Buscar este blog

Mostrando las entradas con la etiqueta Leyendas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Leyendas. Mostrar todas las entradas

lunes, diciembre 15, 2008

Acerca del Bafomet


Curioso, el universo de las palabras. Son mucho más que meras indicaciones de sentido, juegan con nosotros, se esconden y se revelan, nos estremecen o nos dejan indiferentes, son portadoras de múltiples sentidos, o de ninguno, pueden realizarse en un chiste, en un retruécano o en un ritual.

Hoy evocaremos juntos una de esas palabras cuyo sonido tiene el silbo de lo prohibido, de lo demoníaco, incluso.

Hoy hablaremos del Bafomet.

¿Quién sabe de donde viene este nombre? ¿Importa, acaso? Sólo a los filólogos y otros heresiarcas similares, pero, por si alguno ronda por aquí van algunas hipótesis.

He aquí la primera de ellas.

Una de las primeras menciones de la palabra es durante uno de los más célebres, e inicuos, juicios que se recuerdan: el proceso a los Caballeros Templarios. No que no se lo hubiesen ganado, tenían enemigos poderosos y no pensemos que esta hostilidad fuese sin motivos; usura, acaparamiento de tierras, negociados y el más imperdonable de todos, un proyecto claro de hegemonía sobre la Cristiandad. Esas cosas despiertan recelos, resentimientos y sobre todo, envidia: ¿por qué esa orden de monjes guerreros y no el Rey de Francia?

Así fue que Felipe el Hermoso (no doy fe) con la complicidad del Papa incoó un proceso contra ellos. ¿De qué no se los acusó entonces?, de todo, en efecto, menos de aquello que era la razón del juicio, es decir su riqueza y su poder.

Allí aparece el vocablo que nos ocupa: Baphomet. Se trata, nos dicen las actas, de una suerte de ídolo que los Templarios adoraban. Su descripción varía de una a otra “confesión” (las comillas valen si se piensa como se obtenían) y algunos caballeros, más valientes o resueltos, niegan saber de qué se trata.

Los que se atreven a trazar sus rasgos nos dicen que tiene una o varias cabezas, que parece un gato, que es una suerte de demonio, que estaba oscuro y el testigo no vio bien…

Es curioso, no obstante, que en otros procesos amañados por el Rey Felipe, donde se repiten las mismas acusaciones propagandísticas (sodomía, opiniones heréticas, irrisión de los símbolos sagrados) falte la curiosa mención del Bafomet. El papa Bonifacio VIII, por ejemplo, fue procesado por cargos similares, pero nunca se dijo que venerase al ídolo de marras, sólo los Templarios fueron acusados de ello.


La palabra tiene un par de breves apariciones anteriores. Unos cincuenta años antes del proceso a los Templarios, en un poema en lengua de Oc (provenzal) se menciona a Baphomet en el contexto de las Cruzadas, parece evidente que se refiere a Mahomet, forma frecuente de Mohammed, es decir, Mahoma, el profeta del Islam. El poema dice así en una traducción de la que no doy fe: “Y todos los días nos derrotaban: pues Dios, quien solía velar en nuestro favor, estaba ahora dormido y Baphometz acrecentaba su poder en apoyo del Sultán”. Aquí vale recordar que para los medievales, excepto los más instruidos, Mahoma no era sino el nombre de la divinidad de los musulmanes y éstos adoraban su imagen… ¡cosas de la propaganda!

Así que Bafomet, si nos gustan las explicaciones “claras y distintas”, amén de simples y algo prosaicas, no es sino la corrupción del nombre del Profeta. Siendo la misión original de los Templarios el combate con los musulmanes, y estando en frecuentes tratos con ellos; ¿no era lógico pensar que se hubiesen contaminado con sus prácticas idolátricas? El departamento de “prensa y difusión” de Felipe haría el resto…

No a todos, claro, satisface esta explicación. Más aún cuando el Bafomet, apenas insinuado en la Edad Media, se convierte en una figura importante en el satanismo de los siglos posteriores.

Pero de ello hablaremos en otra ocasión…

sábado, septiembre 06, 2008

Verídica historia de la ciudad de Rib. Segunda parte


...Sí, así era la vida en aquellos días lejanos, en la época del mundo que llaman el Cuarto Sol.
Entonces llegaron ellos.
Vinieron en balsas extrañas, henchidas de velas y crujientes al navegar, tan grandes como una casa, tan feas e inesperadas como una tormenta de la víspera del verano.
Los hombres menearon la cabeza al ver los navíos.
Las mujeres espiaron desde las ventanas aquellas amenazadoras barcas que, decían, ensuciaban el agua a su paso.
Los chicos y las chicas estaban, por el contrario, encantados con aquella esperanza de nuevas gentes y desconocidas aventuras.
Los barcos pasaban, uno a uno, río arriba hacia los salvajes países del norte. A veces se los veía volver, a veces llegaba la noticia de un naufragio, o algo peor, en los traicioneros recodos de aquella madre, ajena para los extranjeros.
Y pasaron los años. Los barcos pasaban, pero nunca se detenían, de vez en cuando los viajeros de paso contaban, ante el asombro de los habituales concurrentes de la Ración Generosa, de La Glorieta o de El Viejo Pescador (las tres posadas de Rib), acerca de aquellos exiliados, gentes con el mar en sus ojos, los cabellos como trigo o como noche, brazos fuertes y hablar incomprensible. De cómo habían levantado sus casa en los vírgenes claros del norte, o en las orillas de los indomables ríos occidentales y hasta se habían atrevido a subir hacia las tierras de arriba en busca de los Señores de la Piedra.
Pero muy pocos en Rib quienes los habían visto alguna vez. Y nadie creía en sus historias.
Un día, no obstante, ellos y ellas llegaron, era inevitable, por supuesto, pero las buenas gentes de Rib tenían las cosas muy en claro; vivían bien, vivían felices, contentos de como estaban las cosas y lo mejor que podía pasar era que siguieran como estaban.
El barco echó la pesada piedra que le servía de ancla a unas cuantas cuerdas de la orilla, Rib alguna vez tendría un puerto, pensaban todos, pero no por ahora,
Era la hora de la siesta.
Aquel día cambiaron las cosas.
Dicen que fue Don Doribio Guijarro quien los recibió, de ser así es seguro que al viejo arriero eso no debió gustarle nada pero, generoso como era, les habrá convidado con mates y, si era la época de lluvias, con esas sabrosas tortas fritas de su mujer; Doña Grisia. Sólo por eso, aseguran algunos, los extranjeros se quedaron en Rib.
Eran Exiliados del otro lado del mar; hombres en su mayoría, pero también venían silfos con ellos, y, dicen, unas personas parecidas a los karuyarí del norte, pero más rubias y sonrosadas. Usaban nombres sonoros y tenían sueños de grandes y nobles hazañas, pero el recodo del río los atrajo, el Agua Madre los llamaba con nombres que ellos y ellas jamás habían oído, pero que les llenaban el alma de nostalgia.
Levantaron sus casas en torno a la desdibujada plaza central; Plaza de Mayo, quisieron llamarla, en recuerdo de las fiestas primaverales de sus tierras septentrionales, pero pronto los ribarinos les aseguraron que para ellos los tiempos eran diferentes, y la llamaron la Plaza de Noviembre, y con este cambio de nombres los Exiliados renunciaron a su exilio y se volvieron, también ellos, sureros, gentes de esta parte del mundo.
Así, pues, en Rib habitaron las gentes de la tierra y las gentes venidas de fuera que se llaman qillca. Todo había cambiado, pero todo era igual, aunque ahora hubiese un palacio de piedra frente a la Plaza, se hablase una lengua mezclada entre la de los nativos y los exiliados y se viesen algunos cabellos rubios entre los ribarinos.
La ciudad prosperó con su nuevo puerto.

Hubo artesanos que se establecieron en ella para construir delicadas obras de maestría sólo comparable a la de los Antiguos.

Hubo comerciantes que traficaban con los lejanos Señores de la Piedra, con los Poderosos de Ultramar y hasta con los reyes boreales de más allá del cinturón del mundo.

Hubo guerreros que defendieron las tierras de los labradores.

Hubo grandes oradores que exigían mayores privilegios para la ciudad.

Hubo, en fin, una historia rica en sucesos, guerras y maravillosas creaciones de belleza trascendente.
No hubo, pese a todo, nunca un rey en Rib y los rectores, como ahora llamaban a los líderes locales, eran elegidos por sus iguales, los ciudadanos libres de Rib.
Así fue por largos años.
Entonces llegaron los días del imperio.


Una ciudad, ni tan lejana, ni tan cercana, extendió su hegemonía por toda la Tierra del Sur, se hizo llamar reina y proclamó la libertad para todos los habitantes del Sur... siempre que obedecieran sus dictados.
Aquella ciudad se llamaba Argyria y había sido construida por los Qillca que aún mantenían aquellos sueños de dominio traídos del otro lado del mar y de más allá del cinturón del mundo.

Era muy parecida a Rib, pero a la vez muy diferente, pero entre los ribarinos muchos la envidiaban y aspiraban a ser parte, siquiera, de su gloria. Entonces Rib se sujetó a su dominio y los ciudadanos libres se ufanaban de ser considerados argyrianos.


Con el tiempo Argyria llegó a sojuzgar a todas las tierras circundantes y aún más allá, hasta los países de los Señores de la Piedra. Antiguos, silfos, djinns y otras muchas gentes entre los pueblos que saben hablar, obedecían, o al menos no discutían, sus mandatos.
Argyria trajo paz a las tierras del sur, pero era una paz pesada y oscura, parecía la paz de los días de verano, nublados y opresivos, hasta que estalla el relámpago.


Rib creció entonces, sus calles fueron empedradas y se construyeron palacios a la vera del Agua Madre.

Hubo una plaza y hubo un gobernador, pero los ribarinos no habían cambiado; la plaza fue ocupada por los vecinos para intercambiar artesanías y noticias y el gobernador fue reemplazado por un concejo de padres.

Los argyrianos no intervinieron, porque Rib pagaba sus tributos, excepto en una ocasión, cuando los siervos (entonces había muchos siervos en el Imperio) se rebelaron y durante un año fueron los amos de Rib.

En aquella ocasión se combatió en las calles y los vecinos de Rib se dividieron, y muchos murieron en las mismas barricadas que los siervos cuando los legionarios qillca penetraron en la ciudad.
El sueño de libertad de los esclavos fue aplastado, pero no murió, y muchos ribarinos hablaban con orgullo de aquella ocasión cuando se enfrentaron, solos, al Imperio: la llamaban El Levantamiento.

Sin embargo nada dura para siempre y puede suceder, en ocasiones, que una heroica muerte honre una vida sin dignidad.

Continuará

miércoles, julio 16, 2008

De los hiksos, de los Pueblos del Mar y de la moderación al afirmar

Me escribe un camarada del espacio virtual relacionando a los hicsos con los Pueblos del Mar... tema poco popular si los hay...

Me siento frente al teclado y tipeo, con cierta impaciencia, las primeras palabras.

Le respondo, ampulosamente:

No.

Es que las fechas, pienso, no coinciden.

Es que los hicsos tienen su base en Palestina. Y los Pueblos del Mar en el Mediterráneo Oriental.

Es que no tienen nada que ver.

Entonces me quedo pensando.

Y borro todo lo escrito. Y empiezo una vez más.

Me pregunto nuevamente por estos pueblos, por las menciones de las crónicas, por los hallazgos arqueológicos y por el fenómeno, fascinante por lo esquivo, por lo cerca que está de la leyenda, de La Invasión. Ese hecho traumático que tan fácilmente resumimos en una palabra engañosamente simple.

Los Hicsos; Los Pueblos del Mar...

Y retrocedo a los siglos del mundo helenístico. Al Egipto ocupado por los griegos...

Imaginémoslo por un instante.

Es como la India, la de los relatos de Kipling, por ejemplo, bajo el dominio británico.

Allí en la cúspide, residiendo en Alejandría (que no estaba en Egipto sino "junto a" Egipto), propietarios absentistas; los griegos, más que clase alta, más que aristocracia, una raza (génos) de señores conscientes de su poder militar, de su pujanza económica y, lo más importante, de su superioridad intelectual.

Un poco más abajo los funcionarios de origen egipcio, muchos de ellos sacerdotes, conservando en lo posible sus privilegios pero intentando, día a día, no caer en la situación del resto de sus compatriotas; artesanos y campesinos explotados. Añoran el pasado, como los judíos, pero sin un mesías que esperar, encuentran un vicario consuelo en su pasada grandeza.

Uno de ellos, Manetón de nombre, quiere mostrar a los nuevos amos la gloriosa historia de esa tierra de misterios, magia y profunda antigüedad.

Ya Hecateo y Heródoto habían hablado de Egipto, y el resultado, opinaba Manetón, sacerdote y escriba, había sido decepcionante; él escribiría, en griego, la Verdadera Historia de Egipto y llenaría de maravilla, y de una secreta envidia, a esos eternos jóvenes que eran los griegos.

Entre esas historias estaba la de los hicsos; Los Reyes Pastores y conservamos, por suerte, la cita; pues poco quedó de la obra de Manetón y este pasaje se salvó porque Flavio Josefo, escritor judío del siglo I, lo utilizó en su obra, la cual, a su vez, perduró porque en un pasaje de ella, interpolado o no, hacía referencia a Jesús...

El texto de Manetón, pues, nos dice en la cita de Josefo:

Durante el reinado de Tutimeos, por una causa que ignoro, nos golpeó dios e, inesperadamente, unos hombres de estirpe desconocida, procedentes de oriente, con osadía invadieron nuestro país, al que sometieron mediante la fuerza, sin dificultad ni combate... proclamaron rey a uno de los suyos, cuyo nombre era Salitis...Su raza era denominada hicsos, que significa "reyes pastores" pues hyk en la lengua sagrada significa rey y sos en el lenguaje vulgar es pastor... (Flavio Josefo, Contra Apión 1, 14)

Hoy conocemos que el término alude al compuesto egipcio hq3 h3st.u (Heka Jasut) Gobernantes extranjeros y que seguramente son un eco de los gobernantes de origen a medias egipcio a medias cananeos que formaron la dinastía XVI en un período durante el cual el poder central se había debilitado en Egipto. Sabemos, también, que no eran los conquistadores que se presumía y que su "imperio" no era otra cosa que el testimonio de una continuidad cultural, basada sobre todo en el comercio, entre los pueblos del Levante y el Mediterráneo oriental (con extensiones hasta el lejano Occidente).

Hasta aquí lo que se conoce acerca de los Hicsos

Los Pueblos del Mar toman entidad en una época más reciente que la de los hicsos.

Los egipcios de los tiempos de Merneptah y de Ramsés III asistían, un poco con asombro, un poco con alivio por estar "protegidos", a un fenómeno sin precedentes.


Entre los años 1230 y 1170 (un lapso de apenas una vida humana) las grandes potencias y los medianos estados comerciales de oriente colapsaban; hititas, mitanios, ugaríticos, cananeos, asirios y hasta los reyes micénicos veían desmoronarse su economía, derrumbarse sus palacios y acampar, entre las ruinas de sus ciudades, a una multitud de advenedizos que ignoraban todos los refinamientos del civilizado mundo de la Edad del Bronce; algunos de estos recién venidos usaban el novedoso hierro, y éste le daría nombre a la nueva edad, pero eso era cosa del futuro...

Los egipcios, sus faraones, en realidad, primeros maestros de la propaganda; les dieron un nombre que sintetizaba los terrores de su propio pueblo: n3h3t.w n p3 ym (Nahat wen pa yem o algo a así) Extranjeros del medio del Mar. Nombre bien escogido, pues nada desazonaba más al egipcio que el mar y los extraños...

Como sea, por agotamiento, por la dificultad de invadir el país o por la acción acertada de Ramsés III, lo cierto es que estos invasores, que no eran en modo alguno marinos, sino bandas de pueblos en marcha, acompañados por algunas naves, pero sobre todo de carromatos, no pasaron de algunas incursiones en el Delta y la zona norte del Sinaí. Un grupo de ellos se asentó en las antiguas posesiones egipcias de Gaza y aledaños, "el camino del Mar" nominalmente como vasallos del Faraón, en la práctica como gobernantes independientes; recibieron el nombre de Filisteos (Pelistim en hebreo) el cual, con el transcurso de los siglos, daría el topónimo de Palestina (País de los Pelistim/ Filisteos).

Y esto es cuanto, datos más, datos menos, se puede decir de los Pueblos del Mar.

Hasta aquí los hechos.

Hasta aquí el motivo de mi perentorio no.

Sin embargo mi camarada me dejó pensado, porque la Historia es un problema (detectivesco) y no me gustan las soluciones fáciles o demasiado obvias.

¿Cuánto del recuerdo de los heka jasut había en Manetón y cuánto de la memoria de los Pueblos del Mar?

¿Quienes eran, después de todo, realmente estos Pueblos del Mar en los cuales la lingüística cree reconocer ecos de nombres homéricos como aqueos, dánaos y teucros?

¿Qué relación tenían los shardana, sakelesh y tursha de las inscripciones de Merneptah y Ramsés III con los sardos, los sículos y los tirsenos o etruscos?

¿Por qué algunos nombres hicsos también nos remiten a un contexto egeo, pues podrían derivar de palabras del griego arcaico?

¿Qué hay del fresco de un toro, análogo a los minoicos, hallado en Avaris, la "capital" de los hicsos? (ver http://www.foroswebgratis.com/tema-studioso_del_antiguo_egipto_identifica_a_los_misteriosos_reyes_hicsos-70802-526096.htm)

Es verdad, hicsos y pueblos del mar están separados por más de medio milenio, pero también presentan notables similitudes (y diferencias) de las cuales la investigación recién comienza a dar cuenta.

Y es verdad, también, que en la Historia no se pueden emitir juicios apresurados, pues acerca de lo que fue bien poco es lo que podemos decir con certeza... yo mismo no me acuerdo si anoche saqué la basura...

sábado, febrero 16, 2008

La Biblia,; ¿dice la verdad?




Un viejo slogan, casi publicitario, decía allá por los años 30 del pasado siglo: "La Biblia tenía razón".


Lo acuñó, por lo que sé, Werner Keller y era, como todos los lemas, mitad verdad, mitad mentira.

Werner Keller publicó este libro cuya última edición es de los años '50 del siglo pasado. Se sigue, empero, vendiendo para aprendices de apologistas.

El libro de Keller, bellamente escrito y mejor ilustrado, sobre todo los mapas, demostraba y fallaba en demostrar su tesis.

La Biblia tenía "razón" en lo que se refería a ciertos contextos históricos.

Abraham, por ejemplo, podía ser fácilmente ubicable en el Cercano Oriente en un rango amplio de fechas que abarcaba casi todo el Segundo Milenio a.C.

Abraham, no importa tanto su inexistencia, como lo que su figura representa...

El culto lunar en Harrán, su lugar de origen, estaba atestiguado para el siglo XIV a.C., las costumbres comerciales reflejadas en el relato de Macpelá poseían paralelos en la Anatolia del siglo XVIII a.C. y el derecho hereditario se confirmaba por las tablillas de Nuzi del siglo XV a.C. Las pruebas parecen, sobre todo a distancias milenarias, concluyentes. Es, claro, una ilusión. Sería como decir que Sherlock Holmes existió porque Conan Doyle menciona hechos, costumbres y lugares reales de la Inglaterra victoriana.

Se le sigue pidiendo a la arqueología, actualmente sotto voce, que "compruebe la verdad de la Biblia"

Sin embargo, ninguno de estos hallazgos prueba la real existencia de los Patriarcas o, incluso, de los primeros Reyes de Israel; se trata de lo que en el derecho se denominan "pruebas circunstanciales", fuerte indicio de verosimilitud, pero nada más. Y me apresuro a añadir que está bien que así sea, pues lo que interesa a la Humanidad de la Biblia no es sino su mensaje, su peculiar manera de re interpretar la Historia y su belleza intrínseca... no la grosera factualidad que lleva a subir el Ararat para hallar el Arca de Noé.

El sueño de los fundamentalistas...

Los libros que componen la Biblia son como una biblioteca, han sido reunidos (por los rabinos en Jammia, por los presbíteros cristianos en diversos concilios, por el pueblo creyente) con una idea central, de ahí sus coincidencias, pero conservando su heterogeneidad; en esa biblioteca hay diversos géneros y es un error, un grosero error, leer un leyenda como si de una crónica se tratase.

Si voy a la Bilioteca Nacional y escojo El Aleph de Borges, El nombre de la Rosa, de Eco, El curso de lingüística general de Saussure, La riqueza de las naciones de Smith y la Historia Argentina de Levene, tendré cuidado al leer de no creer que Adso de Melk fue realmente un monje del siglo XIV, de saber que el Aleph borgiano funciona como una metáfora de la inabarcable totalidad, que la aridez de Saussure tiene que ver con su interés enrenovar una rama de la ciencia, que Smith refleja los intereses de una burguesía naciente y que Levene intenta escribir una historia nacional que justifique la realidad de la Argentina en esos años...

Cada texto tiene su género y su autor, y sería erróneo, sería tonto además, confundirlos.

Mutatis mutandi es lo que pasa con la Biblia.

No es lo mismo el Génesis que los Libros de Samuel, el Cantar de los Cantares que el Evangelio de Juan, Isaías que el Apocalipsis.

En el primer libro de la Torah, por ejemplo, se recogen leyendas con una finalidad interpretativa de la historia y la geografía, con intenciones didácticas y de crítica social, en los libros de Samuel se asiste, casi en vivo, a la historia en proceso de construcción, llegando a su culmen en esa joya de relato que es la Historia de la Sucesión de David (2Samuel capítulos 11 al 19).

El Cantar refleja la alegría de vivir el encuentro erótico sin referencias explícitas a la divinidad, pero con un dejo de trascendencia que subyuga. Juan, o quien fuera, completa y corrige los evangelios anteriores en su afán de mostrar el rostro oculto de ese hombre que, cree, es más que el Mesías.

Isaías hace política durante el reinado de Ezequías y el Apocalipsis trama sueños subversivos contra el estado romano.

Excelente fotografía, buena actuación, notable reconstrucción histórica... todo reunido crea la ilusión de que "fue así como pasó" y sin embargo ¡cuánto de "interpretación" hay en los evangelios!

La Biblia ¿tiene razón entonces?

Ante esta pregunta no hay una respuesta precisa.

Sí y no, deberíamos decir.

Hoy conocemos mejor el ambiente histórico de esos tiempos (que abarcan casi 2000 años recuérdese) y podemos notar mejor las discrepancias y los grandes lapsos cronológicos de lo que lo hizo Keller en su momento.

Sabemos que no hay evidencia arqueológica de la mayor parte de los relatos bíblicos y existen autores serios, incluso, que proponen poner entre signos de interrogación la existencia misma de David y Salomón.

El arqueólogo Israel Finkelstein, sus hallazgos ponen en evidencia los anacronismos de los relatos históricos de la Biblia... y está bien que así sea. La Biblia no es un libro de Historia (y ciertamente tampoco un manual divino)

Sabemos también que muchas veces la evidencia ha sido manipulada (durante largo tiempo fueron organizaciones religiosas las que financiaban las expediciones) o al menos forzada a encajar (el caso de Jericó) con el relato bíblico.

Por otra parte no ignoramos que existen hechos que no dejan "huellas" (y no me refiero sólo a los milagros...) en el registro histórico y uno debe proceder a reconstruirlos por deducción, sin rechazar la evidencia bíblica, pero tampoco sin aceptarla a ciegas.

Por último nada pierde, antes creo que gana, la lectura de este libro; más allá de creencias religiosas, si uno deja de lado la exactitud de los hechos y se concentra en la verdad más profunda de sus palabras.

La verdad está más allá del fenómeno y más acá de la exégesis.

viernes, febrero 15, 2008

¿Cuántas personas escribieron la Biblia?



La versión alemana de la Biblia, traducida por Martín Lutero



Estimados y apreciadas lectores/as

La del acápite es una de esas preguntas típicamente bizantinas, como la de ¿cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler? o ¿dios puede querer aún lo que no quiere?, una de esas que hacen que mentes que mejor estarían ocupadas en alguna actividad útil se refugien en sombrías y húmedas celdas para, en el ocio, meditar sobre el vicio de la inanidad...

Ahora, después de este ex abrupto en el estilo de Ambrose Bierce, me dedico a hacer la cuenta que responde a esta pregunta junto contigo, amable lector y a vuestro lado gentil lectora...


¿Cuántos fueron?

Los primeros cinco libros de la Biblia, en el mal llamado Antiguo Testamento, son obra de Moisés, y fueron puestos por escrito cerca del año 1513 o 1250 antes de la era cristiana, o al menos eso dice la tradición.

Ícono copto de Moisés, destacando su origen africano... Muy pocas de sus palabras originales, si es que las hubo, subsisten en la Biblia actual.



Por supuesto esto no es así de ninguna manera.

Al menos cuatro manos redactaron el Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

Uno era un funcionario del reino de David (o quizás una dama de la corte como dice Harold Bloom quien, cum grano salis, la identifica con Betsabé, ya saben la de Urías…) aunque Finkelstein lo sitúa en los tiempos posteriores a Ezequías.

A este autor, o autora, le decimos Yavista y a su obra el documento J (de Yavista... en alemán).


Betsabé, esposa de Urías; ¿autora del Documento J?

El otro, conocido como el Elohísta, era un norteño de los tiempos finales del Reino de Israel que, en polémica con los escritores judaítas, reivindicaba los valores de su propia gente.

En tercer lugar tenemos al Deuteronomista, un tipo relacionado con los ambientes proféticos de Jerusalén en los tiempos del buen rey Josías (el mismo que pasó a filo de espada a los sacerdotes que no adoraban a Dios como él creía que debía ser) y que tenía a su cargo el Ministerio de Información (propaganda) del Reino de Judá allá por el año600 a.C.

Por último un cura, es decir un Sacerdote de la supuesta familia de Aarón (en realidad de Sadoc, pero eso es otra historia), redactó las partes finales de la Torah en tiempos del destierro a Babilonia, antes o después.

Si le añadimos al Redactor que zurció los fragmentos, encontramos a cinco personas implicadas en la escritura de los cinco primeros libros de la Biblia. Eso sin contar los textos previos que se citan a veces, como el Libro de las Guerras de Yavé o poemas anónimos intercalados en el texto.

El libro de Josué fue escrito por Josué, en torno al 1450 o 1225 a.C. Aunque por supuesto esto tampoco es cierto y ya los primeros cristianos aventuraron otras hipótesis al respecto. Actualmente se buscan en Josué rastros de las mismas fuentes de la Torah, Yavista y demás, y lo cierto es que también aquí tenemos más de un par de manos que intervinieron en la redacción.

El libro de los Jueces es obra de Samuel, como no, hacia el año 1100 a. C. Lo mismo que el libro de Rut, esa pequeña joyita literaria.

En realidad se trata de una amplia serie de leyendas, la mayor parte etiológicas, agrupadas en un solo texto por un autor relacionado con el movimiento Deuteronomista de Josías y Jeremías.

En cuanto a Rut, en modo alguno una historia, sino una suerte de novela romántica, es varios siglos posterior, del período de dominio persa o quizás después, y representa una de las pocas voces polémicas contra los estrechos criterios de pureza de Esdras y Nehemías.

Seguramente es obra de un hacendado de la montaña de Judá, relacionado con la aristocracia local, dispuesto a la asimilación con las culturas vecinas, sin por ello renegar de su tradición, y con un muy buen conocimiento de la lengua hebrea.




Edición hebrea de la Tanaj, es decir, la Biblia

La cuenta, parcial, es:

Según la tradición, los ocho libros mencionados son obra de tres autores (Moisés, Josué y Samuel) que vivieron entre el siglo XVI y el XII antes de Cristo.

Según la investigación histórica, los libros de marras provienen de cinco u ocho escritores diferentes (Yavista, Elohista, Deuteronomista, Sacerdote, Redactor, Compilador 1 de los relatos de Jueces, Deuteronomista de Jueces, Aristócrata autor de Rut) que trabajaron entre el siglo X y el IV antes de nuestra Era.

Estimada lectora, sagaz lector, tú eliges que versión te cuadra más.

Y basta por ahora.

miércoles, agosto 15, 2007

Atlantis...






El Hundimiento de Atlántida
(como lo cuenta J.R.R. Tolkien en Akallabéth)





La historia, o leyenda, de la Atlántida es una de esas que nos gusta contar y volver a contar. Un clásico en la cultura occidental: la gran isla – continente que se hundió en el mar en una sola noche de cataclismo. ¿Quién no conoce esta leyenda?, ¿quién no sabe, o cree, saber lo esencial sobre la Atlántida?

Platón y sus historias

Todo empezó con Platón, uno de esos extraordinarios griegos que crearon una maravillosa mitología (en la cual no creían o creían a medias), derrotaron al mayor imperio de su tiempo; los persas y, como de paso, inventaron un modo nuevo de pensar la realidad al cual no quisieron llamar “sabiduría” sino filosofía, es decir amor, o apego, a la sabiduría... Este Platón gustaba de exponer sus pensamientos en forma de diálogos, diálogos en los cuales él nunca aparece sino que son llevados por su maestro Sócrates y diversos interlocutores que, finalmente, deben rendirse ante la superior dialéctica de aquel. En dos de estos diálogos, el Timeo y el Critias, nombres que toman de sus protagonistas, el buen Platón nos acerca el “mito” de la Atlántida. Nos dice que se trata de una historia de origen egipcio (Egipto era ya la tierra de las antiguas maravillas) la cual llegó a él por tradiciones familiares y, recurso muy usado luego, pero entonces novedoso, por un manuscrito antiguo.

Posidón, el dios tutelar de la Atlántida

Estamos en el siglo IV a. C. y el relato de Platón comienza unos doscientos años atrás, cuando el legislador ateniense Solón viaja a Egipto y los sacerdotes le cuentan una historia extraordinaria que los griegos, “siempre niños” dice el interlocutor, han olvidado. Hace unos nueve u ocho mil años, no es claro el lapso, pero a tan gran distancia bien puede perdonarse un milenio (¡apenas!) de discrepancia, ya existía la ciudad de Atenas y era, dicen los egipcios, la mejor gobernada de todo el mundo mediterráneo (uno percibe el tono de las palabras de Platón; “no como ahora con esta democracia; ¡ah aquellos viejos tiempos!”). También había, en un lugar “más allá de las que ustedes llaman “columnas de Hércules”, es decir en el remoto occidente, una gran isla mayor que Asia y África unidas (se refiere al Asia Menor, la actual Turquía y el norte de África, pero no debemos buscar precisión topográfica) llamada Atlántida. De entrada descubrimos que todo en la Atlántida es maravilloso y abrumador; desde sus orígenes que se remontan al dios Poseidón, hasta sus templos de oro y oricalco (una sustancia más valiosa que el oro y que “ya no existe”), pasando por enormes montañas, gigantescos animales (elefantes entre ellos) y magníficos edificios. Con minuciosidad de libro de texto se nos describe la isla y su capital; una ciudad marítima formada por anillos concéntricos de tierra y agua, un canal techado conduce a los navíos hacia el interior y fortificaciones guardan su acceso, en el anillo central están el templo de Poseidón (en el lugar donde engendró a los primeros diez hermanos que gobernaron la isla) y los palacios reales.

Ya están presentados los personajes; dos estados muy diferentes; por un lado Atenas, la polis ideal, por el otro Atlántida, el arquetipo de los imperios bárbaros, poderosos pero inhumanos. Y el enfrentamiento será inevitable, Platón nos anuncia que Solón había comenzado a componer un poema épico, que superaría a los de Homero, donde se describía en detalle la guerra de conquista llevada a cabo por los atlantes contra el Mediterráneo oriental, la heroica defensa de Atenas y el hundimiento, por voluntad de los dioses, de la isla impía. Nos dice, también, que el legislador no pudo completar su obra y en esto hay un preanuncio de lo que vendrá, porque el caso es que tampoco Platón terminó este diálogo.

En efecto, todo parece indicar que tenía previsto escribir una trilogía donde desarrollaría el tema del origen de Atlántida y Atenas, nueve milenios atrás, pero después de presentar su plan en el Timeo y comenzar el relato más circunstanciado en el Critias no sólo no llegó a componer el tercer diálogo (el Hermócrates) sino que dejó inconcluso el segundo, de hecho nos presenta, al mejor estilo épico, una asamblea de los dioses y cuando Zeus va a tomar la palabra, el texto se interrumpe bruscamente.

Mucha tinta ha corrido para explicar este final abrupto, así como para intentar dilucidar que se proponía el filósofo ateniense al contar esta historia que, como remarca el irónico Sócrates: “es un hecho, no una ficción”. ¿Era un eco de antiguas tradiciones egipcias?, ¿o una creación del propio Platón para ilustrar sus propias concepciones de la sociedad, la moral y la política?. Todas las respuestas que se han dado oscilan entre estas dos preguntas, con matices, con leves, o no tan leves, enmiendas, con pasión la mayor parte de las veces.


Nadie había mencionado la Atlántida antes que Platón; hubo, sí, islas más o menos míticas en las tradiciones de los diversos pueblos de la Antigüedad; el país de Dilmún de los sumerios, la Keftiú de los egipcios y la Esqueria de Homero, pero ninguna de ellas (con excepción quizás de Keftiú, como veremos) es una seria candidata para la Atlántida. Nadie, tampoco, volvió a darnos nuevos datos sobre esta tierra, todos parten del relato del filósofo griego y lo aderezan con comentarios o, en tiempos modernos, con presuntos hallazgos arqueológicos que vienen a confirmar, en sus grandes líneas, la narración del Critias.

Sobre esta tradición se injertaron otras historias; historias de catástrofes marítimas nacidas en las orillas europeas del Atlántico (el nombre del océano no remite a la Atlántida, sino al titán griego Atlas que llevaba la bóveda celeste sobre sus hombros), historias de antiguos reinos más o menos legendarios, historias de paraísos allende los mares y de maravillosas culturas olvidadas en el remoto pasado.

Más tarde vendrían los “investigadores” intentando probar que la Atlántida existió, recogiendo con minuciosidad de aficionado los menores indicios a una y otra orilla del océano que probaban un contacto entre los pobladores del viejo y el nuevo mundo (pirámides, mitologías, palabras sueltas, frutos y hasta migraciones de animales), intentando cartografiar la mítica isla, buscándola más allá del océano en lugares tan diferentes como el Mar del Norte, las Bahamas, el Mar Negro y hasta el Sahara.

Una de las últimas "ecuaciones" de Atlántida es la de Díaz Montexano que la ubica en España. En la ilustración una de las "pruebas" un jarro pintado con círculos que, evidentemente según el autor, reflejan los anillos de agua y tierra descriptos por Platón. Así se hace (pseudo)ciencia.

Nació así la imagen moderna de Atlántida; y, así como Platón fue el primero en dar a conocer la existencia de la isla allá por el año 400 a.C., el norteamericano Ignatius Donnelly fue su divulgador en el siglo XIX y el responsable de la noción que hoy tenemos de la mítica isla.

El jesuita Athanasius Kircher (1602 - 1680) trazó este mapa, supuesto, de la Atlántida; el primero del que se tiene noticia

Si querés leer más:

Fragmentos del texto de Platón: http://www.kelpienet.net/rea/platatla.php

A favor de la existencia de Atlántida: http://georgeos-diaz-montexano.blog.com.es/2006/11/29/atlantida_historica_aies_realmente_la_at~1380771

En contra de la existencia de Atlántida: http://www.geocities.com/planetaesceptica/atlan1.htm