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jueves, abril 01, 2010

Afinidades (más o menos) electivas.

Soy donde no pienso, dice J. L en algún sitio.
Hay paisajes, lugares mentales, gustos espirituales, aromas del alma, que nos definen más allá de la conciencia, más acá del sentimiento.
Resultados de elecciones que no siempre fueron racionales, esos afectos personales nos habitan.
De ellos quiero hablar.
Ahora.

En estos días recuerdo, especialmente, mi predilección por el judaísmo. La cultura, la historia, la religión de ese pueblo (con el cual, que yo sepa al menos, no tengo vínculos genéticos) me fascinan. Visito con frecuencia sitios judíos en la Red, escucho su música, intento leer su lengua.
Es notable, o tal vez no lo sea tanto, esta predilección pues rechazo al sionismo y en especial, la existencia del Estado de Israel tal como fue establecido. Estoy convencido, sin embargo, de que Medinat Yisra'el es en muchos aspectos la negación de del judaísmo; todo cuanto de noble tiene esta cultura tres veces milenaria resulta traicionado por la existencia de ese estado que, en la práctica, defiende valores políticos casi fascistas.
Los sentimientos, claro, no saben de racionalidad, por eso la Hatikvah me conmueve y no pierdo las esperanzas, ateo y goy, de participar alguna vez del séder de Pesaj…

Mi amor por este pueblo tiene sus raíces en la adolescencia.

Entonces era cristiano y me esforzaba por leer la Biblia en sus lenguas originales. Estudié, torpemente, la gramática hebrea y no perdí oportunidad de hacerme con libros escritos en el idioma de Moisés, de Isaías, de Amós. Ansiaba tener el “típico” amigo judío y hasta jugué imaginariamente con volverme un גיור‎.

Aún conservo el diccionario hebreo que escribí entonces, el tocho indigerible de una proyectada historia hebrea y mis apuntes gramaticales con el nifal, el pataj furtivo y las matres lectionis (no estudiaba neo hebreo, sino hebreo bíblico, por supuesto).












Los años pasaron, conocí hermosas personas de ese pueblo, y quedaron lindos recuerdos de ellas en mi corazón.
Políticamente defiendo la causa palestina y desearía, a pesar de todas las dificultades del caso, que pudiera establecerse un estado laico y binacional en la región; pero aún me emociono, hasta las lágrimas, con el ירושלים של זהב (Yerushalayim Shel Zahav).




Inglaterra es otro de mis hogares espirituales.
En este caso tiene que ver con la literatura inglesa que pude leer, casi siempre en traducciones, con Sir Walter Scott y su mito del “Norman yoke”, con Robert Graves y su persuasiva prosa, con G. K. Chesterton y, en especial, con this jewel among englishmen; J.R.T. Tolkien.

Ellos me hicieron conocer esa Merry England, que nunca existió, me llevaron de la mano por los páramos de las Middlans y los sombríos inviernos de Northumbria.

Luego llegaron Shakespeare, Milton, Blake y el entrañable Hobsbawm, cuya prosa inglesa soy incapaz de juzgar pero que está lleno de esa mezcla de audacia y sensatez que constituye la clave del carácter de los isleños.

Allí, quizás, reside mi afecto por el pueblo inglés, por su cultura, por su literatura sobre todo; en la sencillez, la manera convincente de encadenar el razonamiento.

El common sense anglosajón me "puede"; un placer a la vez estético y lógico. Los alemanes son más precisos a la hora de razonar, pesados, minuciosos, no dejan nada librado al azar; los ingleses, en cambio, confían en que la idea penetre lentamente en nuestro sistema, la destilan, la diluyen si cabe la expresión, y la hacen parecer tan natural como la caída de las hojas en otoño. Y siempre, sin excepción, encuentro en sus palabras esa nota de humorismo no exento de ironía que nos dice, silbando:


Life's a laugh and death's a joke, it's true.
You'll see it's all a show,
Keep 'em laughing as you go.
Just remember that the last laugh is on you.






Me gustan, pues, los ingleses.
Me gustaron aún más cuando, solos, enfrentaron a los nazis, cuando resistieron las bombas asesinas, cuando marcharon al Continente para derrotar a Sauron.


Y eso no quiere decir que olvide nuestra historia, ligada al Imperio Británico para bien y para mal.

Y eso no me impide reconocer su cinismo a la hora de explotar al resto del mundo en su propio beneficio.

Y eso, en fin, no significa que no me enorgullezca al recordar aquellas fallidas invasiones de Popham, que no asome una sonrisa cuando un buen irlandés les patea el trasero o que no haya delirado cuando, un día en México, Dios jugó al fútbol con la camiseta argentina.



Siempre digo que el hogar de mis ancestros es Europa y que soy un hijo de Occidente con todo lo que eso representa.

Mi lengua es europea, mis lecturas son europeas, mi filosofía y muchos de mis maestros lo son. No digo que eso sea mejor, o peor, que otros orígenes pero uno necesita raíces y las mías están en torno al Mediterráneo.

Por eso me siento a gusto en una piazza de Italia, en un café de París o en el Rastro de Sevilla…
¡ y eso que no he estado nunca en ellos sino en mis sueños!

Pequeños afectos también para Italia y sus maravillas, que son mías y de i mío nonni,
                                                         para Grecia y sus islas pobladas de náyades (otra lengua, el griego, que amo y he intentado estudiar),
                                                                           para Francia, madre de la libertad y cuna de los valores de la Modernidad que son los míos propios,
                                                                                            para la petite et héroïque Belgique que, por encima de sus históricos beffrois, del amicale Hercule Poirot, es la patria de aquella que ama mi corazón…


Europeo de estirpe, occidental por cultura, soy americano por nacimiento y, a esta altura de mi vida, opción. Alguna vez me han preguntado si, a semejanza de tantos compatriotas, reclamaría la ciudadanía italiana; mi respuesta, casi instintiva, ha sido ¡no!, yo soy argentino.

Argentino y de Rosario.
Argentino y no porteño.
Argentino nacido y criado en los años 60 y 70.
Argentino que vivió su adolescencia en los estupendos 80.
Argentino que recorrió mil veces la historia y los paisajes de su tierra en las páginas de un libro y, ahora, en las rutas argentinas hasta el fin.



Amo mi país (a mi generación le cuesta decir patria), y me indigno cuando mis compatriotas lo motejan con epítetos escatológicos;

o sea cuando dicen: ¡qué país de mierda! (en criollo) frase que, más que argenta, me parece porteña, deleznablemente porteña.


Amo su historia y amo sus mitos aún no contados.
Amo su lengua. Su música (últimamente hasta el tango). Su diversidad.
No tengo, que sepa, ancestros indígenas; pero no puedo dejar de pensar en una Argentina de diez mil años de antigüedad, de miles de lenguas, de cientos de historias que me hablan al oído y me reivindican como suyo, a mí, que llegué exiliado desde las tierras del Viejo Mundo.

Argentina, América (toda, todita), el Nuevo Mundo y, ya que estamos, el Hombre Nuevo son también parte de mis afinidades electivas. Y de ellas hablaré otro día…

jueves, diciembre 04, 2008

Vientos de guerra


La palabra ha sido dicha una vez más.
¡¡Guerra!!

El enemigo, el nuevo enemigo, es una construcción ideal; el Islam y el mundo oriental en su conjunto. El oponente, de cuyo lado por supuesto está la justicia, es otra entelequia; Occidente.

No faltarán filósofos que justifiquen los aprestos bélicos. Nunca faltan, por supuesto. Ellos nos dirán que es una lucha por la civilización y contra la barbarie, faltaba más.

Uno podría descartarlos pensando que son simples sicofantes del Imperio si no fuera que, en muchos casos, tienen razón. Es verdad que los combatientes islámicos no se destacan por su respeto por las convenciones que, en mejores días, acordaron los pueblos del Oeste; en la guerra que libran contra el Gran Satán las víctimas parecen ser lo de menos, su propio pueblo perece (véase Irak, léanse las crónicas de Gaza ocupada), los militantes se inmolan, la guerra es llevada a las calles y las casas de manera brutal; pero también es cierto que, humillados y ofendidos, han sido empujados a abrazar el islamismo más radical para resistir el avance de los nuevos cruzados.

¿Justificación?.
¡De ningún modo y para nadie!

La religión, esa especie de travesura de la mente cansada que ha prohijado tanta belleza como fealdad, fue invitada al convite y ya no puede ser expulsada de él. Todos invocan a sus dioses, todos encuentran en sus libros sagrados los motivos para emprender una lucha que, si fuera por el petróleo (esa adicción del Occidente), la geopolítica y los recursos naturales que se agotan, tendría menos atractivo para las masas desposeídas y para los propagandistas del odio.

Al fin y al cabo ya el propio Agamenón tuvo que recurrir al fantasma de Helena para arrebatar a los troyanos el control del Helesponto...

Así vimos constituirse (Israel) un estado nacional, y cada vez menos laico, es decir, menos racional, en nombre de viejas escrituras y fallidas profecías.

Así la resistencia (la nación árabe abusivamente identificada con el Islam) que comenzó en nombre de un pueblo despojado se convirtió en una guerra santa (magnífica pero atinada contradicción).

Así el mosaico étnico y cultural del Cercano Oriente estalló en pedazos a los cuales ni el más paciente de los restauradores puede recomponer.

Israel y Palestina, Irak, Siria y Líbano, los fundamentalistas estadounidenses que votan según las profecías bíblicas y un Papa que desempolva viejas anécdotas de emperadores se mezclan...
La intolerancia en nombre de la tolerancia, cuando se impide el uso del velo...

La violencia con la máscara de la paz, cuando se argumenta que, puesto que ellos no respetan nuestras “sabias leyes”, tampoco nosotros debemos respetarlas

La libertad acotada por leyes de vigilancia, al crecer la manía de ver al enemigo en cada barba, turbante o caftán.

¿Es eso todo? ¿Estamos ante una nueva, y al parecer inevitable, guerra en el Oriente?
¿Es ese Islam que busca armarse con dispositivos nucleares, el gran culpable?

¿Son las apetencias imperialistas, y el hambre de combustibles, de los países avanzados el origen de esta espiral que parece no tener fin?

¿Regresamos, cinco siglos después, a las Guerras de Religión?


La Historia puede darnos pistas, siempre que no la miremos a través de los mitos que supimos construir.



El mundo musulmán, multiforme, posee una gran riqueza espiritual; sus filósofos fueron, alguna vez, maestros de Occidente.

Los países árabes, que no se superponen con los primeros, constituyeron alguna vez una escuela de tolerancia.

El judaísmo sembró valores que aún hoy se cuentan entre las más elevadas creaciones de la Humanidad.

Cristianos fueron quienes derribaron, otrora, las supersticiones que trababan el avance de la ciencia.

No toda religión es, o debería ser, negativa.


Sin embargo hemos visto en los últimos ciento cincuenta años como el avance de Occidente sobre el mundo doblegó y demonizó al otro, hemos asistido a la pérdida de los mejores valores de las tradiciones monoteístas en beneficio de concepciones tribales que hubiesen hecho sonreír, o retroceder espantados quién sabe, a los pensadores del medioevo y que los mejores de los filósofos del siglo diecinueve considerarían caducas.


Un nacionalismo cargado de leyendas, el fin de las grandes utopías transformadoras y la presencia ubicua del más arcaico misticismo han servido de coartada a las ambiciones y los negociados de un puñado de empresas fundamentadas, ¡paradoja!, en el cálculo racional y la maximización de los beneficios.

Ahora parece casi imposible desandar el camino.

No hay soluciones fáciles, tampoco resultan viables, una vez que se invocaron Absolutos, la negociación o la misma política.

Condiciones todas que, otra vez habla la Historia, siempre han llevado a esa palabra quizás la más mala palabra de todas: ¡Guerra!

miércoles, agosto 20, 2008

Primera Directiva







Lo confieso, soy un fan de Viaje a las Estrellas (Star Trek), un poco por "aparato" como dice una amiga, un poco porque es una de las series de Ciencia Ficción más inteligentes y además porque... pero no es ese el tema.


En los viajes espaciales que imagina la serie, los protagonistas; pertenecientes a la muy democrática y multicultural Federación Unida de Planetas, (una especie de EE UU como deberían haber sido, una suerte de ONU más eficaz) suelen encontrarse con civilizaciones alienígenas en distinto grado de evolución tecnológica.


Las relaciones que entablan con ellas, y que dan origen al conflicto dramático, están codificadas en una suerte de código ético conocido como Primera Directiva (o Directiva Principal, según las traducciones, en inglés es Prime Directive) que establece básicamente la no interferencia de los viajeros en el desarrollo social o cultural de las sociedades que estén en una etapa tecnológica "inferior"; es decir que no tengan naves capaces de viajar entre sistemas estelares.

En otro momento y lugar podríamos hablar de lo que implicaba esta característica de la serie (ideada por su creador Gene Roddenberry) para la narrativa televisiva de su época y en relación con una visión filosófica que es, en último término, de raíz iluminista. Hoy quiero concentrarme en un aspecto más cotidiano.

Sin necesidad de exploraciones estelares podemos encontrar, en este mundo nuestro, diversas culturas diferentes. El proceso de globalización, iniciado en el siglo XV, hace que unas y otras se relacionen cada vez más, pero hoy sabemos que siguen existiendo grandes diferencias entre ellas.

La Historia ha sido la gran forjadora de estas distintas visiones y maneras de estar en el mundo.

A lo largo de los siglos cada comunidad humana ha desarrollado su propia escala de valores y la ha codificado en la forma de costumbres ancestrales, tradiciones religiosas, relatos mitológicos o fórmulas legales. También el contacto entre estas culturas; que puede ir desde las relaciones de dominación, incluso de explotación, hasta las de simple vecindad determinó respuestas que hoy nos afectan a todos.

El problema es, entonces, el de la convivencia y el respeto.

Algunos pensadores plantean que las costumbres y la moral de una de estas culturas, en concreto la Occidental, deben servir de norma para todas las demás. Señalan que Occidente, en alguna de sus variantes; anglosajona, latina o eslava, es la única cultura capaz de reflexionar sobre sí misma, la única que se plantea la moral de sus actos y la única, en fin, que puede garantizar un equilibrio entre deberes y derechos entre todos los humanos. Otros añaden, aún, que el formidable desarrollo tecnológico de Occidente es prueba de su capacidad, que ese mismo desarrollo es consumido ávidamente por las demás culturas del mundo y que, por lo tanto, el modelo occidental debe prevalecer sobre los demás.

La Primera Directiva, para los sostenedores de esta posición, no podría aplicarse en nuestro planeta por la sencilla razón de que la cultura occidental es la meta que deben alcanzar, más temprano que tarde, todos los seres humanos.

En otros ámbitos se cuestiona esta postura y se marcan los enormes crímenes que promovió la conquista occidental del mundo, así como el desprecio por las demás culturas de la Tierra a las que, muchas veces, calificó como inferiores.Proclaman que la tolerancia y el respeto son valores esenciales para la convivencia entre los seres humanos, por lo que toda cultura tiene derecho a seguir sus propias costumbres y normas. El avance tecnológico no da derecho a ninguna prerrogativa y de hecho muchas de las sociedades consideradas “inferiores” poseen principios y valores que superan a los de Occidente y, en algunos terrenos, como la medicina, la ecología o la filosofía lo superan ampliamente.

Los defensores de esta tesis abogan, pues, por una suerte de Primera Directiva adaptada a nuestro planeta en la cual se supriman los juicios de valor sobre otras culturas y no se interfiera con su desarrollo interno.

Estas dos posiciones dejan de ser teóricas cuando nos encontramos con la necesidad de dar una respuesta concreta a la realidad de los movimientos masivos de población, a la presencia de grupos étnicos de diverso origen conviviendo en el mismo territorio, a los reclamos de autodeterminación de distintos colectivos humanos que reivindican sus culturas ancestrales, a los enfrentamientos entre portadores de diferentes visiones del mundo, al miedo al extraño y a la xenofobia.

Si nos decantamos por la solución de los que ven en Occidente la expresión más avanzada de la cultura humana y el modelo a seguir, debemos preguntarnos:

¿Se deben imponer esas normas por encima de aquellas que son tradicionales entre gentes de otro origen? ¿Cuál es el límite? ¿Debe existir algún tipo de respeto o consideración para con las costumbres ajenas? ¿Se obligará, por caso, a hablar inglés o alguna otra lengua occidental al resto del mundo? ¿Se impondrá este modelo a como dé lugar, usando la fuerza si fuera necesario?. Y, más importante, ¿es posible hacerlo? ¿Cuál es su costo? ¿No se generará una mayor resistencia por parte de la cultura “invadida”? ¿No se reforzarán aquellas características que, Occidente, considera indeseables?

Por el contrario, si se defiende la tolerancia y la multiculturalidad: ¿Debe guardarse respeto también a las culturas que resultan irrespetuosas? Dicho de otro modo; ¿se puede ser tolerante con gentes que defienden la intolerancia? ¿El hecho de ser el fruto de tradiciones ancestrales, les confiere algún derecho especial? ¿Qué hacer con respecto a la discriminación cuando los que la llevan a cabo pertenecen esa misma cultura que no se quiere discriminar? ¿Cómo actuar cuando el otro pretende imponer su escala de valores, más aún, cuando sostiene que de no aceptar esta imposición se lo está oprimiendo? ¿No se fomenta de esta manera aquello que se desea evitar? ¿Cuál es, otra vez, el límite, esta vez del respeto?

A poco que miremos a nuestro alrededor descubriremos que no se trata de preguntas ociosas, por el contrario, la aplicación o no de la Primera Directiva en el trato entre las culturas mundiales es, seguramente, el dilema fundamental del siglo XXI.

Y ya no se trata de Ciencia Ficción…

miércoles, abril 23, 2008

La visión de un goy sobre Pésaj



Dicen que dicen, está en el Talmud pero no sé donde, que una vez en los tiempos en que imperaba Roma, un Rabino, desilusionado por tanta miseria habló con el profeta Elías y le preguntó:

- Eliahu Hanavi ¿dónde está el Mashiaj, cuando llegará?

Elías, el profeta, accedió a responderle.

- Está aquí, en las puertas de Roma, con los enfermos, los leprosos, los excluidos…

De inmediato el Rabino salió al encuentro del Mesías, lo encontró donde Elías había dicho y le preguntó:

- ¿Cuándo vas a venir?

- Hoy… - respondió el Mesías.

Sin esperar más, el Rabino, feliz partió hacia Israel. Tanta era su prisa, nos dice el cuento, que llegó esa misma noche.

Esperó todo aquel día la llegada del Mesías. Paciente, confiado.

Pero el Mesías no vino.

Pasó un tiempo y el Rabino volvió a encontrarse con Elías.

- El Mashiaj es un mentiroso- le dijo- pues me prometió venir haiom, hoy, y no llegó.

- En tu apuro sólo escuchaste el principio del versículo: Haiom, im bekolo tishmanu, es decir, Hoy, si escuchas Su Voz.

Soy gentil, pero si eligiera creo que optaría por el judaísmo, y hablo de estas cosas con temor y temblor.

Soy ateo y, por lo tanto, no creo en voces divinas.

Soy persona, me atrevo a opinar entonces.

Tal vez sea cierto que no hay una Kol Elohim, pero lo cierto es que existe una Voz.

Es la Voz de un Pueblo, es la Voz de todos los hombres y mujeres que están en el mundo, que soportan al mundo, que aman al mundo pero, a la vez, que quieren salir fuera de él, que buscan su transformación.

Esta es la Voz que se debe escuchar para hacer real la venida del Mesías. Esta es la Voz que resonó por primera vez en aquel Egipto imperialista del siglo XIV antes de nuestra era. Esta es la Voz que se actualiza en cada Pésaj.

La Voz está estrechamente unida al concepto de liberación, de gueulá.

La Voz debe ser escuchada, la Voz debe resonar y ese es el principio de la liberación.

Es ponerse en movimiento, es pasar de ser mudo a ser hablante, de ser un objeto a protagonizar la propia historia. Es osar enfrentar a Faraón y decirle: Deja ir a mi Pueblo.

Dicen los sabios de Israel que Pésaj se puede dividir en dos palabras: pe la boca y saj la que habla. Pésaj es la Voz y allí está el paso, la liberación, el camino, la salida de Egipto.

Hablar, decir, poner en palabras, dar Voz he aquí el comienzo de toda verdadera libertad. No sólo la libertad de un pueblo, también nuestra propia libertad interior.

Jag Sameaj

jueves, febrero 21, 2008

El mate


Lo encontré por ahí, no lo escribí, aunque me hubiera gustado.

No obstante, no puedo menos que compartirlo con ustedes.

Con una dedicatoria muy especial:

A Sabrina, con mis mejores deseos para hoy, preciosa!


En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse.
El mate es exactamente lo contrario que la televisión. Te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás sola/o.

Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es "hola" y la segunda "¿unos mates?".
Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian.

Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara.

Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno.
Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos.
Los buenos y los malos.
Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un pedacito de tu sangre empieza a chupar mate.
Se te sale el corazón del cuerpo. Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.


Cuando conocés a alguien por primera vez, te tomás unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza: ¿Dulce o amargo? El otro responde: -Como tomes vos.

Los teclados de Argentina tienen las letras llenas de yerba.
La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas.

Siempre.
Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas.

Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da.
La yerba no se le niega a nadie.
Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular.
Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres.
Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos.
No es casualidad. No es porque sí.
El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es porque ha descubierto que tiene alma. O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo: pero no es un día cualquiera. Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez un mate solos. Pero debe haber sido un día importante para cada uno.
Por adentro hay revoluciones.
El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores...
Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena, la charla, no el mate.
Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, vos hablás mientras el otro toma y viceversa.
Es la sinceridad para decir: basta, cambiá la yerba!
Es el compañerismo hecho momento.
Es la sensibilidad al agua hirviendo.
Es el cariño para preguntar, estúpidamente, ¿está caliente, no?
Es la modestia de quien ceba el mejor mate.
Es la generosidad de dar hasta el final.
Es la hospitalidad de la invitación.
Es la justicia de uno por uno.
Es la obligación de decir "gracias", al menos una vez al día.
Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir.

Ahora vos sabes, un mate no es sólo un mate...
Y si no hay yerba... ¿que hacemos? ;-)

sábado, febrero 09, 2008

Historias para ser contadas, cuentos para ser vistos.



Sentados, en esos días lejanos, en torno de los fuegos del campamento escuchábamos historias.

La noche caía con sus temores, y la voz del relator los hacía más reales pero también menos temibles. El héroe, sabíamos, siempre triunfaría.

Había muchos relatores entonces. Algunos nos contaban de dioses y complejas mitologías, otros de castigos y premios, unos pocos, de sueños pero, sin duda, los que más nos gustaban eran los que nos contaban relatos de aventuras.

Así sucedía hace miles de años.

Así sucede ahora.

El claro del bosque ha sido sustituido por la penumbra del cine, o por la modesta sala de estar, los aromas del campamento han desaparecido y, tal vez, ya no devoramos la caza del día sino una menos pretenciosa caja de rosetas de maíz, las sensaciones siguen siendo las mismas. Todavía nos fascina acompañar al héroe, a la doncella, al elegido en su viaje épico.

El cine, en sus comienzos, tuvo en cuenta esta simple verdad: todas las historias son variaciones de la misma aventura. Esa que nos fue contada una y otra vez en las veladas de la prehistoria.

Aunque a veces parece olvidarla vuelve, una y otra vez, a su viejo oficio de narrador y nos deleita con esas películas, sencillas y entrañables, que marcan, para siempre, a una generación.



¿Cómo olvidar a los mosqueteros del rey, insolentes y diestros espadachines?,

¿al Zorro, con su máscara y su doble vida?,

¿a aquella princesa procedente de “una galaxia muy, muy lejana”?

¿o a ese Dr. Jones que se calzaba el sombrero para convertirse, de guapo erudito, en incansable aventurero?

De ellos, de sus historias, de sus secretos y de como, siempre, regresan con nuevas aventuras también hablaré, a veces, en este blog.


Y cuidemos que no se apague la fogata del campamento…


miércoles, febrero 06, 2008

Gorilismo. Versión argentina de una enfermedad hispanoamericana





Durante los años del menemato (neologismo necesario y lamentable) cuando campaba la ilusión de una mágica prosperidad en un paisaje de photoshop, existía un doble frente en la crítica al entonces Presidente Menem.

Unos veían con espanto sus gestos histriónicos, sus torpes bailes con odaliscas, sus monumentales ignorancias, su chabacanería y su mal gusto. Se horrorizaban de ello, sentían algo muy cercano a la vergüenza o no disimulaban su desprecio. En suma, cuestionaban sus formas.

Otros, en cambio, se preocupaban por sus actitudes entreguistas. Se daban cuenta de que la aplicación de un modelo neoliberal a ultranza en todas las áreas del Estado, educación incluida, no representaba solamente una involución social, sino que destruían por completo los restos de sociedad civil que la dictadura y la inoperancia de Alfonsín habían dejado. Es decir, criticaban el contenido de su política.

Ambas tendencias deploraban también la escandalosa corrupción, el crecimiento de la pobreza, el desarrollo de las formas más perversas de clientelismo político y la ilusión, demasiado extendida, de vivir en un país “del Primer Mundo”.

Un análisis más cercano del discurso descubría, empero, sutiles diferencias enre aquellos que abominaban de esos males en nombre de una imprecisa moralidad republicana y los que se enfrentaban a ellos desde los conceptos de soberanía popular e identidad nacional.

Los primeros veían en Menem a Nerón, la Bestia.

Los segundos encontraban en el riojano la culminación del proyecto económico, cultural y social de la dictadura; no Nerón, sino Milton Friedman vestido de oropeles.

Esta distinción, casi una caricatura, es ilustrativa porque define dos maneras, dos talantes, diría, que existen en la América de tradición española a la hora de pensarse como sociedad.

Al primero, obsesionado con las formas, las buenas maneras, con la estética, en suma, le damos en Argentina el nombre de gorilismo.

Gorilas eran, años ha cuando existía realmente el peronismo, aquellos sectores más recalcitrantes en su odio a este ambiguo movimiento de masas. Odio que, es bueno señalar, estaba determinado más por el carácter multitudinario, masivo, popular en suma, del peronismo que por sus acciones políticas o económicas.


Viñetas antiperonistas de 1945/6

El gorilismo, claro, es anterior al peronismo. Se lo puede rastrear hasta los últimos años de la Colonia. Los “gorilas”, sin este nombre, dominaron al país por más de un siglo, e impusieron, con el poderoso auxilio del sistema educativo, la imagen de la Argentina como un país europeo, culto y formalmente republicano.

Una nación racional, sin conflictos raciales o sociales, tolerante y abierta a la emigración. Representante cabal, en el seno de la supuesta barbarie latinoamericana, de la civilización occidental.

Ni siquiera hacía falta ser miembro de esta siempre renovada oligarquía para ser un gorila. La escuela, los publicistas, los discursos formaban diariamente una suerte de ethos gorila en lo más hondo de cada argentino urbano.

Hubo, hay, gorilas de izquierda y gorilas de derecha. Gorilas que se asumen como tales y gorilas que se esconden con discursos impostados.

De raigambre liberal, el gorila de derecha desconfía de los políticos, recela de todo cuanto huela a intervención estatal y confia ciegamente en la iniciativa privada. Todo esto, por supuesto, no le impide enriquecerse con la función pública, aprovechar los contratos del Estado y reclamar, con obsesión de neonato, subsidios para su propio sector productivo. El doble discurso es, en él, una parte de su personalidad, tanto que no es conciente de practicarlo.

Con idéntica raíz, aunque negándola, el gorila progresista (quizás el más temible) abjura de la masa popular, usa y abusa alegremente del concepto de lumpen acuñado en triste hora por Marx y siente asco por el sudor de “los negros”. Aislado en su isla de saberes y teorías de avanzada, lo ignora todo sobre su tierra y, si acaso, la viste con los ropajes a la moda; buen salvaje en el siglo XIX, masas explotadas a principios y mediados del XX, pueblos originarios en el naciente XXI.

Formado por la lectura de pensadores extranjeros, el gorila rinde culto a la racionalidad, el orden, la limpieza y la mesura. Cree que cree en la democracia representativa, en los debates parlamentarios y en “el cuarto poder”. En realidad ama las formas, la afectación, la hipocresía en suma.


Es que el gorila siempre tiene un ojo puesto en el otro lado del Atlántico o más al norte del Río Grande.

¡Qué dirán ellos, se preguntan obsesivamente, de nosotros!

¡Qué pensarán los ilustrados, los cultos, los avanzados de esta gente rústica y atrasada!

¿Se nos ríen en la cara? ¿Nos desprecian? ¿Acaso nos están mirando?

A quien compuso esta foto de un enfrentamiento entre "bandas" peronistas no le interesa en sí el hecho, sino que fuera visto en todo el mundo... Los logos en los márgenes son suficientemente elocuentes.

De izquierda o de derecha, lo cierto es que el (la) gorila tiene miedo, mucho miedo, y vergüenza, demasiada vergüenza.

Miedo a sus honduras irracionales, que es el miedo al espejo.

La vergüenza es hija de ese temor.

El gorila no quiere exponerse, detesta ponerse en evidencia como no sea destacando por encima de todos. A sus ojos, eso es lo peor, a sus propios ojos; su pueblo y él mismo no son más que bárbaros, patanes, villanos residentes en la periferia del mundo.

El miedo y la vergüenza son exorcizados por medio de la pose, del desprecio y el cómodo expediente de cargar en el otro, su compatriota, toda su frustración por haber nacido en la Argentina.

En la revista Noticias o en los discursos de Elisa Carrió, así como en la charla diaria del taxista o en la práctica de las clases “medias” empobrecidas, el discurso gorila está tan asimilado que ni siquiera es advertido como tal. Lo usan cotidianamente y es su medida para todas las cosas.

Sea Menem o Kirchner, los asambleístas de Gualeguaychú o los piqueteros, sea la cumbia o el cuarteto; el gorila argentino se sube al pedestal de su propio ego, tuerce desdeñosamente el labio y exclama, horrorizado: ¡qué pueblo de mierda!