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lunes, diciembre 24, 2007

Cuentan que los dioses dieron un regalo a los hombres.

Era una caja, hermosamente labrada, y bien cerrada en sus cuatro aristas.

Como un don la entregaron a Epimeteo, primero de los mortales, y le recomendaron la guardase con esmero.

Sin embargo, como los presentes divinos suelen ser engañosos, también le concedieron la compañía de una mujer hermosa, tan llena de gracias que la llamaron Pandora.



Pandora fue la dulce compañera de Epimeteo por varios años y su vida hubiese seguido así, plácida y monótona, de no haber existido la intrigante caja. Día tras día la cerrada arqueta los provocaba con su hermético misterio. Allí, frente a ellos, en un sitio de honor, la caja se burlaba de su curiosidad con su trabada tapa… tan cercana, tan fácil de abrir, tan sugestiva en su vedado interior.

¿Quién fue?

¿Quién de ambos se atrevió a mirar la oquedad apenas presentida?

Él acusó a Pandora y el mito así ha pervivido. Ella, seguramente, no quiso echar culpas y menos sobre aquel niño grande que había amado, calló y no sabremos nunca su versión.

Tengo, no obstante, para mí que fueron ambos y de consuno quienes osaron levantar la trabajada cobertera y atisbar el oscuro lugar que los dioses, taimados, les prohibieran.

Lo cierto es que fue abierta la caja y de improviso una luz cegadora los envolvió a entrambos y sintieron placer por ese brillo y, cual polillas o efímeras mariposas, se dejaron arrebatar por la luz resplandeciente de misterioso gozo.

Poco duró el placer, pues la luz cesó de brillar tan súbitamente como había brotado, y una nube negra llenó el aire.

Airados contra sí mismos por su torpeza o su vanidad los esposos atinaron sólo a proferir insultos contra la persona que más amaban.

Epimeteo se volvió contra Pandora acusándola de ser la responsable de todos los males que de la caja habían salido. Sus ojos, antes dulces, se volvieron tan perversos como una noche de tormenta y su boca acostumbrada a los suaves adjetivos; se llenó de irascibles verbos de inmundicia.

Pandora odió a Epimeteo por haber puesto ante sus ojos la tentadora arqueta, por obligarla a mirarla día tras día, por no haber su mano detenido, por estar a su lado y hasta por amarla de esa manera tan arrebatada y sin medida.

Todos los males salieron de la caja. La envidia que no sabe cuando detenerse y la gula que le sigue, insaciable, los talones. La lujuria que goza en lo prohibido. La soberbia de creerse incontestable. La ira que corroe nuestros huesos y, malévola, se vuelve contra quien la esgrime. La intolerancia y su asesino hermano, el fanatismo. La piedad que ora mientras mata al otro. Los oropeles, las reverencias, los monarcas y sus pompas, el temor a los dioses, el servilismo.

Incontables, llenaron el aire con la pesadez del viento norte.

Ella fue la primera en reaccionar, cerró la caja. Él apenas la miró, quedó en silencio.

Una voz suave, susurrante, gimió en el interior del arca. Quedamente se quejó y mintió promesas;

- Seré el remedio a los males que escaparon, seré la compañía que hará más soportable su presencia, seré consuelo y aliciente, seré motivo de empezar de nuevo, seré nostalgia dolorosa y dulce, seré miel en los labios amargados y vino para el corazón deshecho.

Fue él, de eso sí estoy seguro, quien abrió por segunda vez la caja. En su interior aleteaba un pajarillo, verde como esmeralda, como el cielo que precede a Eos, como el follaje de los bosques jóvenes.

Con ternura tendió el mortal su mano y le brindó cobijo en su pecho cansado de lágrimas y culpa. El ave, cristalina joya, abrió con su pico el corazón del hombre y bebió su sangre al tiempo que le inoculaba su veneno.

Alzó el vuelo entonces, libre para errar por el anchuroso cielo, compañera eterna de los mortales, brillante gema de las noches más oscuras.

Vacía quedó entonces la arqueta primorosamente trabajada, caída la inútil tapa y derramado su lóbrego interior. Amanecía.

Ella fue quien preguntó primero, adivinando que tal avecilla era más terrible que los monstruos desatados;

- Dime tu nombre, ya que serás de nuestra raza perenne compañera.

- Esperanza- respondió la verde maravilla y se quedó volando, por siempre, en torno de ellos.

3 comentarios:

Sibila dijo...

Hay un cuento, que habla del tormento de la esperanza... la peor de todas las torturas.

No recordaba el autor (¿dónde habré leído yo esto...?), pero lo he localizado por la red. Puedes encontrarlo,si no lo conoces ya, aquí: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/villiers/esperanz.htm

Gustavo dijo...

Gracias por el dato, copio el link y lo busco. Felicidades Sibila...

Sibila dijo...

Felices fiestas. O mejor, Feliz Gravidad (El 25 de diciembre, aniversario del nacimiento de Newton, los científicos celebran la existencia de leyes físicas comprensibles). http://www.stallman.org/grav-mass.html