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miércoles, enero 21, 2009

¿En qué ando?, en nada, che, en nada...





Bueh, sí..., este...


Comencé el demorado proceso de escribir mis libros.

Una aventura y una elección.

Lo mío, evidentemente, no es escribir ficción, al menos por el momento. El ensayo, el volver a relatar viejos cuentos, la erudición en suma, son mi debilidad y mi aptitud. Libros que me demandan mucho estudio, lecturas y más lecturas, investigación, confrontación de textos, trabajo casi monástico, a ratos medieval en su soledad, por momentos esquivo, muchas veces gozoso.

Las vacaciones son un tiempo privilegiado para este tipo de escrituras.

Mi vieja biblioteca, que recupero del naufragio del 2006 (divorcio se llama), mi nueva Babel electrónica con una Internet engañosa y displicente, recuerdos que no sé bien de donde vienen, la obsesiva búsqueda del dato preciso para una cita que, tal vez, nadie leerá.

También intentos desmañados de leer el inglés, el francés, el italiano, el portugués, el latín, el griego y, en ocasiones en que me siento particularmente voluptuoso, hasta el hebreo (todas lenguas que nunca sabré hablar, que he estudiado como si estuvieran muertas con algebraica precisión) para comprobar si esa memoria era real, si estoy diciendo la verdad (como si la hubiera), que no afirmo nada que no esté investigado previamente.

Trabajo de hormiga, perfectamente inútil. ¿O no?

Los datos me permiten componer una historia. No sirvo para inventar personajes, mucho menos tramas interesantes. Busco informes que me permitan componer aproximaciones a lo que otros han dicho. Mis propias hipótesis bien marcadas, mis ideas que fomentaron la búsqueda original, expresadas con la intención ¿positivista? de lograr la máxima coherencia. Un relato formado por el destilado de otros, una historia que cuenta lo que ha sido dicho. Trabajo propio pero también eco ajeno. ¿Dónde está el límite?

La selección, la búsqueda de la palabra perfecta, del sinónimo adecuado, de la expresión justa. Claridad, concisión imposible de conciliar con esa desmesurada pretensión de atacar todos los flancos, de prevenir las objeciones, de no dejar espacio para la duda. Me corrijo, planteo preguntas, me permito equivocarme, titubear, avanzo…

Son dos libros diferentes. Demasiado ambiciosos. Tal vez escribo para mí aquello que me gustaría leer.



Historia, el primero.

Historia desde el comienzo.

Se titula Relatos de otros tiempos y lo planeé como una suerte de testamento para mis hijos, palabras que es posible que nunca quieran leer.


Terminé el primer capítulo, acerca del origen del ser humano y voy por el segundo, la prehistoria. A este ritmo lo terminaré dentro de varios lustros.


Una visión materialista y atea, por supuesto, a contramano de los tiempos que corren, sin bilis, sin amargura, con el optimismo del que está seguro de la victoria final, aunque, en realidad, sepa que tal victoria final no existe. Me emociona pensar en que somos materia que piensa, me fascina saber que no debemos nada a seres sobrenaturales y que el futuro no está escrito en ningún lado, me apasiona relatar como evolucionamos, conquistamos la materia y la energía, marcamos el tiempo y, ahora, nos preparamos para dar origen (¿en cien años, en doscientos, en medio milenio?) a la nueva humanidad.


Mis valores, hijos de la Ilustración, están allí; la ciencia, la filosofía de la praxis, la libertad, el respeto por la naturaleza pero no a la manera de los pueblos primitivos, admirables por varias razones, sino al modo del comunista que recupera la sociedad sin clases desde un lugar de saber…



Mitología, el segundo.

Mitos que dieron forma a mi infancia y adolescencia. Mitos en los que creí, mitos entrañables que no acepto, pero que me gusta contar.


Siguiendo el modelo de Robert Graves (Los mitos griegos) he comenzado Los mitos cristianos. Una recopilación de las leyendas, consejas, creencias y mitos de los creyentes en Cristo, sean católicos, ortodoxos, protestantes o mormones, sin olvidar a los buenos de los gnósticos. Cada capítulo, voy por el sexto, contiene un relato del mito, integrando elementos de diferentes fuentes (la Biblia, los Santos Padres, el Catecismo, Santo Tomás, pero también los apócrifos, las visiones, las posiciones doctrinales de cada secta), una lista de referencias, lo más exhaustiva posible, dan fe del origen de mis afirmaciones. Luego el comentario, datos históricos que contextualizar el mito, reflexiones personales, un dejo de humor volteriano, pero muy, muy suavizado, pretende recorrer toda la obra. Me he divertido mucho contando esas deliciosas fantasías.

Comencé el demorado proceso de escribir mis libros. Y, crean, es algo maravilloso.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

vaya vaya! que puedas dominar el hilo conductor de tu propia obra literaria...eso deseo y que el tiempo que te insuma sea bueno..
lidia

ah no me llego la carta de mariani adjunta al correo!

mucha merde
lidia

FRAN MELIA dijo...

Hola Gustavo, me alegra saber que, tras la marea, has vuelto a escribir, para regocijo de los que añoramos leerte. De cualquier modo, me hubiera gustado más recibir en mi e-mail una invitación de tu puño y letra al impersonal aviso que me mandaste. Aún así, gracias por hacerlo. Te confieso que siempre es refrescante leerte, y mucho más intersante de lo que tu mismo pudieras imaginar.

Me gustaria no perder contacto contigo. No hay muchas personas como tú por ahi.

Un afectuoso saludo y muchos ánimos.

FRAN (Jasejemuy)

Gus dijo...

Gracias Fran, por tus palabras. Estuve posteando un par de cosas en Mundohistoria.
Un saludo
Gus