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miércoles, febrero 04, 2009

Esperanzándonos


Me niego, lo dije, a ser un desencantado.


Tampoco es que quiera ser su contrario, un encantado.


Me basta con la esperanza y la realidad.


Una me da aliento para la carrera de fondo, la otra sofrena mis ímpetus y me susurra al oído; ya, pero todavía no…


No creo en el Estado, pero aspiro a transformarlo tanto que termine desapareciendo, desconfío profundamente de los que hacen de la política una profesión, pero soy capaz de reconocer que a veces, por error, por distracción o porque se lo proponen, pueden lograr avances en lo que realmente importa: que la gente (digo la gente, quiero decir, como los brasileños, todos nosotros) viva mejor.


Creo, sí y profundamente, en el ser humano y estoy convencido de que en cada uno de ellos (ellas) hay algo bueno, algo noble, algo magnífico; salvo excepciones que no son sino eso, excepcionales. Nadie es, repito la salvedad, malo por naturaleza por mucho que nos inculquen el cuento ese del pecado original. Mejores y peores, seguro, abominables, sólo unos pocos.


Me he dado cuenta de que no existen vías rectas para llegar a alguna meta, también inexistente; la Historia avanza en espirales, a veces ni siquiera parece moverse, pero siempre termina por dejar atrás nuestro pasado más brutal. Creo en el futuro, es claro, y si me prevengo de algo es de aquellos que disfrazan el pasado con las ropas de lo más moderno; quienes dicen, sin saber de que hablan, antes era mejor, volvamos a lo primitivo, temamos la tecnología, adoremos de nuevo a la Naturaleza… Estos tales no se dan cuenta de lo crueles que son las fuerzas primordiales. No por rechazar a Jehová no voy a volver a Baal.


Este mundo no es, ciertamente, el mejor de los posibles; pero tampoco está condenado sin remedio.


Cuando me muestran con mórbido gozo, como hacen los desencantados, el hambre, la miseria, las guerras, la sordidez y la estulticia meneo la cabeza y afirmo, para su escándalo; hemos mejorado.


El hambre es un crimen, la Humanidad tardó dos mil años en aprenderlo, pero antes las hambrunas eran una política de estado y la indiferencia de muchos.


La guerra es el abandono de toda razón en nombre de dioses inexistentes, llámense Nación, llámense Tierra Prometida, llámense Reivindicación; pero sólo ahora lo creemos, durante siglos la guerra fue natural, evidente y permanente.


Sórdida era Roma, con sus proletarios sin esperanza, sórdido el Medioevo europeo en sus tres órdenes inmutables, sórdidas las calles londinenses en los tiempos del vapor y todos estaban convencidos de que así debía ser; sórdidos son nuestros tiempos en muchos rincones del mundo, pero ahora sabemos que no debe ser así.


Hemos mejorado, el mundo en su conjunto ha mejorado, falta mucho, muchísimo, demasiado, Utopía está distante, si es que llegamos a ella alguna vez, pero no tanto como lo estaba cuando Moro, el primero, la describió.


En mi tierra, en la Argentina que amo y que me duele tantas veces, tampoco es tan oscuro el panorama como afirman los desencantados.


La estúpida soberbia de los Kirchner y la soberbia estúpida de la sedicente oposición, léase Carrió y el rejunte de falsos chacareros, no son afortunadamente todo el panorama, por más que lo digan Radio 10, TN y el “tontuelo” de Novaresio (nota de color local si las hay).


Más allá de peronistas reciclados, o no, de los contestatarios de Barrio Norte, de la media docena de pequeños partidos políticos cuyo único objetivo, tan, pero tan chiquito, es hacer caer al señor y señora K, de la indecisión socialista, buenos muchachos, por los que conozco, pero tan tímidos como una colegiala (de las novelas de la tarde, claro), más allá de la izquierda ciega de las siglas y de los que identifican a la revolución con el kilombo hay mucho, mucho más.


Fábricas recuperadas y experiencias, todo lo tumultuosas que se quiera, de autogestión en serio.


Sindicatos horizontales, debates, asambleas, construcciones silenciosas.


Jóvenes que piensan el futuro sin atarse a modelos del pasado, gestiones locales que ensayan nuevas maneras de encarar la cosa pública (res publica si prefieren el viejo latín), una sociedad que se organiza para vigilar a sus representantes, pueblos olvidados que emergen, nuevas formas de sociabilidad y, hay que decirlo porque pocos lo ven, un empuje y una fuerza que son el síntoma de una nación en crecimiento.


Hay que salir de delante de la pantalla, de la notebook o de la tele, para verlo, pero están ahicito nomás, créanme.


No, no estamos tan mal como nos quieren hacer creer y en el rincón más yermo uno encuentra, si sabe buscar, una flor que desafía a la ceguera del acaso.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

hola te respondo y me mandan correo con antguo arnet, no se que suceda yo respondi a esto del estado etc.lidia

lidia dijo...

y si me debo haber equivocado y en el apuro puse mulato que bestia!yo obvio
lidia