Hace unos pocos días lo hice, lo confieso.
No fue con intención, en realidad alguien de mi familia comentó que había visto a cierto conocido haciéndolo y, bueno, uno no es de material plástico… ¡o sí, vaya a saber!
Buscaba a cierta persona, pero para poder ubicarla necesitaba también ser parte, el reclamo era discreto pero tentador, no la roja manzana, pero el aceptar estaba tan a mano…
Así que mandé a paseo precauciones y paranoias (no del todo, que no subí mi celular y no puse mi verdadera fecha de nacimiento, bueno esto fue un error, para ser veraz), puse gentilmente algunos mis datos personales, que están en numerosas bases de datos, empezando por el padrón de electores, y me suscribí a Facebook.
Redes sociales; Facebook, Netolog, weblogs diversos, fotologs varios, tlogs (que dicen es lo último) en fin, eso que llaman: Web 2.0. ¿Admirables servidores del espíritu humano? ¿puentes que expanden nuestra capacidad de relación? ¿espacios de libertad pura?. ¿Diabólicos engendros destinados a capturar nuestra esencia?, ¿primeros ensayos de la Matrix o postreros desarrollos de las intuiciones orwellianas?, ¿prisiones doradas del consumo?
No es una discusión nueva, aunque se presente con acordes de última generación. Recuerdo al siempre perspicaz; Umberto, Eco, claro, cuando decía, allá por los lejanos ’60 en su “apocalípticos e integrados” que no era cuestión de estar con unos u otros, sino de tomar una actitud de distanciamiento crítico. Y aún antes a Th. Adorno y W. Benjamín, debatiendo sobre el carácter liberador o no de la naciente cultura de masas, sin llegar a mejores conclusiones, pero con intuiciones que es bueno releer. Pero nos estamos yendo de tema.
Toda herramienta es eso, nada más, y de nosotros depende el uso que le demos. Como digo siempre la imprenta de Gutemberg no sólo editaba Biblias, también contribuía a la cultura…
No nos metamos, sin embargo, en esas honduras y volvamos a las redes sociales, incluidos los foros, tan activos hace unos años atrás y hoy en “decadencia”. ¿Son tan peligrosas como dice ese mail que me llegó esta mañana?, ¿recogen datos los secuestradores a partir de la información que subimos?; peor aún, ¿las controla la CIA? ¿o los K?
Veamos que es una red social.
En principio se trata de una teoría. Si viste la película “Seis grados de separación” recordarás que se supone que todos nosotros estamos vinculados al resto del mundo por una cadena de conocidos formada por no más de seis personas, dicho de otro, y antiguo modo, que “el mundo es un pañuelo”. Las redes sociales aprovechan esta característica, no probada matemática ni sociológicamente, para crear vínculos de personas a través de Internet. Existen numerosos tipos de redes, desde las más antiguas, como los foros de discusión, hasta las de crecimiento reciente como Hi5, Myspace, Netlog o la más difundida; Facebook.
Toda red de este tipo supone un servicio, gratuito, para relacionar gente a través de la recomendación mutua, siempre o casi siempre vía Internet. Facebook, llamada así por el libro que en ciertas universidades se da a los ingresantes para que se conozcan mejor, surgió, precisamente, en una institución de estudios (Harvard) y alcanzó una gran expansión al saltar las fronteras universitarias y llegar, hoy, a ciento cincuenta millones de usuarios, lo que no está nada mal pese a ser sólo el 2 % de la población mundial.
El procedimiento es simple; uno se suscribe, sube algunos datos personales (reales o no) y luego busca personas, al principio dentro del entorno, casi siempre contactos de correo, que lo “reconozcan” como amigo. Como el sistema sólo permite ver los datos de aquellos que están suscritos, el receptor de estos mensajes, picado por la curiosidad, se suscribe también a la red, que crece, hasta hoy, en forma exponencial. Se supone que Facebook, o cualquier otro intermediario, gana con la publicidad que supone esta cantidad de público potencial. Aunque esto ha sido puesto en duda, ¿quizás se financie de otra manera? ¿vendiendo datos privados, por ejemplo?
Por supuesto que se puede discriminar lo que se informa o no en una red social, nadie te obliga a dar, por caso, tu número de tarjeta de crédito, en caso de tenerla, o la dirección de tu casa. Aunque la cosa no es tan simple, ya subiste tu número de celular, tu dirección de correo electrónico y, en un descuido, hasta tu foto y la de tu novia. Sólo por dar enter sin pensar demasiado, no te obligan, pero seguro que te incitan. Y no sólo Facebook, o la red que sea, sino tus propios “amigos” que también suben sus fotos, sus celus o el día que se van de vacaciones a Gesell y dejan sola la casa de barrio la Florida…
La existencia de estos sitios, donde el usuario se expone voluntariamente, sin duda facilita en gran medida los trabajos de “inteligencia”, sea del Estado, sea de los bandoleros (entre los cuales hay menos de seis grados de separación, por cierto) y se convierte en una ventana irreflexivamente abierta sobre esa construcción de la burguesía que tanto valoramos y llamamos privacidad.
¿Entonces?
Entonces, como casi siempre, el control está en nosotros. Los instrumentos sólo pueden instrumentalizarnos si olvidamos para que los hemos creado. Me gustan las redes sociales, pude ubicar a un amigo perdido y a un primo lejano (en la genealogía y en el espacio), pero trato de ser cuidadoso con lo que informo en ellas, sin paranoia y sin descuido, aunque me parece que, por las dudas, voy a sacar esa foto, si esa, en la que estoy mirando a… el Estado no sé, pero mi novia entra a veces a mi perfil.










































