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viernes, junio 22, 2007

Ubi dubium ibi libertas

Donde haya dudas, libertad.
La frase, latinajo, no procede de algún liberal a ultranza o de sectores vinculados al escepticismo; por el contrario.
Quizás sorprenda, pero es una expresión de la teología católica más linajuda; nada menos que San Agustín fue, o dicen que fue, su autor.

Los guardianes de la fe que desconocen lo que cuidan.

Es que, en estos tiempos de chatura intelectual (nunca tuvimos tanta investigación y más que nunca esa investigación queda fuera de cualquier discusión cotidiana) se dicen y escriben muchas cosas desde la desinformación más absoluta.
El periodismo, gracias en nombre de la familia, es uno de los responsables de esta banalización permanente y aunque no es la intención de esta columna el echar culpas sí se permite recomendar a la amable lectora y al gentil lector que desconfíen, por principio, de las tajantes afirmaciones de los periodistas, tanto más si son formadores de opinión, con extremo cuidado si conducen un programa mañanero por la radio, del todo si hablan de temas de los que nada saben.
Como de historia.
O de religión.
Aunque hay que agregar a este espectro de desinformados descuidados también a muchos que andan por ahí de voceros. En el caso de la religión curas, obispos y papas incluidos.
Uno, que alguna vez chapoteó en los resbaladizos terrenos de la teología católica, no puede menos que sonreir conmiserativamente al leer o escuchar las barbaridades que dicen, desde el punto de vista teológico, copetudos representantes de la religión.
Es que el hecho de poseer una ordenación eclesiástico no implica, de por sí, saber mucho de teología y, desde que muchos laicos se acercaron a esta disciplina, ser teólogo o teóloga no es privilegio exclusivo de los "cuervos". Mucho más sabe Hans Küng, un laico católico alemán, de teología que la mayor parte de nuestros obispos argentinos.
Hay muchos que defienden una doctrina que desconocen y llegan hasta el punto de asumir como esenciales posturas que, en el mejor de los casos, son sólo de una parte de su institución.
Esto viene al caso porque se suele decir, y repetir hasta el hartazgo, que la Iglesia Católica está contra el aborto y que defiende la sacralidad de la vida desde la concepción misma. Y que ha sido así desde siempre, haciendo de esta supuesta "doctrina" una verdadera piedra de toque para, como sucedió recientemente en México, excomulgar a los legisladores que aprobaran una ley acerca de la interrupción del embarazo (uno se pregunta porque no excolmulga a los traficantes de armas, o a los dictadores... pero dejémoslo por ahora). Cruzadas por la vida, día del niño por nacer, alianzas estratégicas con los sectores más reaccionarios, todo parece valer para esta lucha que la Santa Madre mantiene contra los que se complace en llamar asesinos abortistas.
Se podría pensar que hay cosas que la Iglesia no negocia.
Se podría creer que su propia doctrina está implicada en este debate.
Se podría inferir que la condena del aborto es propia de la Iglesia desde la antigüedad.
Y se estaría, en todos los casos, más que equivocado.

Un paseo por la Historia.
San Antonino de Florencia se llama el personaje de la imagen. Puede que sorprenda a algunos, pero este hombre, hoy santo, estaba a favor de la libertad de elección; es decir de de acuerdo con practicar un aborto temprano en el caso en que la vida de la madre estuviese en peligro. Se manifestaba, por lo demás, de acuerdo con la medicina de su propio tiempo, el siglo XV, y con una antigua tradición eclesiástica.

La Biblia no condena el aborto. En el libro del Éxodo se limita a fijar la pena pecuniaria por el aborto a consecuencia de una golpiza ¡y la fija en menos del valor de un ser humano!. La supuesta palabra divina no consideraba, entonces, al feto como equivalente a una persona.

Durante casi quince siglos la Iglesia no habla del tema, incidentalmente Tertuliano (siglo III) se refiere a un tipo de aborto (el practicado como emergencia) "crueldad necesaria", pero apenas hay otras opiniones.
La gran pelea en esos años es el infanticidio y las congregaciones religiosas se esfuerzan, con dudoso éxito, en su erradicación. Se fomenta la entrega de los hijos no deseados en adopción pero, en el contexto europeo medieval de endémica pobreza, muchos niños y niñas "expuestos" mueren en muy poco tiempo (si viste la película El Perfume sabrás a que me refiero).
Los teólogos debaten, en estos años, acerca del momento en que un feto es plenamente un ser humano; en sus términos, acerca de cuando recibe el alma. El consenso lo situaba entre los tres y los cinco meses. Preguntado San Agustín acerca de si los fetos abortados participarían de la Resurrección dijo tajantemente que no ya gregó que tampoco se levantaría para resucitar todo el esperma derramado durante la Historia (¡menos mal!).
La postura tradicional de la Iglesia en todo este tiempo, pese a la escasez de textos, parece ser que el aborto dentro de los primeros meses de embarazo no constituye un asesinato.
Las únicas condenas al aborto en los tiempos medievales corresponden a casos de brujería o a ideas equivocadas respecto del desarrollo del embrión... muchos creían que el esperma contenia pequeños "hombrecillos" (homunculi) que se desarrollarían en la fertilidad del vientre materno; de ahí la pregunta a Agustín: ¿era asesinato la masturbación?
A partir de la irrupción de la modernidad ¿cambió algo esta postura?
El jesuita Thomas Sánchez escribió, en el siglo XVII, que todos los teólogos contemporáneos estaban de acuerdo en considerar lícito el aborto efectudo para salvar la vida de la madre.El Vaticano, en 1869, respondía a la misma cuestión omitiendo pronunicarse al respecto y considerando que competía a los teólogos dirimir el asunto.
Más tarde, en 1962; Karl Rahner (ningún desconocido ni marginal en el campo de la reflexión cristiana) decía: "No se puede interpretar a través de las definiciones dogmáticas de la Iglesia que asumir que el salto a persona-espíritu ocurre sólo durante el transcurso del desarrollo del embrión, sea contrario a la fe. Ningún teólogo proclamaría la habilidad de probar que la interrupción intencional del embarazo [aborto] es en cada caso el asesinato de un ser humano."

Fue en los años 30 del presente siglo cuando la Iglesia, jaqueada por una modernidad que no comprendía, comenzó su cruzada por una sexualidad más represiva y un orden familiar inconmovible. Así el papa Pio IX en la encíclica Casti Connubii se volvía contra una tradición de siglos al afirmar perentoriamente que
que la anticoncepción y la esterilización atentaban contra la naturaleza y el aborto, contra la vida. Antes no era visto de este modo y, ciertamente, no todos los católicos (lo que se llama el Sensus Fidelium) lo considera así actualmente.

Durante los últimos años la Iglesia, Concilio Vaticano II mediante, se ha atrevido a modificar estas visiones victorianas, y abrirse, tímidamente y con cierto retroceso en la década pasada, a nuevas posturas acerca de los derechos humanos, la mujer y la sexualidad. Sin embargo en este aspecto, que considera demasiado sensible, se aferra a concepciones no sólo represivas, sino incluso a contramano de su propia tradición. ¿Por qué?

Realmente no tengo respuesta a esta pregunta, pero es cierto que la postura que asume el Vaticano y algunos seguidores incapaces de pensar por sí mismos, no es en modo alguno la única posible dentro de la tradición católica. Invito, pues, a los católicos que accedan a esta información que la difundan, que tomen protagonismo y que, si en verdad aman y respetan su fe, la defiendan incluso de aquellos que dicen protegerla.

Más datos al respecto en:La Actitud Católica Moderada respecto a la Anticoncepción y el Aborto (http://www.religiousconsultation.org/Spanish_translation.htm)

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