
Hace mucho tiempo y hace apenas un instante, vivieron, viven aún, una hermosa mujer y un hombre.
Ambos habían recorrido largos caminos, cercanos a veces, muy alejados, otras pero intensos y tumultuosos.
Ella, cabellos de estrellas y ojos dulces como la miel, había levantado su tienda a orillas del río y, desde allí, contemplaba a las barcas deslizándose por la mansa corriente.
Él, ojos mansos y corazón atormentado, recién desembarcaba de un viaje por tierras de soles extraños y ardientes y aún traía en la mirada los fuegos de los volcanes que había visitado, las canciones bárbaras que había escuchado y mil cuentos de esos que relatan los viajeros y uno debe creer sólo a medias.
Ella lo vio desde su tienda y supo que en él había algo más de lo que se veía a simple vista... los rastros de una pena muy honda y el ansia negada de un puerto donde reposar.
Él la vio, apenas puso el pie en tierra, y sintió que debía correr a su lado y escuchar, de sus labios, esas palabras que en vano había buscado en tierras de lunas lejanas.
Se acercaron y murmuraron unas pocas palabras de saludo.
- Has llegado- dijo ella, como anunciando algo esperado.
- He llegado, mas no sé a donde...- respondió él.
- Has tardado demasiado, pero sea bienvenida la hora que te acerca a mis playas.
- Vine como he podido- dijo él- no escogí ni el día, ni la hora de este viaje y, en verdad, de haber podido elegir nunca lo hubiese emprendido... - era seca la voz del hombre, y por un momento su rostro se puso duro y frío como los acantilados en los cuales había jugado su vida.
Ella guardó silencio, porque las palabras eran duras y dolían. Al fin, sin embargo, habló y dijo:
- Hay viajes que, aún demorados, son beneficiosos no por su meta, sino por emprenderlos. Los vientos te empujaron hacia mí, ¿te arrepientes de ello?
- Ningún hombre- contestó con una sonrisa que borraba su ceño adusto- contaría como pérdida el viaje que le lleve hacia tí. Estoy cansado, perdona mi rudeza y concédeme el refugio de tu tienda, mujer.
Ella accedió y él durmió toda aquella tarde, y la noche siguiente, en los aduares de la mujer.
Ella veía como su rostro se tornaba dulce y sereno mientras descansaba, y como las arrugas desparecían del rostro del hombre.
Él soñaba, por primera vez en mucho tiempo, sueños placenteros y bienvenidos...
Cuando despertó no hubo necesidad de palabras.
Besos apasionados los unieron, caricias anhelantes y abrazos deseantes los traspasaron, los cuerpos, desnudos, se fundieron en uno solo y no hubo lugar para la duda, la desesperanza o la tristeza.
Así fue durante largos días.
Pero una mañana él sintió la nostalgia del mar y de las tierras ásperas de donde procedía y una invencible necesidad de viento y sal se apoderó de su alma y no hubo más sueños tranquilos ni despertares apasionados.
- No quiero que te vayas- dijo ella.
- Cuento como perdida cada hora que permanezco en esta playa- respondió él, fingiendo dureza, pero en realidad ahora que las velas estaban izadas no tenía deseos de partir y, sin embargo, ardía por dejar atrás el manso río y las costas donde ella vivía.
Y no sabía a que impulsos obedecer.
Y ella guardó sus lágrimas en silencio.
Y él partió.
Mientras se alejaba ella, sin que él la escuchase, murmuró:
Vous avez été celui pour moi…
Pero su barca ya se había perdido en los recodos del río.
Un día, después de no mucho tiempo, la barca volvió.
Y él sonreía frente al timón, y su cabellera estaba coronada de estrellas, y sus ojos brillaban como el sol del amanecer.
Y ella supo que volvía en su busca.
Y enjugó sus lágrimas.
Y fue a su encuentro.
De un salto él bajó de la nave de alto bordo y la tomó en sus brazos. No hubo palabras, sólo un beso muy hondo y muy diferente a los que solían darse en los primeros días, de sudor y ansias desmedidas.
Desde entonces ella y él pasan muchas horas en los aduares a orillas del ancho río.
De cuando en cuando, empero, él parte en demanda de mares lejanos, de soles extraños y de tempestades a las que desafiar.
Ella, también, parte a veces en corceles alados a tierras lejanas, de ensueño y montañas, que él ignora.
Puede que no se vean por largos días.
Puede que él la busque en sus montes o que ella lo siga por los mares.
Puede que reposen juntos.
Puede que se vuelvan a alejar.
Pero lo que ambos saben, y no dudan, es que siempre volverán a encontrarse.
Escrita originalmente en la madrugada del martes 17 de julio de 2007, pero mucho más cierta hoy que nunca...