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lunes, julio 12, 2010

Como me convertí en Héroe de la Unión Soviética II

Segunda parte del relato.

2.- Prisionero en la Unión Soviética.
La nave, es decir mi cabina apenas cerrada por dos puertas de plexiglás, parecía inmóvil. Se agitaba, eso sí, pero el efecto era similar a un viaje en tren en un asiento colocado de espaldas a la locomotora; todo lo que estaba a mi alrededor se movía hacia atrás con bruscos saltos. Dejé de ver a mi amigo, abrazaba a Viviana, creo, y pude observar, brevemente, su llegada al lugar un par de meses atrás, luego aparecieron muchos uniformes militares, rampas de lanzamiento, un pastizal y, finalmente, el mar en la distancia. Por fin las imágenes se hicieron inidentificables, simples manchones de color ocre. En el tablero el indicador de tiempo transcurrido señalaba los años corriendo al revés y el de destino seguía fijo en 1955. Según me explicase (sería mejor decir me explicaría, pero esto embarazaría la redacción) David, aún no era factible determinar el flujo temporal más allá de un año de aproximación, por lo tanto ambos indicadores no registraban meses, ni días, por no hablar de horas. Al parecer, aunque cuando me lo aclaró yo estaba comunicado con la Bolsa de Tokio (en mi tiempo hubo una Bolsa en Tokio), el dispositivo funcionaba como una honda, en la cual mi nave era el proyectil; los generadores creaban un vórtice temporal, sea lo que fuese eso, y la arrojaban hacia allí, absorbida por la hiper gravedad (creo) la nave se dejaba llevar hasta que el vórtice cesaba de actuar sobre ella, entonces caía, así lo dijo, en el tiempo deseado con una aproximación de unos seis meses, según calculaba. Bueno, al menos es lo que recuerdo, estoy seguro que su explicación fue mucho más técnica, pero las matemáticas, salvo las financieras, no son mi fuerte.
El paisaje a mi alrededor adquirió de pronto más consistencia, unos árboles se hicieron visibles y el contador del tiempo se detuvo. Suavemente, la nave dejó de zarandearse y pude sentir que la fuerza que me empujaba se había desvanecido. Me dolía la cabeza y tenia ganas de vomitar, una sensación nada diferente de una resaca de domingo por la mañana, cerré los ojos y me quedé dormido.
Me despertaron voces ásperas en un idioma desconocido. A través del plexiglás veía tres figuras con uniforme y gorro de astracán, tal vez este detalle sea un recuerdo posterior, detrás de las cuales se veía un colorido cartel que representaba, idealizada, la imagen de la base militar que David arrendaría en un lejano futuro...
¿Dónde y cuándo estaría?, me pregunté. El lugar, claro, era obvio, la misma base militar de Kazajistán, el tiempo... Miré los cuadrantes, el indicador de lapso señalaba 1957, con un desagradable mas o menos que me hizo desconfiar de las precisiones de David, evidentemente el vórtice me había llevado un par de años antes (o después) de lo previsto.
Abrí la portezuela de la derecha y saludé con una amplia sonrisa.
Dos de los hombres me gritaron algo que no entendí, pero como me apuntaban con sus ametralladoras opté por levantar las manos. El tercero me colocó unas esposas y me llevaron hasta una barraca cercana.
- Bueno- me dije- estoy en la Unión Soviética, en el año 1957... y sin un rublo en el bolsillo. Esto va a ser difícil.
Pero sabía que podría superarlo, la desagradable imagen de mi amigo David diciéndome que no podía regresar se me presentó muchas veces mientras caminábamos sobre la espesa nieve, ahora estaba seguro que me había hecho trampa (como cuando éramos jóvenes y cantaba envido con veinticinco), sin embargo no soy de llorar sobre la leche derramada y decidí que me amoldaría a la situación; puesto a elegir hubiese preferido Nueva York, Los Ángeles o incluso Rosario en los años 50, pero si era la URSS ya me las ingeniaría. Por supuesto yo tenía sólo una somera idea de la historia del siglo XX y mucho menos de la historia rusa, sabía que hasta los 90 habían sido comunistas (es decir había algo así como una dictadura que estaba en contra de la propiedad privada) y que se peleaban con los yanquis por dominar el mundo; tenían misiles, naves espaciales de mala calidad y un clima horroroso (como lo estaba comprobando en ese momento) y carecían de las comodidades de la vida moderna, incluso de las pocas existentes en esa época. No era mucho más lo que podía recordar y, por otra parte, eran conocimientos fragmentarios, como fotos fijas de un viejo noticiero.
Por empezar el idioma.
No entendía las preguntas y ellos no entendían mis respuestas. No eran demasiado locuaces, es cierto, lo cual era una ventaja ya que al cabo de un par de horas era capaz de saber que indagaban sobre mi nacionalidad y mi misión. Creían que era un espía norteamericano y que mi nave era un modelo experimental de avión observador. Les repetía que era argentino, pero ninguno de mis interrogadores parecía comprenderme. Hasta que llegó Eliana.
Eliana Fedorova Koliakov, rubia, bajita, rasgos marcadamente eslavos, una preciosura, me dije y además hablaba inglés. Lucía un lindo uniforme azul marino, con una estrella roja en la solapa, y parecía salida de una película de James Bond (una de mis fuentes sobre la cultura soviética). Recuerdo su primer gesto, frunció la nariz, tomó una palmeta que colgaba de la pared y me azotó con ella mientras me preguntaba por mi nombre, grado y número de serie. Creo que en ese momento me enamoré de ella.
- Egoeimí- respondí. Gustavo Egoeimí.
Aquí debería haberme besado, pero en su lugar repitió:
- ¿Gustav Egoiov?
- Más o menos- le respondí en inglés- soy de Argentina, ¿Sudamérica, te ubicás?
- Arguentinya, yes- dijo- at Amerrika- y agregó- ¿are you peronista?
- ¿Peronista?- pensé; bueno fui amigo de Menem y de Duhalde y no tengo problemas con los Kirchner- sí, yes- respondí- I’m peronista...
- ¡Fascist!-escupió ella y a una rápida orden suya me desvistieron por completo.
Iba a comenzar un duro interrogatorio cuando apareció en escena otra mujer; apenas más alta que Eliana, se llamaba Katia, Katia Anenkova Iskandariev, supe después, y era la comisaria del partido en la región. Una belleza morena, con algo de sangre uzbeca, o armenia quizás, ojos de almendra y brazos fuertes en su uniforme caqui. Parecía la heroína perfecta para escapar a través de las estepas. Me enamoré de ella también.
Discutieron un momento, en un ruso incomprensible, creo, hasta para un moscovita, acerca de que hacer conmigo. Al parecer Eliana pretendía remitirme a la KGB para un interrogatorio en regla, pero Katia insistía en llevarme a la sede del Partido y colocarme bajo su custodia. También discutían como podían clasificarme políticamente; Eliana decía que un peronista no era más que un fascista sudamericano, Katia, por su parte, sostenía que los peronistas habían sido derribados por un golpe de estado auspiciado por la CIA, en consecuencia eran aliados tácticos del régimen soviético (todo esto, claro está, lo supe más tarde). Recuerdo que me sorprendió el profundo conocimiento que tenían, en una perdida estepa del Asia Central, acerca de mí país, sabían cosas que yo mismo ignoraba y, si bien nunca fui muy afecto a la Historia, debía reconocer que sus argumentos (cuando me los tradujeron) resultaban igual de convincentes en uno u otro sentido.
Por fin quedó decidido, me enviarían a la infame prisión de Lublianka (lo de infame es sólo para darle cierto color local) y así lo hicieron, para mi agrado fui escoltado por ambas.
El viaje duró un par de semanas, no había trenes disponibles y nuestros papeles se perdieron en trayecto entre la base y Alma Ata.
Aproveché el tiempo disponible para aprender el idioma, con algunas variantes dialectales, ya que Eliana era azerí, de Bakú, y Katia ucraniana, de Odessa, de manera que al llegar a Moscú podía hablarlo tan bien que hasta entendía las bromas que me hacían mis dos custodias. Recuerdo que entramos riendo al edificio principal y que me llamó la atención el enorme retrato de un tipo, rostro franco y pesado, bigotes y la mirada fija en nosotros que, por supuesto, reconocí de inmediato.
Era el Gran Hermano, el gobernante (¿o era dictador?) de la novela 1984. Por cierto, aclaro que yo había leído el libro, pero sí había visto la película (¿para qué leer si todos los grandes libros están en formato DVD?) y el programa de televisión.
Allí estaba, dijo Katia, aún después de muerto seguía vigilando el destino de su pueblo, irritada, Eliana dijo que no sabía por qué no sacaban ese maldito cuadro de allí, y que ese había sido un tipo nefasto para la Unión Soviética.
Tomé nota de la discusión entre las chicas, que resolví con una amable nalgada para ambas, saludé al pasar el retrato del viejo Stalin y, como si él me iluminase, me vinieron a la mente un par de ideas; pero me dije que todavía no era el momento de llevarlas a la práctica y entré a la prisión.

No sé muy bien de donde le viene la fama de siniestra a esta cárcel; una vez que se ha visto una se las ha visto a todas. Claro, no es el lugar que yo hubiera elegido para pasar mis vacaciones pero, salvo el tamaño, no era tan diferente de la cárcel de Coronda, en Argentina. Yo la había visitado después que ganamos la licitación para mejorarla, de hecho después de terminada la obra, y no era muy distinta de Lublianka.
Los primeros dos meses en la prisión no fueron los más agradables, lo confieso, no manejaba bien el idioma y la mayor parte de las palabras que me enseñaron mis amigas no servían demasiado allí, pero el grupo humano era encantador, los evoco con cariño, ahora que muchos de ellos ya no están.
Algunos me recordaban amigos de la City porteña, pero más ingenuos, otros, los disidentes los llamaban, eran muy quejosos, pero buenos tipos, muy cultos (y yo respeto la cultura) si bien un poco idealistas. No podía seguir del todo sus intrincados argumentos ¡y en ruso!, pero deduje bastante de ellos.
A juzgar por sus palabras en Rusia se había traicionado la Revolución, ellos añoraban los viejos tiempos (aquí había muchas variantes, un par añoraban al Zar, no sé cuál de ellos, otros a un tal Kerensky, pero la mayoría a Lenín) y aspiraban a restaurarlos. Yo les decía que había que mirar las cosas positivamente, que no era bueno quejarse y que la política, en el fondo, no valía la pena, lo mejor era pensar afirmativamente.
Así que conseguimos un espejo y todas las mañanas ensayábamos afirmaciones positivas. Ya saben, cosas como, “yo soy bueno”, “el mal no existe”, “estoy en armonía con el mundo”, “todo está bien si termina bien”, “no hay espinas sin rosas” y esas cosas...
Al tiempo los muchachos, en su mayoría, dejaron de causar problemas.
Era curioso, yo me limitaba a escuchar y asentir de vez en cuando, y esto los convencía de que era un leal miembro de su causa..., para los dos zaristas yo era un monárquico, para los socialistas revolucionarios el mejor desde un tal Gotz y para otros un discípulo de Trostky que los organizaría para la toma del poder. Me ofendía un poco que pensaran así de mí, ¡yo que jamás tuve una causa!, pero los muchachos eran así.
Un día me llamaron del despacho del director de la prisión.
- ¿Usted es el tal Gustav Egoiov?- me preguntó en ruso- ¿el argentino?
- El mismo- respondí.
- Tengo informes sobre usted- y consultó un grueso legajo- ha alterado a los presos y tiene una prédica disolvente...
- Le aseguro que...- intenté responder, pero me cortó.
- ¡Silencio!, sólo responderá cuando se le interrogue; ¿está claro?
Asentí.
- Usted es extranjero, pero la embajada de su país niega conocerlo- iba a replicar pero su gesto era harto elocuente- no sabemos de donde viene, ni quién es realmente.
- Bueno, yo...
- ¡Silencio!- repitió- esto no importa. ¿Se considera un buen comunista?
- Tan bueno como cualquiera, señor, pero ¿qué es realmente un comunista?- en esos meses mi imagen del comunismo había cambiado. Oh, no es que yo viera todo rosa ahora, pero sé adaptarme, en la cárcel no la pasás bien, por supuesto, no obstante: ¿de qué servía quejarme?
- Un buen comunista acata las decisiones del Partido- respondió- un buen comunista cree en la clase obrera y en el triunfo del proletariado...
- De eso no sé mucho, señor, pero si usted quiere decir que hay que estar bien con el gobierno, criticarlo por lo bajo, proponer grandes cambios, no hacer nada sin consultar más arriba y mantenerse donde uno está, bueno, le recuerdo que soy argentino.
El director de la prisión se sonrió y me ofreció un asiento.
- Tengo algunas ideas- dijo.
Estuve dos años en Lublianka. La mayor parte del tiempo en el despacho del director, de los directores debería decir, ya que cambiaron tres mientras permanecí allí. Me volví su mano derecha; organizaba sus reuniones, llamaba a su esposa cuando él no deseaba volver a su casa, (volví a ver a Eliana por entonces, se había casado con el segundo director y alguna vez fui de visita en su lugar), armé un par de grupos de estudio con los internos, un taller de arte y una biblioteca; al fin y al cabo los tipos sólo querían ser escuchados...
En fin, que hicimos de Lublianka un lugar agradable, me enorgullezco de eso, no es que la comida fuese ahora excelente (de hecho era la misma bazofia) pero había un menú para elegir, ni que se fumigasen las camas, si bien permitimos que rotasen los colchones y así cada día los detenidos esperaban a la noche para intercambiarlos (siempre tenían la esperanza de que esa noche le tocaría uno sin chinches y si no, sería la próxima), tampoco los guardias eran mejores, pero hice correr el rumor de cambios inminentes y eso los ponía de mejor humor, a ambos.
No los aburriré con los detalles, que pueden consultarse en mi libro “Cárceles participativas, cárceles mejores”, pero me permito recordar un episodio particularmente significativo:
Habían echado a un guardia, un tipo menos brutal que los demás, según decían, si bien conmigo todos eran bastante amables, y muchos le echaban la culpa al nuevo director. Hice correr la voz, entonces, de que ese guardia había sido despedido injustamente y me permití asegurarles que, efectivamente, era culpa del funcionario recién llegado; un grupo aceptó a pie juntillas esta versión y comenzó a protestar en voz más que alta. A la vez convencí a ciertos internos de que la protesta era una maniobra del viejo director para volver a su antiguo puesto, que él había echado al guardia en cuestión y que los disconformes serían beneficiados con una conmutación de penas apenas regresara el viejo burócrata. También me entrevisté con ciertos guardias para ponerlos sobre aviso respecto de un intento de fuga encubierto por las protestas y a unos presos cuya condena casi acababa les declaré que todo estaba orquestado para frustrar su inminente liberación. Al cabo de un par de días estaban todos tan enfrascados en sus peleas internas que olvidaron el asunto del guardia y el nuevo jefe pudo hacerse cargo de sus funciones sin mayores inconvenientes. Es que la gente necesita algo en que pensar mientas está en la cárcel; ¿verdad?
Lublianka funcionaba bien, pero yo ambicionaba algo más; me había estancado y buscaba nuevos desafíos y horizontes más amplios. Entonces vino de visita mi amigo; Nikita.

viernes, julio 09, 2010

Como me convertí en Héroe de la Unión Soviética (Tal como lo escribió Gustavo Egoeimí)

Este es un relato que escribí, por primera vez, en 2005. He hecho unos pocos cambios, mayormente sintácticos, y ahora (con cierto pudor) lo publico en tres partes. Espero que les guste y espero, también, sus comentarios...


1.- En otro lugar y otro tiempo.

En 1985, con mi viejo amigo de la secundaria; David Dezorzi, quedamos muy impresionados por una película de Ciencia Ficción llamada “Volver al Futuro”. El film contaba la historia de un científico norteamericano (sí, aunque no lo crean) que construía una máquina para viajar en el tiempo; el joven asistente del científico usaba el aparato para trasladarse hasta 1955 y rectificar así su desastrosa historia familiar.
Recuerdo que durante largas noches comentamos con David los detalles de la trama. En una de esas ocasiones él, ya cursaba el primer año de la Tecnológica, mencionó que fabricar una máquina del tiempo no era algo tan descabellado como podría suponerse. Escéptico, le repliqué que sólo decía eso por ignorancia y lo desafié a intentarlo.
-¿A qué no te animás?- le dije, como si fuese un juego.
- ¿A qué sí?
- David- repliqué con voz algo pastosa (no estábamos acostumbrados a tomar) si podés construir una máquina que pueda llevar a una persona hacia atrás en el tiempo, hic, yo, tu amigo, hic, hic, ¡tu hermano! Gustavo, voy a ser el primer tipo en viajar en ella…
Fue, claro, una simple baladronada del pibe que todavía era, pero el lo cierto es que David se lo tomó en serio.
Fue hasta su escritorio, tropezó, arrancó una hoja de un cuaderno y escribió mi propuesta.
-         ¿Una firma?- dijo alargándome la birome.
-         ¡Cómo no! – dije antes de dormirme. Y estampé mi nombre al pie de la hoja.
Después olvidé el asunto, creía que para siempre.
Una tarde, hace ya muchísimos años para mí, David, con veinte años más; barbudo, desaliñado y sucio, pero con el mismo brillo inconfundible en sus ojos azules, tocó el timbre de mi departamento. Me sentí, por cierto, feliz de verlo y lo hice pasar.
Debo decir que yo aún no me había casado, lo que secretamente deploraba, y vivía en un confortable piso de la Avenida Libertador, en Buenos Aires, capital de la Argentina por entonces, disfrutando de un suculento sueldo como asesor de imagen y otros negocios menos transparentes.
-         Hola, David- le dije emocionado- hace más de...-dudé- ¿cuánto que no te veo?
-                     Diecinueve años, tres meses, veinte días y- miró su reloj- catorce horas desde que nos encontramos por última vez.
-                     ¡Qué preciso, che!, no hacía falta ser tan exacto con el tiempo.
-                     El tiempo- respondió aceptando el asiento que le ofrecía- es lo más importante para mí...
A continuación se enfrascó en un largo relato de su vida en el cual se percibía que, de verdad, el tiempo se había vuelto su obsesión personal.
No tengo nada contra las obsesiones, la mías había sido, desde que dejé la Facultad de Comunicación Social, ganar dinero, y a ella había sacrificado todo lo que poseía o podría tener; sin embargo, en el caso de David la búsqueda de las claves para viajar a través del Continuo Temporal había desplazado cualquier otro interés.
Después de dejar el Politécnico, Dezorzi estudió Ingeniería Nuclear en la UTN (y se casó con Viviana, mi novia de la Secundaria), Física Avanzada en Alemania, Teoría de las Redes en el MIT (un instituto en lo que era entonces los Estados Unidos) y Epistemología en La Sorbona. De regreso a la Argentina, después de rechazar ofertas de importantes laboratorios en Europa y Japón, consiguió un puesto de investigador en el CONICET (hasta que su programa fue cancelado por el Ministro de Economía Cavallo en 1999) y una cátedra en la Universidad de Rosario que le reportaba un sueldo de unos $700 (por debajo de la línea de pobreza), de los cuales gastaba la mitad en casa y comida y el resto en equipar su modesto laboratorio.
Debo decir que realmente me conmovieron su dedicación y esfuerzo, así como me afligió su mala suerte.
Mi vida había sido diferente y, durante los dorados años 90, había prosperado más allá de los sueños más avariciosos que pudiera tener. Tres departamentos, una casa en un Country, varias hectáreas sembradas en Buenos Aires y Santa Fe,  dos autos (uno, deportivo), un yate (pequeño; 20 metros de eslora), una próspera agencia de mercadotecnia y publicidad, con florecientes departamentos de Internet y multimedia,  y ahora, pensaba en la conveniencia de invertir parte de mis ganancias (obtenidas en el mercado de soja) en la compra de un avión particular. Algo parecido a la vergüenza, debo confesar, me asaltó ante la historia de mi amigo y, supe, más allá de las abismales diferencias, que ambos, pese a todo, estábamos tan solos como en aquellas tardes de 1985.
-                     De eso quería hablarte, Gustavo- dijo entonces David- ¿te acordás de esto?- y sacó de su guardapolvo gris un gastado trozo de papel que ostentaba, en su ángulo inferior derecho, mi propia firma de veinte años atrás.
-                     No sé que es eso, David- mentí.
-                     Sí que lo sabés- señaló, rechazando mi pretensión de ignorancia- y espero que sigás siendo el tipo que conocí, el Gustavo que nunca se volvió atrás de una promesa.
Hubiese querido decirle que, desde entonces, había quebrantado mi palabra tantas veces que en realidad no podía recordar cuando fue la última vez que dije la verdad, pero, para no perder la costumbre sólo respondí:
-                     ¡Por supuesto, che!- y agregué (¿dije ya que estaba realmente conmovido?)- ¿cuánto necesitás?
Me arrepentí al instante, pero ya era tarde, David Dezorzi se abalanzó sobre mí con la fuerza de un alud y me sepultó bajo una montaña de papeles, diagramas, diseños de computadora (había usado una vieja máquina de la Facultad, así que le regalé una vieja notebook) y fotocopias de libros en alemán, inglés, ruso y japonés que demostraban, según él, la factibilidad del viaje a través del tiempo.
-                     ¡Es posible, Gustavo, es posible!- exclamó entusiasta- las bases teóricas existen, los componentes ya han sido inventados, los riesgos son mínimos y las posibilidades- aseguró- ilimitadas.
Al oír estas palabras: “posibilidades ilimitadas” mi cerebro entrenado percibió estas otras: “ganancias fabulosas” y comencé a prestarle mayor atención.
 Ahora bien, yo era un exitoso inversionista argentino, me manejaba en el mundo real y, por supuesto, no estaba en mi naturaleza arriesgarme en un emprendimiento cualquiera, al fin y al cabo había salido indemne de la última crisis, pero hubo algo que me convenció.
-                     Vos vas a viajar, obviamente- dijo- y vas a ser muy famoso.
-                     ¿Famoso?- respondí fascinado por la palabra- yo no soy famoso- agregué, casi para mí mismo- en los 90 era bastante pibe y ahora se estila el bajo perfil pero... - me dejé llevar- salir en las revistas, ser entrevistado, tener muchos amigos en Facebook… Y además lograr una audiencia privada con el Presidente, el del Norte, claro, vender la tecnología a la NASA..., sacar una franquicia, cobrar regalías...
No recuerdo el resto de la charla, ni siquiera sé si seguí hablando con David aquella noche, pero lo cierto es que al día siguiente él tenia en su poder un cheque mío, el primero, por algo así como tres mil dólares (lo miraba como si fuese una fortuna) mientras que yo continuaba soñando con los beneficios potenciales de una “Máquina del Tiempo”.
Un mes después, cuando había olvidado el asunto y daba, no sin nostalgia, pero satisfecho de mi generosidad, por perdido el dinero, recibí una llamada por cobrar desde Kazajstán.
-                     ¿Kazajstán?- me dije- eso debe estar por Medio Oriente; ¿quién podrá ser?
Tenía, es cierto, algunos intereses en Irak desde la invasión,  pero Kazajstán, por lo que podía recordar de López Raffo, estaba más lejos... ¿no era una de esas republiquetas inestables surgidas de la caída de la Unión Soviética? (era otro tiempo, deben recordarlo).
Acepté la llamada y, me sorprendí, al escuchar desde el otro extremo del mundo la voz de mi viejo amigo David.
-                     No lo vas a poder creer, Gustavo- me dijo a guisa de saludo- pero aquí me venden tres reactores tipo IC 45 y un condensador de movimiento con relés automáticos por sólo tres millones de rublos...
-                     ¿Ah sí?- respondí haciendo un rápido cálculo en dólares - ¡ah sí!- repetí cuando el cálculo estuvo hecho- ¡son treinta y tres dólares!- exclamé- sea lo que sea eso, David, es una pichincha, ¡comprá dos!- le dije.
Me hizo caso, desde luego,  pero había un problema, el flete desde Astana hasta el puerto de Buenos Aires (la Aduana no contaba porque el comisario era amigo) nos encarecía el precio en un 900%. Lo mejor, argumentó David, era mudar todo el proyecto a las estepas cercanas a Alma Ata y operar directamente allí.
Sin saber muy bien por qué, y como mis vacaciones estaban próximas, no sólo acepté sino que nos trasladamos con laboratorio, cuatro asistentes de su equipo, un  par de estudiantes y todo (incluso, Viviana, la esposa de David quien se entusiasmó con el proyecto, o tal vez con el viaje gratis) a aquella desolada región.
Cuando llegamos nos sorprendimos al ver que David había arrendado una antigua base militar desmantelada para instalar su complejo.
Mientras mi amigo se reencontraba con sus aparatejos y sus alumnos, Vivi y yo nos entretuvimos paseando por el lecho seco del mar de Aral u organizando excursiones al Tarbagai. Y nos hicimos muy amigos, debo decir.
De cuando en cuando dejábamos nuestra habitación en el hotel para visitar a mi amigo y “supervisar”, como él decía, su trabajo.
Mi mayor interés era, claro, que todo estuviera en orden en el improbable, pero no imposible, caso de que el proyecto funcionase.
Sin saber por qué me sentía obligado para con David por mi antigua promesa y Viviana insistía en que, puesto que se suponía que yo debía viajar en el artefacto, no debía escatimar gastos en su construcción (que yo pensaba no terminaría nunca)
Por fin, una mañana luminosa de invierno, tres días antes de fin de año y dos de mi regreso a Buenos Aires, David se presentó en el Hotel.
Vivian y yo tomábamos el té cuando él, visiblemente emocionado, anunció:
-                     Ya está lista, Gus
-                     ¿Qué cosa?- pregunté estúpidamente.
-                     La máquina del tiempo- aseguró- y esta tarde viajarás en ella.
Y no pude decirle que no.
Era una especie de cabina abierta, extraída de un viejo parque de diversiones rosarino, conectada por un tubo a un gigantesco acelerador de partículas, según dijo David, y singularmente desprovista de los cuadrantes que yo esperaba encontrar.
-                     Algo tosca- aseguró mi amigo- pero funciona, la ensayé con éxito esta mañana.
-                     ¿De verdad?- dije suspicaz- ¿con qué?
-                     Con esta botella de vodka- respondió- la envié cien años en el pasado y la recuperé en el lecho del mar...- me alcanzó un vaso- ahora es verdaderamente añeja...
Realmente el vodka tenía un sabor terrible y eso me convenció de la exactitud de los cálculos de mi amigo.
Me explicó que la cabina sólo contaba con un indicador, un tablero con dos pantallas digitales, para señalar el punto del tiempo al cual me dirigía y el lapso de tiempo transcurrido desde mi partida. Todo el proceso, agregó, era automático.
-                     Y puesto que viajarás vos solo no hace falta más, ya que no sabrías operar los controles.
-                     Bueno- dije entonces- si viajo sólo me queda algo que pedirte.
-                     Por supuesto- respondió- ¿de qué se trata amigo?
-                     Una pavada, en realidad, quiero que firmés este contrato por el cual me cedés todos los derechos sobre tu máquina del tiempo, sus utilidades, derivaciones, uso profesional, educativo y/o comercial y...
-                     Por supuesto, Gustavo- dijo sin dudar- claro que me gustaría que el aparato llevase mi nombre.
-                     ¡Claro David!- le contesté- faltaba más- la llamaremos la máquina Gustavid ¿qué te parece?
-                     Bárbaro, loco- estaba realmente emocionado.
-                     Eh che, ¿somos o no somos amigos?. La máquina Gustavid de Industrias Egoeimí ¿qué talco?
Firmó de inmediato agregando la cláusula, que hablaba de su buen corazón, de que en caso de que me pasara algo la propiedad del aparato pasaba a mis herederos directos, hijos si los hubiese, esposa en el caso contrario. En el apuro de la partida  olvidé mencionarle un detalle; Vivi y yo acabábamos de casarnos...
A las quince y treinta, hora de Asia Central, los cuatro reactores nucleares comenzaron a funcionar, dejando momentáneamente sin luz a la región oriental del país, y el acelerador de partículas empezó a ronronear como una gatita mimosa. Viviana se había acercado para despedirme y me observaba, sonriendo, junto a mi amigo David Dezorzi.
Convinimos, como un homenaje a la película que nos inspirase (bueno, no a mí, pero sí a David) en que viajaría hasta el año 1955.
-                     ¿A qué lugar llegaré, David?- quise saber, a mí me hubiese gustado Nueva York, pero, por supuesto, el científico era él.
-                     La máquina no se mueve en el espacio- respondió- sino en el tiempo.
No entendí su respuesta, pero ya el aparato comenzaba a agitarse como si recordase sus buenos viejos tiempos en el parque de diversiones.
Recuerdo que en ese momento me pregunté por la ausencia de periodistas, pero con un par de guerras tan cerca no era extraño que no hubiesen concurrido al viaje inaugural de una máquina del tiempo, ya los convocaríamos al regreso.
-                     A propósito- le pregunté mientras el aparato comenzaba a vibrar cada vez más rápidamente- ¿cómo hago para volver?
-                     No lo sé- dijo David con una desagradable sonrisa- ¿recordás tu propuesta?- y citó:- “un dispositivo que le permitiese a un ser humano moverse hacia atrás en el tiempo”, vos no dijiste nada de moverse hacia el futuro así que no desarrollé ese concepto- terminó mientras abrazaba a Vivian y se reía a carcajadas.
No recuerdo más porque en ese momento el viaje comenzó.



viernes, abril 16, 2010

Escépticos


La semana pasada Mario Bunge estuvo en la Argentina. Con su habitual desenfado se explayó sobre sus temas favoritos e impugnó, como acostumbra, lo que él denomina pseudociencias. Atacó, en especial, al psicoanálisis; al cual califica de “macana” y dejó caer unas cuantas ironías sobre su vigencia en un país como el nuestro.
Bunge y el psicoanálisis, por supuesto, son sólo una excusa.
Un pretexto para hablar de aquellos que, como él, se han atrevido a levantar la voz contra ciertas unanimidades.
Ante la caterva de magos, ocultistas, charlatantes y deshonestos que andan por este mundo nuestro vendiendo sus falsos misterios, muchos han reaccionado enérgicamente para decir: ¡un momento!, ¿qué pruebas tienes para afirmar cosas tan extraordinarias
O, más directamente; ¡dejá de batirla, che!
Estas personas, valientes para desafiar las convenciones y tenaces como todo aquel que está convencido de su misión, son conocidas como escépticos.
Un escéptico es alguien que duda.
No se trata de un negador sistemático, de un pesimista ni, mucho menos, de alguien de mente estrecha.
Es un hombre, o una mujer, que considera que la razón debería ser una guía para investigar el mundo.
Es un curioso que no se convence fácilmente.
Un inspector de ideas, si así lo prefieren.
Se ha dicho que el padre de la ciencia es el asombro, y es verdad, pero el asombro puede dar lugar a muy diversas conclusiones. La madre de la ciencia, única como toda madre, es la duda. Sin el asombro tendríamos una ciencia de lo obvio, de la banalidad, sin la duda tendríamos saberes vagabundos, incapaces de formar una trama coherente.
El escéptico recupera la tradición científica de dudar y hace bien. Suele, una lástima, olvidarse del asombro y allí está su límite.
Como don Mario, valiente sembrador de dudas, pero receloso ante la hierba de lo nunca antes imaginado.

lunes, abril 05, 2010

Patria indígena


En estos días he vuelto a leer nuestra Historia. Exigencias de la docencia, pero también el placer de reconocerme en ese pasado común.


No creo en los nacionalismos extremos, mucho menos en esas historias sesgadas que están de moda donde, so pretexto de oír la "voz de los vencidos", se los aisla del resto de la humanidad, se proyecta sobre ellos ideales anacrónicos o se les atribuyen hechos y actitudes que no existieron. 

Nuestros ancestros indígenas ¿quien puede asegurar que no posee alguno? no fueron siempre héroes, no tuvieron esa especie de aura "ecológica" que muchos les atribuyen, aunque ciertamente respetaban mucho más que nosotros la Naturaleza, siquiera por temores mágicos, no formaron una entidad cultural única, ni se opusieron sistemáticamente a la invasión. Eran mujeres y hombres que vivieron, como nosotros, una historia que no pudieron elegir y, frente a ella, se posicionaron; resistiendo, contemporizando, escondiendo o luchando...

En el nacimiento de la Nación Argentina, una nación inexistente entonces, una nación creada, una nación que es multiétnica y plural, la presencia nativa fue permanente y, en muchos casos, fundamental.

Acostumbramos a pensar en el Virreinato del Río de la Plata como un gran mapa compuesto por los territorios de cuatro repúblicas actuales; Bolivia, entonces el Alto Perú, Paraguay, Uruguay y Argentina más algunas regiones del Brasil (Río Grande, Paraná) y Chile (Antofagasta).
Sin embargo nada más lejos de la realidad; el Virreinato era un territorio rodeado, por el norte y por el sur, por extensos dominios ocupados por los pueblos originarios. 

Existían tratados formales, algunos se remontaban al siglo XVII, que reconocían a los pueblos originarios unos territorios bajo su exclusivo dominio.
La presencia del indígena, tanto el sometido como el libre, fue una constante durante el periodo colonial.

Los "indios" encomendados del Noroeste estuvieron desde el principio, como artesanos y campesinos explotados. Algunos de ellos perdieron sus marcas de identidad, otros las conservaron en la oscuridad, muchos las recuperaron en estos últimos años.

Los guaraníes, colaboradores entusiastas del mestizaje, fueron la base poblacional del Paraguay y la fuerza de trabajo que hizo posible el surgimiento y apogeo de las Misiones Jesuíticas.


Los comenchingones fueron habituales en las ciudades de la intendencia de Córdoba y los huarpes y pehuenches en las de la región cuyana.

Los libres del norte; abipones, qom, wichí eran el terror de los vecinos santafesinos pero también una presencia familiar en la imensidad del Chaco.

Los libres del sur; mapuches y pampas  eran frecuentes visitantes de la nueva capital del Virreinato, la ciudad puerto de Buenos Aires, donde estuvieron en 1806, ofreciendo sus servicios contra los británicos y en 1810 donde, dice el propio Virrey depuesto, estuvieron en el Cabildo Abierto del día 22.  El mismo 25 los lonkos Quintelén, Negro, Epugner, Errepuento y Vitoriano firmaron, junto al winka, el petitorio que pedía la renuncia definitiva de Cisneros. Fueron tan protagonistas de la Revolución como Berutti, Castelli o Rodríguez Peña...

En la Guerra de Independencia hubo una constante presencia de los pueblos originarios entre las tropas patriotas.

San Martín, casi sin dudas mestizo, requirió para sus granaderos la presencia de guaraníes de las misiones, descendientes de los que enfrentaran la entrega de sus tierras ancestrales a los portugueses. Para el Libertador los "indios" eran "nuestros paisanos"; un ejemplo para la lucha por la liberación sudamericana.

El ejército del Norte, aquel que sufrió las mayores privaciones en la dura campaña del Alto Perú, contaba en sus filas con guaraníes y collas.

No en vano nuestra Bandera ostenta al Inti del Tawantinsuyu, nuestro himno menciona a las tumbas del Inca y nos considera sus hijos. No sin motivo los dos primeros cañones de la Patria llevaron los nombres de Mangoré y Túpac Amaru.

No fue, tampoco, un detalle pintoresco de Belgrano la propuesta de un soberano de la estirpe incaica; el Congreso de las Provincias Unidas en Sudamérica (no de la chiquita y esquiva Argentina que vino después) ya había hecho pública la declaración de la Independencia tanto en castellano como en qeshwa y aymara. 

Otorgarle el poder a un descendiente de Túpac Amaru y hacer del Cusco la sede de gobierno de la "nueva y gloriosa nación" hubiese sido, quizás, la consumación lógica de aquella política americanista.


Antes de ello, en la que fue nuestra primera declaración de Independencia; el Congreso de Arroyo de la China convocado por Artigas, también habían hecho acto de presencia los pueblos indígenas. Los guaraníes de Andresito lucharon con valor por una libertad y una justicia que, todavía, les está siendo negada a sus descendientes.























Los años que siguieron cambiaron muchas cosas. 
Las divisiones existentes se hicieron más hondas, la guerra civil se abatió sobre los campos del desmembrado Virreinato y las esperanzas de aquella primavera, cuando criollos e indios pelearon juntos por la misma Patria, se helaron bajo las frías razones de los "civilizados". El indígena, marginado, se encerró en su propios reductos contentándose con el saqueo y el retorno a las costumbres de antaño. Ni uno, ni otro quisieron, o pudieron, aprender del otro.

Hubo, no obstante, intercambios permanentes y alianzas esporádicas. Rosas combatió a algunos y pactó amistad con otros. Muchos gauchos, no solo Fierro, buscaron el amparo de la toldería así como parcialidades enteras se "asilaron" en territorios bajo el control del winka. Poco a poco, sin embargo, la incomprensión mutua hizo de las suyas; el gaucho exiliado no entendía las costumbres nativas, el "indio" asentado se resistía a los requerimientos del naciente Estado.
Así se llegó a la guerra.
Guerra civil, por muchos motivos, durante la cual el indígena sufrió la misma suerte del gaucho. Fue derrotado y terminó como un extranjero en su propia tierra. Recuerdo pintoresco de estampas populares, domesticado santito de la casas humildes, lectura obligatoria de libro de primaria, nombres a memorizar del pasado remoto.

Hoy los pueblos indígenas, preexistentes a la artificiales divisiones de la Patria Americana, se levantan nuevamente. No sólo reclaman, pretenden ser partícipes con su cultura, su lengua, sus tradiciones de una sociedad que creció dándoles la espalda.
Nosotros también nos levantamos y nos reconocemos como sus hermanos, como parte de una misma realidad multiétnica, como descendientes de una misma sangre como herederos de 10.000 años de historia argentina.


Las fotos que ilustran esta entrada fueron tomadas de la muestra
Huellas de Gaby Herbstein

jueves, abril 01, 2010

Afinidades (más o menos) electivas.

Soy donde no pienso, dice J. L en algún sitio.
Hay paisajes, lugares mentales, gustos espirituales, aromas del alma, que nos definen más allá de la conciencia, más acá del sentimiento.
Resultados de elecciones que no siempre fueron racionales, esos afectos personales nos habitan.
De ellos quiero hablar.
Ahora.

En estos días recuerdo, especialmente, mi predilección por el judaísmo. La cultura, la historia, la religión de ese pueblo (con el cual, que yo sepa al menos, no tengo vínculos genéticos) me fascinan. Visito con frecuencia sitios judíos en la Red, escucho su música, intento leer su lengua.
Es notable, o tal vez no lo sea tanto, esta predilección pues rechazo al sionismo y en especial, la existencia del Estado de Israel tal como fue establecido. Estoy convencido, sin embargo, de que Medinat Yisra'el es en muchos aspectos la negación de del judaísmo; todo cuanto de noble tiene esta cultura tres veces milenaria resulta traicionado por la existencia de ese estado que, en la práctica, defiende valores políticos casi fascistas.
Los sentimientos, claro, no saben de racionalidad, por eso la Hatikvah me conmueve y no pierdo las esperanzas, ateo y goy, de participar alguna vez del séder de Pesaj…

Mi amor por este pueblo tiene sus raíces en la adolescencia.

Entonces era cristiano y me esforzaba por leer la Biblia en sus lenguas originales. Estudié, torpemente, la gramática hebrea y no perdí oportunidad de hacerme con libros escritos en el idioma de Moisés, de Isaías, de Amós. Ansiaba tener el “típico” amigo judío y hasta jugué imaginariamente con volverme un גיור‎.

Aún conservo el diccionario hebreo que escribí entonces, el tocho indigerible de una proyectada historia hebrea y mis apuntes gramaticales con el nifal, el pataj furtivo y las matres lectionis (no estudiaba neo hebreo, sino hebreo bíblico, por supuesto).












Los años pasaron, conocí hermosas personas de ese pueblo, y quedaron lindos recuerdos de ellas en mi corazón.
Políticamente defiendo la causa palestina y desearía, a pesar de todas las dificultades del caso, que pudiera establecerse un estado laico y binacional en la región; pero aún me emociono, hasta las lágrimas, con el ירושלים של זהב (Yerushalayim Shel Zahav).




Inglaterra es otro de mis hogares espirituales.
En este caso tiene que ver con la literatura inglesa que pude leer, casi siempre en traducciones, con Sir Walter Scott y su mito del “Norman yoke”, con Robert Graves y su persuasiva prosa, con G. K. Chesterton y, en especial, con this jewel among englishmen; J.R.T. Tolkien.

Ellos me hicieron conocer esa Merry England, que nunca existió, me llevaron de la mano por los páramos de las Middlans y los sombríos inviernos de Northumbria.

Luego llegaron Shakespeare, Milton, Blake y el entrañable Hobsbawm, cuya prosa inglesa soy incapaz de juzgar pero que está lleno de esa mezcla de audacia y sensatez que constituye la clave del carácter de los isleños.

Allí, quizás, reside mi afecto por el pueblo inglés, por su cultura, por su literatura sobre todo; en la sencillez, la manera convincente de encadenar el razonamiento.

El common sense anglosajón me "puede"; un placer a la vez estético y lógico. Los alemanes son más precisos a la hora de razonar, pesados, minuciosos, no dejan nada librado al azar; los ingleses, en cambio, confían en que la idea penetre lentamente en nuestro sistema, la destilan, la diluyen si cabe la expresión, y la hacen parecer tan natural como la caída de las hojas en otoño. Y siempre, sin excepción, encuentro en sus palabras esa nota de humorismo no exento de ironía que nos dice, silbando:


Life's a laugh and death's a joke, it's true.
You'll see it's all a show,
Keep 'em laughing as you go.
Just remember that the last laugh is on you.






Me gustan, pues, los ingleses.
Me gustaron aún más cuando, solos, enfrentaron a los nazis, cuando resistieron las bombas asesinas, cuando marcharon al Continente para derrotar a Sauron.


Y eso no quiere decir que olvide nuestra historia, ligada al Imperio Británico para bien y para mal.

Y eso no me impide reconocer su cinismo a la hora de explotar al resto del mundo en su propio beneficio.

Y eso, en fin, no significa que no me enorgullezca al recordar aquellas fallidas invasiones de Popham, que no asome una sonrisa cuando un buen irlandés les patea el trasero o que no haya delirado cuando, un día en México, Dios jugó al fútbol con la camiseta argentina.



Siempre digo que el hogar de mis ancestros es Europa y que soy un hijo de Occidente con todo lo que eso representa.

Mi lengua es europea, mis lecturas son europeas, mi filosofía y muchos de mis maestros lo son. No digo que eso sea mejor, o peor, que otros orígenes pero uno necesita raíces y las mías están en torno al Mediterráneo.

Por eso me siento a gusto en una piazza de Italia, en un café de París o en el Rastro de Sevilla…
¡ y eso que no he estado nunca en ellos sino en mis sueños!

Pequeños afectos también para Italia y sus maravillas, que son mías y de i mío nonni,
                                                         para Grecia y sus islas pobladas de náyades (otra lengua, el griego, que amo y he intentado estudiar),
                                                                           para Francia, madre de la libertad y cuna de los valores de la Modernidad que son los míos propios,
                                                                                            para la petite et héroïque Belgique que, por encima de sus históricos beffrois, del amicale Hercule Poirot, es la patria de aquella que ama mi corazón…


Europeo de estirpe, occidental por cultura, soy americano por nacimiento y, a esta altura de mi vida, opción. Alguna vez me han preguntado si, a semejanza de tantos compatriotas, reclamaría la ciudadanía italiana; mi respuesta, casi instintiva, ha sido ¡no!, yo soy argentino.

Argentino y de Rosario.
Argentino y no porteño.
Argentino nacido y criado en los años 60 y 70.
Argentino que vivió su adolescencia en los estupendos 80.
Argentino que recorrió mil veces la historia y los paisajes de su tierra en las páginas de un libro y, ahora, en las rutas argentinas hasta el fin.



Amo mi país (a mi generación le cuesta decir patria), y me indigno cuando mis compatriotas lo motejan con epítetos escatológicos;

o sea cuando dicen: ¡qué país de mierda! (en criollo) frase que, más que argenta, me parece porteña, deleznablemente porteña.


Amo su historia y amo sus mitos aún no contados.
Amo su lengua. Su música (últimamente hasta el tango). Su diversidad.
No tengo, que sepa, ancestros indígenas; pero no puedo dejar de pensar en una Argentina de diez mil años de antigüedad, de miles de lenguas, de cientos de historias que me hablan al oído y me reivindican como suyo, a mí, que llegué exiliado desde las tierras del Viejo Mundo.

Argentina, América (toda, todita), el Nuevo Mundo y, ya que estamos, el Hombre Nuevo son también parte de mis afinidades electivas. Y de ellas hablaré otro día…

domingo, marzo 28, 2010

Identidades

Escucho música.
Alterno entre Huey Lewis (si lo recordás estás revelando tu edad) y Mozart; ecléctico el pibe!

Escribo, navego por la Wikipedia (cinco horas ayer editando un artículo), me doy una vuelta por el Caralibro (¡me encantó la traducción!) y disfruto de la vida en este domingo soleado.

Después del almuerzo corrijo las tareas de vacaciones y me dejo llevar por la placidez de estar en mi casa, junto a la mujer que amo, pensando que la vida, la verdadera vida, es esto que me pasa. El momento, el instante en que lo Eterno se funde con lo Transitorio y uno puede sentirse casi un dios...

Y con lo dicho basta!

miércoles, marzo 17, 2010

Acepto el desafío; En Garde !












En otros tiempos  cualquier aspirante a ser considerado l'Enfant terrible, tenía a gala ser de izquierda. Puede que no comulgase con tal o cual ortodoxia marxista, pero defendía los valores de justicia y libertad que eran propios de una forma de pensamiento que, todavía, seguimos llamando progresismo. Las causas más nobles; los derechos del trabajador, de las mujeres, de los oprimidos en todo el mundo, hallaban en él su abogado y su embajador. Por sentido ético, mucha veces, por vanidad en ocasiones, por esa condición provocadora que debe tener todo intelectual.

En muchos aspectos las ideas que defendía fueron triunfadoras, si no en la sociedad, sin duda en la conciencia. Si nuestros tiempos tienen algo de bueno, que lo tienen, es también gracias a los pensadores de izquierda; disconformes, alborotadores, incómodos. Hoy en planes de estudio y proyectos de ley aparecen algunas de esas ideas que, en otros tiempos, aparecían como extremas; derechos civiles, igualitarismo, primacía del interés colectivo, crítica… y tantos más que siguen irritando a los que pretenden un mundo tradicionalista y ordenado.

Hoy ha surgido un nuevo tipo de intelectual.
Alguno de ellos puede ser obviado como un mero sicofante, propagandista de posturas reaccionarias que, ya en los años 50 del siglo pasado, hubiesen sido consideradas caducas.
No obstante existe otro tipo de pensador. Insólito estudioso; lúcido, preciso y con la capacidad para pensar más allá de los prejuicios, es un personaje que merece nuestra atención.

Es el nuevo intelectual orgánico de la derecha liberal (o aun extrema) y, como debe ser, plantea problemas que ninguna reflexión seria puede ignorar.

Quiere molestar, y lo logra, las conciencias cómodamente instaladas. Aspira a crear, y los blogs en los que prefiere publicar demuestran su éxito, nuevos modos de pensar, desafiantes, insolentes.

No lo desprecio y suelo escuchar con atención sus razonamientos. Responde, es evidente, a los intereses de los grandes bloques de poder y se escuda en un discurso antipolítico y, en ocasiones, anti sistema que puede ser engañoso a primera vista. Es enemigo, y procura no disimularlo, de los trabajadores organizados, pero se lleva bien con el trabajador individual; su mejor aliado. Su consigna, atrevida, ante las crisis es: atrevámonos a más, la solución no es menos capitalismo, sino más. Defiende la democracia, dice, pero prefiere la República; una república de iguales pero donde algunos lo son más que otros.

Lo peor que se puede hacer ante este tipo de pensador es ignorarlo. Tampoco es preciso refutarlo. Plantean preguntas que exigen respuestas inteligentes y meditadas. No basta con el discurso de barricada o los mantras ortodoxos, al contrario, eso refuerza el poder discursivo del intelectual conservador. Hay que asumir aquellas de sus críticas que sean válidas, y nos sorprenderemos de ver como algunas coinciden con la tradición de la izquierda. Hay que usar con inteligencia sus métodos y acercarnos al multiverso público del siglo XXI con un lenguaje despojado de convencionalismos y clichés de otros tiempos.



Hay que batirlos en su propio terreno, alzar la espada, saludar y atacar a fondo…