Buscar este blog

Mostrando las entradas con la etiqueta Israel. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Israel. Mostrar todas las entradas

jueves, abril 01, 2010

Afinidades (más o menos) electivas.

Soy donde no pienso, dice J. L en algún sitio.
Hay paisajes, lugares mentales, gustos espirituales, aromas del alma, que nos definen más allá de la conciencia, más acá del sentimiento.
Resultados de elecciones que no siempre fueron racionales, esos afectos personales nos habitan.
De ellos quiero hablar.
Ahora.

En estos días recuerdo, especialmente, mi predilección por el judaísmo. La cultura, la historia, la religión de ese pueblo (con el cual, que yo sepa al menos, no tengo vínculos genéticos) me fascinan. Visito con frecuencia sitios judíos en la Red, escucho su música, intento leer su lengua.
Es notable, o tal vez no lo sea tanto, esta predilección pues rechazo al sionismo y en especial, la existencia del Estado de Israel tal como fue establecido. Estoy convencido, sin embargo, de que Medinat Yisra'el es en muchos aspectos la negación de del judaísmo; todo cuanto de noble tiene esta cultura tres veces milenaria resulta traicionado por la existencia de ese estado que, en la práctica, defiende valores políticos casi fascistas.
Los sentimientos, claro, no saben de racionalidad, por eso la Hatikvah me conmueve y no pierdo las esperanzas, ateo y goy, de participar alguna vez del séder de Pesaj…

Mi amor por este pueblo tiene sus raíces en la adolescencia.

Entonces era cristiano y me esforzaba por leer la Biblia en sus lenguas originales. Estudié, torpemente, la gramática hebrea y no perdí oportunidad de hacerme con libros escritos en el idioma de Moisés, de Isaías, de Amós. Ansiaba tener el “típico” amigo judío y hasta jugué imaginariamente con volverme un גיור‎.

Aún conservo el diccionario hebreo que escribí entonces, el tocho indigerible de una proyectada historia hebrea y mis apuntes gramaticales con el nifal, el pataj furtivo y las matres lectionis (no estudiaba neo hebreo, sino hebreo bíblico, por supuesto).












Los años pasaron, conocí hermosas personas de ese pueblo, y quedaron lindos recuerdos de ellas en mi corazón.
Políticamente defiendo la causa palestina y desearía, a pesar de todas las dificultades del caso, que pudiera establecerse un estado laico y binacional en la región; pero aún me emociono, hasta las lágrimas, con el ירושלים של זהב (Yerushalayim Shel Zahav).




Inglaterra es otro de mis hogares espirituales.
En este caso tiene que ver con la literatura inglesa que pude leer, casi siempre en traducciones, con Sir Walter Scott y su mito del “Norman yoke”, con Robert Graves y su persuasiva prosa, con G. K. Chesterton y, en especial, con this jewel among englishmen; J.R.T. Tolkien.

Ellos me hicieron conocer esa Merry England, que nunca existió, me llevaron de la mano por los páramos de las Middlans y los sombríos inviernos de Northumbria.

Luego llegaron Shakespeare, Milton, Blake y el entrañable Hobsbawm, cuya prosa inglesa soy incapaz de juzgar pero que está lleno de esa mezcla de audacia y sensatez que constituye la clave del carácter de los isleños.

Allí, quizás, reside mi afecto por el pueblo inglés, por su cultura, por su literatura sobre todo; en la sencillez, la manera convincente de encadenar el razonamiento.

El common sense anglosajón me "puede"; un placer a la vez estético y lógico. Los alemanes son más precisos a la hora de razonar, pesados, minuciosos, no dejan nada librado al azar; los ingleses, en cambio, confían en que la idea penetre lentamente en nuestro sistema, la destilan, la diluyen si cabe la expresión, y la hacen parecer tan natural como la caída de las hojas en otoño. Y siempre, sin excepción, encuentro en sus palabras esa nota de humorismo no exento de ironía que nos dice, silbando:


Life's a laugh and death's a joke, it's true.
You'll see it's all a show,
Keep 'em laughing as you go.
Just remember that the last laugh is on you.






Me gustan, pues, los ingleses.
Me gustaron aún más cuando, solos, enfrentaron a los nazis, cuando resistieron las bombas asesinas, cuando marcharon al Continente para derrotar a Sauron.


Y eso no quiere decir que olvide nuestra historia, ligada al Imperio Británico para bien y para mal.

Y eso no me impide reconocer su cinismo a la hora de explotar al resto del mundo en su propio beneficio.

Y eso, en fin, no significa que no me enorgullezca al recordar aquellas fallidas invasiones de Popham, que no asome una sonrisa cuando un buen irlandés les patea el trasero o que no haya delirado cuando, un día en México, Dios jugó al fútbol con la camiseta argentina.



Siempre digo que el hogar de mis ancestros es Europa y que soy un hijo de Occidente con todo lo que eso representa.

Mi lengua es europea, mis lecturas son europeas, mi filosofía y muchos de mis maestros lo son. No digo que eso sea mejor, o peor, que otros orígenes pero uno necesita raíces y las mías están en torno al Mediterráneo.

Por eso me siento a gusto en una piazza de Italia, en un café de París o en el Rastro de Sevilla…
¡ y eso que no he estado nunca en ellos sino en mis sueños!

Pequeños afectos también para Italia y sus maravillas, que son mías y de i mío nonni,
                                                         para Grecia y sus islas pobladas de náyades (otra lengua, el griego, que amo y he intentado estudiar),
                                                                           para Francia, madre de la libertad y cuna de los valores de la Modernidad que son los míos propios,
                                                                                            para la petite et héroïque Belgique que, por encima de sus históricos beffrois, del amicale Hercule Poirot, es la patria de aquella que ama mi corazón…


Europeo de estirpe, occidental por cultura, soy americano por nacimiento y, a esta altura de mi vida, opción. Alguna vez me han preguntado si, a semejanza de tantos compatriotas, reclamaría la ciudadanía italiana; mi respuesta, casi instintiva, ha sido ¡no!, yo soy argentino.

Argentino y de Rosario.
Argentino y no porteño.
Argentino nacido y criado en los años 60 y 70.
Argentino que vivió su adolescencia en los estupendos 80.
Argentino que recorrió mil veces la historia y los paisajes de su tierra en las páginas de un libro y, ahora, en las rutas argentinas hasta el fin.



Amo mi país (a mi generación le cuesta decir patria), y me indigno cuando mis compatriotas lo motejan con epítetos escatológicos;

o sea cuando dicen: ¡qué país de mierda! (en criollo) frase que, más que argenta, me parece porteña, deleznablemente porteña.


Amo su historia y amo sus mitos aún no contados.
Amo su lengua. Su música (últimamente hasta el tango). Su diversidad.
No tengo, que sepa, ancestros indígenas; pero no puedo dejar de pensar en una Argentina de diez mil años de antigüedad, de miles de lenguas, de cientos de historias que me hablan al oído y me reivindican como suyo, a mí, que llegué exiliado desde las tierras del Viejo Mundo.

Argentina, América (toda, todita), el Nuevo Mundo y, ya que estamos, el Hombre Nuevo son también parte de mis afinidades electivas. Y de ellas hablaré otro día…

jueves, enero 15, 2009

La kafiyyah y la kipá. Un intento de historia de Palestina e Israel 2






Durante la Guerra, así se decía entonces antes de que la locura obligase a numerarlas, los británicos habían apoyado, para el futuro, las pretensiones independentistas árabes obteniendo, en el presente, la colaboración de algunos líderes locales. Cuando los turcos se fueran, imaginaban, se crearía un gran estado en base a la nacionalidad árabe.

Un Estado que iría desde Egipto a Iraq con su centro natural en Siria y Palestina. La correspondencia entre Husayn y Mc Mahon corroboraba esta promesa.

Durante la Guerra, también, los británicos había apoyado al movimiento sionista como una manera de atraerse a los judíos de Alemania y Austria, quienes por cierto no estaban tan interesados en “regresar a la Tierra Santa” como en el triunfo de sus respectivas naciones. La promesa de Londres se verificó en la forma de una declaración; La Declaración Balfour, que anunciaba la creación de un “hogar nacional judío” en el territorio palestino.

Dos promesas, en un mismo territorio, que entonces estaba en poder de otro estado.

La Guerra terminó, numerosas promesas no se cumplieron, pero una creciente cantidad de colonos judíos se establecieron en Palestina sentando las bases de un futuro estado. En un primer momento estos inmigrantes no despertaron recelos en la población local. Al fin y al cabo el lugar era un mosaico étnico. Sin embargo, al aumentar la compra de tierras por parte de la Agencia Judía, que se transformó, de hecho, en la gobernante real de las mismas, comenzaron las reacciones en contra.

Un caso ejemplar fue el de los olivos. Los árabes eran, en su mayoría, arrendatarios de los propietarios turcos quienes, según una inmemorial costumbre, consideraban a los mismos dueños de todo lo clavado y plantado, sobre todo los árboles de olivo. Cuando la Agencia compraba la tierra, los agricultores árabes eran desplazados y, de acuerdo a las leyes europeas, todo cuanto se hallaba en sus tierras, árboles especialmente, pasaba a ser propiedad judía. Esto motivaba frecuentes conflictos. Los campesinos árabes veían a los inmigrantes judíos como usurpadores mientras que éstos consideraban ocupantes ilegales a los agricultores locales.

La tensión derivó en mutuos ataques.
Los árabes llevaron a cabo una Gran Revuelta en 1936 entanto que los judíos crearon sus propias milicias de autodefensa; la Haganá, el Palmaj y el Irgan.

Durante la Segunda Guerra Mundial hubo árabes en ambos bandos. Los judíos, en tanto, intensificaron su inmigración pese a la oposición británica y se dividieron entre quienes deseaban proseguir la lucha contra los ingleses y los que, como la Haganá, propiciaban la colaboración con los Aliados.

El holocausto perpetrado por los nazis marcó hondamente la conciencia judía y despertó en muchos de ellos la convicción de que sólo podía evitarse una nueva masacre creando un estado propio.
Terminada la Guerra casi un cuarto de millón de judíos pretendía dejar Europa para asentarse en Palestina. Esto iba en contra de los intereses británicos quienes reforzaron sus cuotas de inmigración. El resultado fue que los grupos combatientes judíos se volcaron a la lucha por medio de acciones terroristas (como el Atentado de Irgún al Hotel Rey David) mientras que sobrevivientes de los campos de exterminio se lanzaban al mar en endebles navíos reciclados con destino a la tierra tantas veces prometida.

Así las cosas, en 1947 Gran Bretaña, jaqueada por sus propios problemas y con una situación que se le escapaba de las manos, renunció al Mandato pasándole el problema a las recién creadas Naciones Unidas.

Como suele suceder se creó un comité para resolver la cuestión. Un comité es un grupo de personas muy preparadas que, frente a hermosos mapas a color, diseña proyectos a menudo maravillosos e impracticables. En referencia a Palestina se barajaron dos opciones; la creación de un único estado, de carácter federal, árabe judío, o la constitución de dos; uno judío, otro árabe. Jerusalén, sagrada para demasiada gente, se convertía en una improbable ciudad internacional. Esta última fue la opción elegida y, como de costumbre, nadie dijo una palabra acerca de cómo se implementaría.


Mientras tanto, una verdadera guerra civil se desarrollaba en Palestina. Las fuerzas judías se enfrentaban abiertamente con las palestinas, bajo la inacción de las tropas británicas, ocupadas en organizar su inminente retiro.

El 15 mayo de 1948, un día antes de la retirada de las tropas británicas, David Ben Gurión, presidente de la Agencia Judía, proclamaba la creación del Estado de Israel en los territorios, notablemente discontinuos, que proponía en plan de las Naciones Unidas. Esta fecha es recordada por los judíos como Día de la Independencia, y por los palestinos como la Nakba, la Catástrofe.


El nuevo estado era formalmente laico y democrático. Se garantizaba la ciudadanía israelí a todos los habitantes del territorio; árabes o judíos. En números los judíos eran unos 500.000 mientras que los árabes sumaban más de un millón.

Llamamos a los árabes que viven en el Estado de Israel para que preserven la paz y participen en la construcción del Estado, siendo reconocidos como ciudadanos de pleno derecho, con opción a ser representados en todas las instituciones provisionales y permanentes, decía la Declaración de Independencia. Sin embargo esto no se compadecía con otras proclamaciones que hablaban de Israel como de “un estado judío” y con la comprobación de que los nuevos gobernantes eran, de hecho, judíos.

La guerra, que no había cesado, se desencadenó con furia. Los ejércitos árabes vecinos invadieron el estado que ellos no reconocían y los judíos se aprestaron para una resistencia desesperada.

miércoles, enero 14, 2009

La kafiyyah y la kipá. Un intento de historia de Palestina e Israel



Olvidemos, pues aspiramos a la comprensión, las entrañables mitologías. Dejemos de lado a Josué y a David, a Mahoma y la Miraj, a Belén o al Gólgota.

No olvidemos, sin embargo, que para los que vivieron, viven y padecen, esta historia todo ello es tan real como el paisaje, el clima o los sucesos de ayer…

La historia que nos interesa comienza en el siglo XIX, como tantas ligadas al nacionalismo, esa enfermedad infantil de la Humanidad.

El primer escenario es Palestina, un mero nombre geográfico por entonces. Parte del Imperio Otomano, o Turco, un estado tan frágil que era conocido como "el enfermo", débil puerta entre el Mediterráneo y los campos petrolíferos recién descubiertos en Irán, acceso vital a las regiones del Medio y Lejano Oriente. Allí, en medio de la corrupción y la desidia de las autoridades del imperio, viven, y a veces conviven, árabes, drusos, judíos y armenios. Se distinguen antes por su religión que por su nacionalidad y son sus líderes, llámense ulemas, obispos o rabinos, los que los representan ante el absentista estado otomano El Imperio se tambalea y las potencias europeas juegan a debilitarlo cada día más, pero cuidándose de hacerlo caer; una pieza más en el Gran Juego como se llamaba por entonces a las relaciones exteriores. Algunos jóvenes, lúcidos, se preguntan cómo hacer para liberarse del despotismo del Sultán; más que musulmanes gustan llamarse árabes, pues entre ellos también hay cristianos, comienzan a mirar con orgullo su historia y reivindican la tolerancia de los primeros califas, la gloria de Damasco y el esplendor de Bagdad.

Nos movemos ahora hacia Europa. La luz de la civilización, aún con pocos traumas que resolver, brilla en todo su esplendor. Francia y Gran Bretaña se disputan la hegemonía en el continente y el mundo (lejos de allí los Estados Unidos miran y aprenden) explorando, registrando, buscando materias primas, mercados, restos arqueológicos y un toque de exotismo para lo que en unos años llamarán el imperialismo. Las potencias de segundo orden; Alemania, Italia, Austria Hungría, envidian a estos grandes estados nación, los imitan, exploran el mundo y pretenden quedarse con porciones del mundo que ellos aún no han reclamado.

Europa se ufana de haber dejado atrás la religión, pero sigue definiéndose por su cristianismo, y los judíos viven permanentemente bajo sospecha. Ellos también, en gran medida, se han asimilado a la cultura cosmopolita del “fin de siglo”, se consideran europeos y desprecian las tradiciones del gueto. Basta, con todo, que aparezca un emergente para que salga a relucir el anti judaísmo de los cristianos europeos y comience la persecución. Como a Dreyfus, el oficial francés acusado de espionaje sólo por ser de origen judío…

En esta Europa próspera no todos han alcanzado la dicha. La inmensa mayoría de los trabajadores padece condiciones inhumanas de explotación y para quienes se oponen a esta situación hay un solo camino; se llama socialismo.

El tercer escenario nos lleva a un tiempo histórico intermedio entre el medio evo otomano y la modernidad europea; el vasto Imperio Ruso. Primitivo y avanzado al mismo tiempo, donde conviven los príncipes y los siervos recién liberados, donde el Zar todavía es el “Padrecito” y los monjes determinan la vida de las comunidades campesinas. Aquí también conviven diferentes pueblos, pero los judíos, son los más diferentes de todos. De tanto en tanto el alcohol, la desidia, el interés o la prédica desata brutales persecuciones que hasta darán nombre a todo atentado anti judío: pogrom.

Las comunidades judías de Rusia y el este europeo están menos libres de la religión que sus hermanas occidentales, pero son más numerosas, activas y cuentan con marcas de identidad muy fuertes, aquellas que surgen del peligro compartido, del acoso permanente, de la terquedad y la resignación.

Son tiempos de movimientos de pueblos. Millones cruzan los océanos para iniciar nuevas vidas en tierras lejanas. La colonización de espacios vírgenes, no se menciona demasiado a los nativos no europeos, enciende la imaginación. Empezar todo de nuevo bajo las babélicas torres de Nueva York, en las interminables llanuras de Argentina o en el fértil litoral del Brasil es una opción más atractiva, y menos arriesgada, que la lucha que proponen los socialistas. Es, también, la aventura, la sensación de participar en algo más grande que uno mismo, el desafío y el lanzarse en manos del destino en una ebriedad casi de juego con una lucidez casi de misión.

En ese ambiente, nacionalismo, socialismo, colonización y juegos políticos es donde surge el sionismo. Lo funda un periodista inteligente y poco sutil, condición indispensable para el ejercicio de la profesión, y se traza una misión que cualquier otro consideraría imposible; construir un estado para el pueblo judío. Como no sabía que era imposible terminaría lográndolo.

No haremos aquí la historia de Theodor Herlz, el periodista devenido en constructor de utopías, ni del sionismo que, minoritario al comienzo, se hizo respetar por su tenacidad y claridad de objetivos. Mencionaremos, sí, que muchos sionistas consideran que el pensamiento socialista es perfectamente compatible con su objetivo; no aspiran a un estado judío regido por la vieja ley de Moisés, sino a un estado laico, conformado por obreros y campesinos, que recoja en sí lo mejor de las esperanzas de los profetas hebreos, la justicia, la paz y la libertad serán los valores de la modernidad que creerán ver anticipados en las palabras de Isaías o Jeremías. Y no se contentan con profesar estas ideas, pretenden hacerlas realidad; de manera que en lugar de emigrar a América prefieren establecerse en los inhóspitos eriales del borde del desierto, allí en la añorada Palestina. Sus granjas colectivas, kibutzim, surgen como pequeños oasis ante la suspicacia y sorpresa de sus vecinos árabes. Toda la organización aprendida en la Europa burguesa, todas la hipótesis esbozadas por los teóricos socialistas, toda la tenacidad de quien se juega la vida son puestas en juego allí y dan nacimiento a un nuevo tipo de judío; el colono.

La guerra, largamente anticipada, estalla al fin en 1914. El mundo nunca volverá a ser el mismo. De las ruinas humeantes de cuatro años de batallas mundiales surge el primer estado socialista, la Unión Soviética, y caen antiguos imperios; entre ellos el Otomano.

Franceses e ingleses, vencedores, acuden a repartirse los despojos del Sultán. Siria queda para los vivaces hijos de la Francia, Palestina, a uno y otro lado del Jordán, para los imperturbables súbditos de su Graciosa Majestad Británica. Son los tiempos del “Mandato” y aquí comenzará la segunda parte de nuestra historia.

martes, enero 13, 2009

Gaza, sin simplismos





Desde el comienzo de la ofensiva militar, murieron 917 palestinos y más de 4.300 resultaron heridos en la Franja de Gaza, según informes palestinos.

Por el lado israelí han muerto 13 personas, nueve soldados y cuatro civiles alcanzados por los cohetes de milicianos palestinos. (Télam)

En su concisión la noticia es clara ¿qué clase de guerra es ésta donde mueren 900 de un bando y 13 del otro?

Asimétrica, la llaman los teóricos del ¿arte? de la guerra. Injusta podrían decir los primeros tratadistas del derecho de gentes. Otros apelativos se me ocurren pero uno sólo engloba a todos: tragedia.

Y la tragedia no es solamente para los cientos de muertos de Gaza, abarca más, mucho más. La tragedia es la de una tierra demasiado santa, la de dos tradiciones religiosas que son traicionadas en lo más puro que pueden tener, la de naciones y culturas milenarias, la de la Humanidad incapaz de salir del círculo de hierro de las armas.

La condena a las acciones de Israel es casi unánime, poco ayuda a comprender la postura del Estado judío (apoyado por gran parte de su población) el apoyo, solitario, de los Estados Unidos. Las imágenes hablan por sí solas y sesenta años de terrorismo, ocupación, jactancias, invocaciones al dioses ausentes, resoluciones incumplidas y desprecio por los derechos humanos en ambos "lados" hacen que en este tema, en esta tragedia, haya poco lugar para la reflexión.

Intentaré, empero, no ser simplista. Hace tiempo que quiero escribir sobre la situación en el Cercano Oriente y, realmente, suspendí varias veces la redacción del artículo con "temor y temblor".

Admiro profundamente la tradición judía. Respeto en gran medida, aunque la conozco menos, la cultura islámica; especialmente la de los sufíes. Reconozco valores propios en la herencia cristiana que ha contribuido a formarme. No creo en sus dioses, pero encuentro mucho de bueno en la moral de las religiones abrahámicas.

Es por eso que esta guerra, en un plano diferente al de la cuestión humanitaria, me resulta especialmente dolorosa. Si es un crimen, y lo es, matar a un ser humano ¿no es criminal también destruir una cultura? ¿no es un acto salvaje tracionar lo mejor de nosotros mismos, de nuestras tradiciones y valores?

Sería muy fácil, amén de mentiroso, quedarme con las sentencias al uso.

Israel el agresor y las víctimas palestinas en una versión; lamentablemente no desprovista de veracidad.



Así lo ve el mundo árabe (http://www.youtube.com/watch?v=IfhI9qln4M8)

El islamismo terrorista que pone a sus ciudadanos como escudos humanos frente a un pueblo pacífico que sólo quiere defenderse, en la otra forma de contar la historia, tampoco ésta ¡ay! del todo incorrecta.

Así lo ve Israel (Aish Latino)

Sería cómodo ponerse en la posición de aquel juez que decía a uno y a otro que ambos tenían la razón. Hamas es terrorista e Israel es agresor; escuchando a cada uno, por encima de las bombas, cuentan versiones tan diferentes en su parecido que uno se siente tentado a conceder a los dos la razón en este conflicto interminable.

Quizás esto suceda porque la razón, o la lógica occidental, tengan poco que hacer aquí. Quizás desde el momento en que se hace intervenir a esa entidad fantástica llamada Dios, todo discurso meramente humano queda destruido desde su base. Quizás suceda que se peque de ingenuidad al analizar el conflcito en términos de pueblos en lucha, o aún de tradiciones culturales, cuando la realidad es que en ese tablero de ajedrez (nunca mejor empleada la comparación) de montes, desiertos y nombres evocadores intervienen jugadores ajenos que manipulan pasiones, mitos, esperanzas y vidas en procura de diminutos intereses económicos.

La historia, que siempre he considerado mi aliada, se vuelve también poco menos que inútil en estas regiones de Oriente. No sólo porque judíos y palestinos han dado una nueva confirmación, rotunda esta vez, a ese viejo dicho que señala que "la verdad es la primera víctima de toda guerra" sino porque la misma historia de Canaán, Israel, Abar Nahara, Judea, Samaría y Galilea, Palestina, Tierra Santa y tantos nombres más está ocultra tras montañas de escorias mitológicas y construcciones hipotéticas.

Nombres antiguos para nuevas realidades, apelación a dudosas continuidades, reescritura de los testimonios, mapas fraguados y versiones contradictorias entorpecen cualquier intento de pensar históricamente la realidad de estas tierras. Si le añadimos la falacia de los anacronismos, los nacionalismos inventados, las frases fuera de contexto y los párrafos de los libros santos tergiversados, aumenta geométricamente la imposibilidad de entender los orígenes de este conflicto.

Y esto es terrible, porque no hablamos de cuestiones ociosas, sino de la vida, y la muerte, de millones de personas. De nosotros mismos, por más lejanos que nos sintamos de esta guerra ¿o nos hemos olvidado de la AMIA?

Un esfuerzo, menor en medio de tanta muerte, vale la pena para entender lo que sucede.

Mañana: Breve (e imparcial) historia de un conflicto

jueves, diciembre 04, 2008

Vientos de guerra


La palabra ha sido dicha una vez más.
¡¡Guerra!!

El enemigo, el nuevo enemigo, es una construcción ideal; el Islam y el mundo oriental en su conjunto. El oponente, de cuyo lado por supuesto está la justicia, es otra entelequia; Occidente.

No faltarán filósofos que justifiquen los aprestos bélicos. Nunca faltan, por supuesto. Ellos nos dirán que es una lucha por la civilización y contra la barbarie, faltaba más.

Uno podría descartarlos pensando que son simples sicofantes del Imperio si no fuera que, en muchos casos, tienen razón. Es verdad que los combatientes islámicos no se destacan por su respeto por las convenciones que, en mejores días, acordaron los pueblos del Oeste; en la guerra que libran contra el Gran Satán las víctimas parecen ser lo de menos, su propio pueblo perece (véase Irak, léanse las crónicas de Gaza ocupada), los militantes se inmolan, la guerra es llevada a las calles y las casas de manera brutal; pero también es cierto que, humillados y ofendidos, han sido empujados a abrazar el islamismo más radical para resistir el avance de los nuevos cruzados.

¿Justificación?.
¡De ningún modo y para nadie!

La religión, esa especie de travesura de la mente cansada que ha prohijado tanta belleza como fealdad, fue invitada al convite y ya no puede ser expulsada de él. Todos invocan a sus dioses, todos encuentran en sus libros sagrados los motivos para emprender una lucha que, si fuera por el petróleo (esa adicción del Occidente), la geopolítica y los recursos naturales que se agotan, tendría menos atractivo para las masas desposeídas y para los propagandistas del odio.

Al fin y al cabo ya el propio Agamenón tuvo que recurrir al fantasma de Helena para arrebatar a los troyanos el control del Helesponto...

Así vimos constituirse (Israel) un estado nacional, y cada vez menos laico, es decir, menos racional, en nombre de viejas escrituras y fallidas profecías.

Así la resistencia (la nación árabe abusivamente identificada con el Islam) que comenzó en nombre de un pueblo despojado se convirtió en una guerra santa (magnífica pero atinada contradicción).

Así el mosaico étnico y cultural del Cercano Oriente estalló en pedazos a los cuales ni el más paciente de los restauradores puede recomponer.

Israel y Palestina, Irak, Siria y Líbano, los fundamentalistas estadounidenses que votan según las profecías bíblicas y un Papa que desempolva viejas anécdotas de emperadores se mezclan...
La intolerancia en nombre de la tolerancia, cuando se impide el uso del velo...

La violencia con la máscara de la paz, cuando se argumenta que, puesto que ellos no respetan nuestras “sabias leyes”, tampoco nosotros debemos respetarlas

La libertad acotada por leyes de vigilancia, al crecer la manía de ver al enemigo en cada barba, turbante o caftán.

¿Es eso todo? ¿Estamos ante una nueva, y al parecer inevitable, guerra en el Oriente?
¿Es ese Islam que busca armarse con dispositivos nucleares, el gran culpable?

¿Son las apetencias imperialistas, y el hambre de combustibles, de los países avanzados el origen de esta espiral que parece no tener fin?

¿Regresamos, cinco siglos después, a las Guerras de Religión?


La Historia puede darnos pistas, siempre que no la miremos a través de los mitos que supimos construir.



El mundo musulmán, multiforme, posee una gran riqueza espiritual; sus filósofos fueron, alguna vez, maestros de Occidente.

Los países árabes, que no se superponen con los primeros, constituyeron alguna vez una escuela de tolerancia.

El judaísmo sembró valores que aún hoy se cuentan entre las más elevadas creaciones de la Humanidad.

Cristianos fueron quienes derribaron, otrora, las supersticiones que trababan el avance de la ciencia.

No toda religión es, o debería ser, negativa.


Sin embargo hemos visto en los últimos ciento cincuenta años como el avance de Occidente sobre el mundo doblegó y demonizó al otro, hemos asistido a la pérdida de los mejores valores de las tradiciones monoteístas en beneficio de concepciones tribales que hubiesen hecho sonreír, o retroceder espantados quién sabe, a los pensadores del medioevo y que los mejores de los filósofos del siglo diecinueve considerarían caducas.


Un nacionalismo cargado de leyendas, el fin de las grandes utopías transformadoras y la presencia ubicua del más arcaico misticismo han servido de coartada a las ambiciones y los negociados de un puñado de empresas fundamentadas, ¡paradoja!, en el cálculo racional y la maximización de los beneficios.

Ahora parece casi imposible desandar el camino.

No hay soluciones fáciles, tampoco resultan viables, una vez que se invocaron Absolutos, la negociación o la misma política.

Condiciones todas que, otra vez habla la Historia, siempre han llevado a esa palabra quizás la más mala palabra de todas: ¡Guerra!

viernes, febrero 15, 2008

¿Cuántas personas escribieron la Biblia?



La versión alemana de la Biblia, traducida por Martín Lutero



Estimados y apreciadas lectores/as

La del acápite es una de esas preguntas típicamente bizantinas, como la de ¿cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler? o ¿dios puede querer aún lo que no quiere?, una de esas que hacen que mentes que mejor estarían ocupadas en alguna actividad útil se refugien en sombrías y húmedas celdas para, en el ocio, meditar sobre el vicio de la inanidad...

Ahora, después de este ex abrupto en el estilo de Ambrose Bierce, me dedico a hacer la cuenta que responde a esta pregunta junto contigo, amable lector y a vuestro lado gentil lectora...


¿Cuántos fueron?

Los primeros cinco libros de la Biblia, en el mal llamado Antiguo Testamento, son obra de Moisés, y fueron puestos por escrito cerca del año 1513 o 1250 antes de la era cristiana, o al menos eso dice la tradición.

Ícono copto de Moisés, destacando su origen africano... Muy pocas de sus palabras originales, si es que las hubo, subsisten en la Biblia actual.



Por supuesto esto no es así de ninguna manera.

Al menos cuatro manos redactaron el Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

Uno era un funcionario del reino de David (o quizás una dama de la corte como dice Harold Bloom quien, cum grano salis, la identifica con Betsabé, ya saben la de Urías…) aunque Finkelstein lo sitúa en los tiempos posteriores a Ezequías.

A este autor, o autora, le decimos Yavista y a su obra el documento J (de Yavista... en alemán).


Betsabé, esposa de Urías; ¿autora del Documento J?

El otro, conocido como el Elohísta, era un norteño de los tiempos finales del Reino de Israel que, en polémica con los escritores judaítas, reivindicaba los valores de su propia gente.

En tercer lugar tenemos al Deuteronomista, un tipo relacionado con los ambientes proféticos de Jerusalén en los tiempos del buen rey Josías (el mismo que pasó a filo de espada a los sacerdotes que no adoraban a Dios como él creía que debía ser) y que tenía a su cargo el Ministerio de Información (propaganda) del Reino de Judá allá por el año600 a.C.

Por último un cura, es decir un Sacerdote de la supuesta familia de Aarón (en realidad de Sadoc, pero eso es otra historia), redactó las partes finales de la Torah en tiempos del destierro a Babilonia, antes o después.

Si le añadimos al Redactor que zurció los fragmentos, encontramos a cinco personas implicadas en la escritura de los cinco primeros libros de la Biblia. Eso sin contar los textos previos que se citan a veces, como el Libro de las Guerras de Yavé o poemas anónimos intercalados en el texto.

El libro de Josué fue escrito por Josué, en torno al 1450 o 1225 a.C. Aunque por supuesto esto tampoco es cierto y ya los primeros cristianos aventuraron otras hipótesis al respecto. Actualmente se buscan en Josué rastros de las mismas fuentes de la Torah, Yavista y demás, y lo cierto es que también aquí tenemos más de un par de manos que intervinieron en la redacción.

El libro de los Jueces es obra de Samuel, como no, hacia el año 1100 a. C. Lo mismo que el libro de Rut, esa pequeña joyita literaria.

En realidad se trata de una amplia serie de leyendas, la mayor parte etiológicas, agrupadas en un solo texto por un autor relacionado con el movimiento Deuteronomista de Josías y Jeremías.

En cuanto a Rut, en modo alguno una historia, sino una suerte de novela romántica, es varios siglos posterior, del período de dominio persa o quizás después, y representa una de las pocas voces polémicas contra los estrechos criterios de pureza de Esdras y Nehemías.

Seguramente es obra de un hacendado de la montaña de Judá, relacionado con la aristocracia local, dispuesto a la asimilación con las culturas vecinas, sin por ello renegar de su tradición, y con un muy buen conocimiento de la lengua hebrea.




Edición hebrea de la Tanaj, es decir, la Biblia

La cuenta, parcial, es:

Según la tradición, los ocho libros mencionados son obra de tres autores (Moisés, Josué y Samuel) que vivieron entre el siglo XVI y el XII antes de Cristo.

Según la investigación histórica, los libros de marras provienen de cinco u ocho escritores diferentes (Yavista, Elohista, Deuteronomista, Sacerdote, Redactor, Compilador 1 de los relatos de Jueces, Deuteronomista de Jueces, Aristócrata autor de Rut) que trabajaron entre el siglo X y el IV antes de nuestra Era.

Estimada lectora, sagaz lector, tú eliges que versión te cuadra más.

Y basta por ahora.

lunes, octubre 01, 2007

Brevísima historia del pueblo judío.


David, rey de Judá, de Israel, Ungido (Mesías) de YHWH, una figura, un mito, un símbolo que permanece...
Somos hebreos

De alguna manera todos nosotros, ciudadanos de esta convención cultural llamada Occidente, somos hebreos e hijos de Abraham.

Los mitos de ese pueblo del Antiguo Oriente son tan tenaces en nuestra conciencia como los helénicos. Pensemos en temas como la culpa, la expiación, el mesianismo o la concepción teleológica de la Historia; todos ellos le deben su formulación, su fraseología y su tremenda vigencia a la colección de mitos contenida en la Biblia.

Es similar lo que sucede con la política; la existencia del Estado de Israel en el territorio de Palestina se debe, claro está, a consideraciones de tipo económicas y geopolíticas, pero no hubiese sido posible de no aparecer mediatizadas, y veladas, por el enorme poder convocante de la mitología judeo cristiana.


El moderno Estado de Israel apela con gusto a sus mitos fundacionales. Aquí el Escudo que evoca la Menorah, el candelabro de Siete Brazos presente en el Templo de Jerusalén.

Veamos, pues, un somero resumen histórico acerca de este pueblo, pueblos diríamos mejor, "escogido entre todos los pueblos de la tierra".

Antes de que hubiera judíos.

La historia de los judíos se hunde en la de una etnia anterior, de la cual son herederos, la hebrea.

Texto cuneiforme hallado en El Amarna, Egipto, donde se menciona a los 'apiru, una clase social compuesta por campesinos despojados de sus tierras; algunos de ellos darían origen a Israel

Nos parece cierto que estos hebreos no son otros que los apiru de los textos cuneiformes, algunos de cuyos grupos protagonizaron una rebelión exitosa contra los príncipes cananeos vasallos del Imperio Egipcio, suceso cuyo recuerdo épico, y recubierto de imaginería religiosa, perdura tanto en el Éxodo como en la historias de Josué y de los Jueces.



El Antiguo Cercano Oriente

Los campesinos sin tierra (apiru) triunfantes se confederaron en una unión de carácter religioso; Israel la cual bien pronto buscó la alianza de tribus sureñas ligadas a Edom y sometidas al dominio de las ciudades estado filisteas, estas tribus, con escasa participación en el proceso de conquista del país, tomaron el nombre de Judá y llegaron a imponer su dominio sobre Israel bajo el mando de un genial caudillo; David quien manipuló a su favor los antiguos símbolos de la rebelión campesina.

Los reinos de Israel y de Judá

Es importante notar, entonces, que Israel y Judá son dos entidades sociales, culturales y políticas separadas que sólo durante un breve período se presentan unidas en una doble monarquía pero cuyos orígenes e historia posterior son bien diferentes; afirmar, siguiendo la Biblia, que Judá era parte de Israel y que los judíos descienden de los antiguos israelitas es afirmar una media verdad...sería como decir que los macedonios eran griegos o que los americanos procedemos exclusivamente de los españoles.

Bajo el reinado de Salomón, hijo de David, la opresión del estado de Judá sobre las tribus norteñas se hizo intolerable y éstas volvieron a alzar el estandarte de la rebelión campesina expresado en el grito de guerra:

¡Israel, a tus tiendas!


Reconstrucción idealizada de un monarca de Judá (José Luis Salinas)
De este modo se volvió a la situación previa al reinado de David, con un estado de Israel, poderoso, rico y ligado al comercio con los fenicios en el norte, y un estado de Judá, menos imponente pero aún prestigioso, en el sur.

El período davídico, no obstante, había dejado numerosos recuerdos en la poesía popular y en el culto; si bien Yahvé no era aún, en ninguno de los dos estados, el único dios adorado, había crecido hasta convertirse en la más poderosa de las deidades y, más importante todavía, el referente obligado de las épocas más gloriosas de ambos pueblos.

Dejaremos de lado la evolución ulterior de ambos reinos. Basta saber que Israel se vio envuelto en las rivalidades políticas entre los estados arameos y neohititas para terminar siendo derrotado por la invencible máquina militar de los asirios; su clase dirigente fue exiliada y terminó perdiéndose entre los demás pueblos de Oriente, mientras que los campesinos permanecieron en el país dando origen a los samaritanos, de los cuales hoy mantienen esa identidad sólo algunos centenares de personas en la zona de Nablús.

Actual sacerdote samaritano

El reino de Judá, por su parte, capeó la tempestad asiria lo que le permitió una cierta presencia política en las tierras del antiguo Israel, pero al fin sucumbió ante el empuje de los babilonios, herederos de los asirios, y también vivió la deportación de sus dirigentes.

Jehú, rey de Israel sometido a Salamanasar III, rey de Asiria.

A diferencia de la clase dominante israelita, la judaíta (es impropio hablar aún de judíos) había desarrollado una peculiar mitología en torno al culto de Yahvé donde se mezclaban influencias cananeas, hititas y hasta egipcias y, más importante, había generado el fenómeno de los profetas.

Profetas, es decir voceros del dios, hubo en todo el Oriente, pero los profetas de Israel y de Judá descollaron por su conciente toma de posición política crítica frente a la monarquía... de hecho sólo hubo profetas mientras hubo reyes, lo cual les permitió presentarse, después de la catástrofe, como visionarios que conocían la verdadera voluntad de Yahvé respecto de su pueblo.

El profeta Isaías, como lo imaginó Miguel Ángel

En Babilonia

los desterrados crearon, a partir de los mitos nacionales, una formidable construcción teológica conocida como "deuteronomista" que establecía una premisa clara y sencilla: los hebreos, israelitas y judaítas por igual, eran un pueblo escogido por el dios Yahvé.

Yahvé en una tetradracma del siglo IV a.C.

Este dios, sin dudas el más poderoso del universo (¿único?, sin duda comenzaba a pensarse así) era celoso y justo, en los días antiguos había hecho un pacto con los ancestros que implicaba la bendición si seguían sus normas (que incluían una elevada ética y el culto exclusivo) y la maldición si las quebrantaban. Con estos elementos explicaban la historia del pueblo y construian una utopía, quizás la primera de la que existe noticia, orientada hacia el futuro.

Cuando Babilonia pasa al control de Persia, muchos de los desterrados, gente de clase alta, regresan a la tierra de sus antepasados que, por cierto, no estaba vacía... Una vez allí, y con el apoyo de los soberanos aqueménidas, imponen su particular visión religiosa a los campesinos y artesanos que habían quedado en la región (a los que llaman, despectivamente am ha arets; el pueblo de la tierra) aunque fracasan parcialmente en relación a los samaritanos.

Judá, después del intento de rebelión frustada de Zorobabel, que dará origen al mito del Mesías hijo de David, se convierte en un Estado Sacerdotal cuya vida cultural, política y económica gira en torno del Templo de Jerusalén. El culto de Yahvé es adoptado como exclusivo y sólo desde este momento podemos hablar de monoteísmo.

Reconstrucción, bastante fiel, del Primer Templo, construido por orden de Salomón en Jerusalén.

Moneda de Judá durante la dominación persa, nótese el ave, influjo quizás de la lechuza de las dracmas áticas.

Estos siglos, bajo la dominación persa, son los que darán origen a un grupo étnico y religioso que, andando el tiempo, será conocido como judío.

Continuará