extremo occidental del continente se convirtió en un proceso de expansión y unificación del alcance global.
En ese momento la ciencia comienza su batalla para determinarse y para establecer su lugar en contraposición al doble poder de la Iglesia y del Señor.
En los albores de la Modernidad la Ciencia se define, pues, por oposición. Su pretensión es la de constituir la mejor exponente de la Razón, prestigioso concepto que los griegos heredaron a la Cristiandad y al Islam con diversa suerte, por medio de la Crítica. Razón y Crítica que también pretendía poseer el adversario, Razón en tanto expresión del Logos divino, Crítica en cuanto era la regla contra la cual se juzgaban todos los actos. La legitimación de la Ciencia, entonces, va a realizarse en tanto es capaz de dar la mejor respuesta, calidad que está determinada por su eficacia. La Ciencia moderna, pues, al contrario de la clásica o la medieval, resultará aliada del saber hacer, del artesano, del productor.
Este encuentro del pensar y del hacer, de la reflexión con la acción, no es casual. Esta época asiste al nacimiento de la burguesía como sujeto económico y la Ciencia será la educadora de la nueva clase social.
Esta Ciencia tiene, pues, un primer criterio de demarcación: el experimento, que no es sino un saber hacer guiado. La experiencia, tradición empirista y, por tanto, materialista por detrás, es lo que determina si una explicación es o no científica.
La Ciencia moderna nace, entonces, como Ciencia burguesa.
Busca, buscando en la Red… dí con esta información
Parece el título de una de esas películas de clase B que veíamos en Cine de Súper Acción (Sábados a la tarde, Canal Cinco, ¿se acuerdan?).
Unos seres llegan desde el espacio exterior y se alojan en las mentes de los desprevenidos terráqueos. Una vez allí controlan su cerebro forzándolos a hacer su voluntad y a colaborar con ellos en la conquista del mundo. Por suerte siempre había un héroe, nacido al norte del Río Grande y al sur de lago Erie, que nos salvaba de los rojos aliens venidos del más allá.
Sin embargo esta fantasía primaria, este miedo a no controlar nuestro inconsciente, existe en algún sitio más allá de nuestra psiquis.
Ciertas especies de parásitos parecen tener la propiedad de controlar el cerebro de sus huéspedes y hacerlos dóciles instrumentos de sus oscuros fines.
Las esporas del “Codyceps”, un hongo parásito, se introducen en el sistema nervioso de las hormigas induciéndolas a subir hacia la parte más elevada de un tallo de hierba; una vez allí el hongo brota de la cabeza, destrozándola, para iniciar su nueva vida sobre el cadáver de su huésped.
Más notable resulta el caso del “Sacculina Granífera” que, al infectar a un cangrejo macho, lo convierte (hormona mediante) en una hembra. El cangrejo, devenido “cangreja”, hace un nido en la arena como si fuese a depositar sus huevos pero dejando salir, en realidad, las larvas del parásito.
O el “Gusano Gordiano” que vive dentro de los grillos pero se reproduce en el agua, por lo cual, a su debido tiempo, empuja al animalillo a ahogarse en beneficio de su “pensionista”.
El Toxoplasma Gondii, un conocido parásito que afecta también al ser humano y es potencialmente dañino para las embarazadas, sólo puede reproducirse en el intestino de los gatos. Una vez lograda la cría; los “Toxoplasmitas” son expulsados junto con las heces del felino y, desde entonces, su existencia se resume en la búsqueda del camino de regreso al intestino de otro gato.
Ahora bien, un equipo de la Universidad de Oxford dirigido por Manuel Berdoy ha descubierto que ratones infectados con el Toxoplasma generan quistes en todo el cuerpo, pero especialmente en el cerebro.
Estos quistes, por lo que parece, generan sustancias que inhiben en el ratón el instintivo miedo a ser cazado por un gato. En efecto, ratones infectados colocados en un ambiente con el olor de su depredador, lo ignoraron por completo, en tanto que los no infectados, reconociéndolo de inmediato, evitaron acercarse al lugar.
Los controladores de mentes, pues, existen… y están entre nosotros.
El neopositivismo, o empirismo lógico o escepticismo racionalista, que de todas estas maneras podemos llamarlo, es un loable intento por sanar la escisión básica del ser humano a través de la racionalidad. Simpatizo de veras con él y acepto con agrado muchas de sus sugerencias; al cabo es un hermano mayor, un hijo del siglo de la Modernidad, y fue uno de mis primeros guías en el combate contra los mixtificadores de lo sobrenatural; los anunciadores de trasmundos.
Dicho esto, por entera justicia, debo declarar también que los neopositivistas se equivocan cuando creen que la división que todos padecemos, ese corte fundante entre razón y pulsión, puede ser superada por medio del hiperracionalismo.
Estas buenas gentes suponen, más bien asumen, que negando toda entidad al inconsciente, a los simbólico, a lo totalmente irracional, el sujeto devendrá en un ser racional, objetivo, capaz de elecciones fundadas en juicios lógicos y completamente sano. Es una ilusión, pero se empeñan en mantenerla. Los teóricos del escepticismo al estilo Mario Bunge y muchos neurobiólogos como J.P. Changeux que atacan al psicoanálisis son cabales representantes de esta visión sesgada y peligrosa.
Bunge, neopositivista, cultor del cientificismo y un poco gorila...
Las banderas de estos científicos son dos: la causalidad genética y la expulsión de lo simbólico. Todas las enfermedades, todas las rupturas del supuesto equilibrio, todos los desajustes de la homeostasis ideal del ser humano pueden, nos dicen, ser explicadas por determinaciones genéticas o “por la movilización interna de un conjunto topológicamente definido de células nerviosas” en palabras del citado Changeux (en http://www.arp-sapc.org/publicaciones/lar6.html). Somos lo que nuestros genes y nuestras sinapsis nos mandan ser.
Cualquier discurso que haga hincapié en las honduras invisibles de lo irracional, señalan, debe ser proscrito. No hay tal cosa como pulsiones ni, por tanto, goce, no existen simas inquietantes en la tersa superficie de la máquina mente – cuerpo. Se trata, aventuran, de un programa totalmente libre, de código abierto y susceptible de ser modificado con ayuda de transmisores neuroquímicos.
El humano es, concluyen, un sistema en equilibrio ideal, cualquier desperfecto se soluciona por medio de una medicación específica:
- Tómese usted una de éstas y toda su escisión constituyente desaparecerá por la mañana…
Detrás, o al lado, están las grandes compañías farmaceúticas y los fabricantes de equipos de diagnósticos por imágenes.
Detrás, o al lado, están los amigos y amigas neoliberales.
Detrás, o por encima, están el Estado y el Mercado.
Los neopositivistas no los ven, o no quieren, o no pueden verlos. Su cruzada contra los oscurantismos (nobleza obliga; ímproba tarea) los absorbe de tal modo que hacen abstracción de todo lo demás. Así se enfrentan contra los que deberían ser sus obvios aliados en esta lucha contra la superstición; el marxismo, del cual hablaré en otra ocasión, y el psicoanálisis.
La ironía es que muchos de los descubrimientos de estos científicos bien podrían integrarse en una explicación que no negase, que no proscribiese de entrada, la emergencia del inconsciente. Eric Kandel, excepción a esta regla, ha mostrado brillantemente lo que esta colaboración puede lograr.
Kandel, un neurobiólogo abierto al diálogo
La ironía es que mientras los empiristas creen liberar a la mente humana de los resabios metafísicos, la reducen a una dimensión unilateral y actualizan, por medio de la negación, la alienación de quién no sabe que hay mucho en su interior que ignora.
La ironía es, en fin, que lejos de lograr ese imposible ser racional y autónomo, fomentan el empobrecimiento de la capacidad simbólica en beneficio de una crítica superficial y un discurso sólo aparentemente libre.
No me sorprende, claro.
Es que algunos, hijos rebeldes de la Modernidad, hemos encontrado que la realidad es siempre irónica y dialéctica.
Freud, por razones que se cuentan aquí, un verdadero "argento"

Ser ateo es ser libre.
Sin dudas es una opinión muy personal; pero lo cierto es que no creer en ninguna divinidad proporciona una estimulante sensación de libertad y serenidad.
No hay nadie allí. No hay un ojo mirando, fisgón, ni tampoco otro con quien hablar.
Estoy solo, gloriosamente solo, excepto (gran excepto) por mis amigas y mis amigos. Vos entre ellas o ellos…
Esto es una apuesta inversa a la de Pascal.
Es una apuesta por la cordura y por la madurez. O, lo que es lo mismo, un rechazo a la locura y a la fantasía en cuanto normas de vida.
La locura sensata de la fábula, la quijotesca locura creativa, la fantasía que se reconoce como tal, que divaga por el mero placer de extraviarse en senderos desconocidos son maravillosas; las reivindico y las conservo a mi lado como compañeras de ruta.
Alejo, sí, de mi corazón esa locura frenética que se yergue en cordura, esa fantasía ebria que se dice realidad. Esa necesidad de un mundo ilusorio para poder sobrevivir en éste.
Ser ateo, con orgullo lo digo, pero sin soberbia, es lo mejor que me pudo haber pasado.
En las áridas arenas del exilio que he vivido, ha sido para mí un estímulo y un consuelo no haber caído tan bajo como para buscar el consuelo de un dios…

Jean Luc Picard en sus incursiones hasta el corazón del espacio Borg (inútil; si no sos un poco trekker no entendiste nada...) noticias como la que resumo a continuación son siempre auspiciosas...
¡Hacia el Cinturón de asteroides!
Ahora podremos escucharles, al menos a dos de ellos, y nos contarán, esperamos, inimaginables historias sobre los orígenes de nuestro barrio: el Sistema Solar.
Entre ellas nos ayudarán a saber cómo esta modesta estrella de tipo G que llamamos Sol generó los nueve (todavía cuento a Plutón entre ellos) mundos que lo rodean. Y, lo más importante, ¿cómo, en ese grupo de planetas, se formó uno cuyas características únicas lo hacen exclente para albergar vida?
Mi amigo Cecilio, Testigo de Jehová, tiene su propia explicación, pero a mí no me resultan muy fiables sus fuentes...
que constituye el motor espacial más avanzado de la actualidad (aunque se basa en diseños del alemán Oberth ¡de 1929!), usado antes por los soviéticos
(ah, aquellos tiempos...) para mantener en órbita sus estaciones espaciales.
Vesta es el primer obejtivo. La diosa romana Vesta estaba asociada al fuego, el asteroide de su nombre parece haber estado derretido en algún momento de su pasado, quizás por efectos de una supernova cercana...
, para tomar una gran cantidad de fotos, como algunas personas que conozco, y catalogar, espectrómetro mediante, los elementos químicos de su superficie. Un mapa, y más importante, un diagrama del campo magnético vestiano, les permitirán a los y las científicos confirmar o refutar la hipótesis del núcleo férrico del asteroide.Siete meses después, Dawn ensayará una maniobra jamás intentada (como Riker y Janaway) a saber: dejar la órbita de un planetoide, volar hacia otro y entrar en su órbita... todo ello a miles de millones de kilómetros de la Tierra y de manera automática. El punto de llegada será Ceres, ya no un asteroide, sino un planeta enano, y la fecha probable en el año 2015.
Cubierto de hielo, Ceres guarda tenazmente sus secretos. El mayor de ellos se resume en la pregunta que implica esta gélida capa: ¿por qué algunos mundos pueden retener grandes masas de agua y otros, pobrecillos, son desiertos secos y rocosos?
Preguntas, misiones, exploración...
En este mundo desgarrado por conflictos, en medio de esta guerra larvada que una insultante superpotencia ha declarado a la Humanidad, cuando el espacio se puebla de ojos y oíods dispuestos a guiar bombas y misiles, hay algunas personas que elevan sus ojos hacia el cielo, se interrogan sobre el principio de los tiempos y proyectan un futuro cósmico para los seres humanos.
Uno no es tan ingenuo como para pensar que la NASA es un mero instituto de ciencias, uno tampoco ignora los componentes mezquinos de la exploración espacial desde su mismo origen, uno, en fin, no se hace ilusiones con estos anuncios... pero uno también suspende su escepticismo un poco, sólo un poco, e imagina un porvenir de naves (iónicas, fotónicas o de esa mítica propulsión warp) terrestres ya no estadounidenses, rusas o europeas, viajando más allá del cinturón de asteroides, en busca de nuevos mundos, civilizaciones desconocidas y desafíos científicos aún no imaginados.
Y piensa, volviendo a la cordura, que quizás estas exploraciones nos hagan dejar de lado egoísmos y pasiones menores para sentirnos parte de una misma jornada, la jornada humana que comenzó, tres millones de años atrás en Odulvai.
Al fin y al cabo... con un poco de suerte mis hijos podrán ver a la Enterprise perderse en el abismo del espacio, la Frontera Final...

El mito, presente en nuestros sueños... y también en nuestras vigilias.
Decir mito, o mitología, evoca la imagen de criaturas fabulosas y mágicas, de épicas batallas y de dioses (preferentemente olímpicos) en los que ya no se cree.
Lo dicho no debe hacernos inferir que el mito carezca de toda capacidad heurística; por el contrario, el mito aparece siempre cargado de sentido, pleno de insinuaciones, rebosante de sugerencias más o menos veladas. Tampoco se crea que el mito es un discurso irracional, ajeno a la sensatez, en el mito hay desmesura y hay una tolerancia amplia en lo que respecta a los métodos pero también hay intuición y una certeza que procede más bien de la empatía que del análisis.

El sueño de la Razón, decía Goya quien lo había sufrido en carne propia, produce monstruos.